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Lowell Brueckner

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Saulo de Tarso se convierte

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                     Hechos 9 (parte 1)

 

Jesús se revela a Saulo por medio de una luz

1.      Saulo, respirando aún amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, vino al sumo          sacerdote, 

      2.    y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, a fin de que si hallase algunos hombres o mujeres de este Camino, los trajese presos a Jerusalén. 

3.      Mas yendo por el camino, aconteció que al llegar cerca de Damasco, repentinamente le

4.      y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? 

5.      Él dijo: ¿Quién eres, Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón. 

6.      Él, temblando y temeroso, dijo: Señor, ¿qué quieres que yo haga? Y el Señor le dijo: Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer. 

7.      Y los hombres que iban con Saulo se pararon atónitos, oyendo a la verdad la voz, mas sin ver a nadie. 

8.      Entonces Saulo se levantó de tierra, y abriendo los ojos, no veía a nadie; así que, llevándole por la mano, le metieron en Damasco, 

9.      donde estuvo tres días sin ver, y no comió ni bebió. 

Lucas nos ha guiado a lo largo de varios capítulos, narrando el origen y el desarrollo de la primera iglesia en Jerusalén. Describió la persecución, el martirio de Esteban y cómo los discípulos se dispersaron hacia Judea y Samaria. Luego relata: “Los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio”, evangelizando Judea y Samaria, cumpliendo así el segundo paso de la Gran Comisión que Jesús dejó a Sus discípulos.

 Recientemente aprendimos sobre la evangelización personal del eunuco etíope, un detalle importante en el relato de Lucas, ya que este hombre llevó el evangelio al continente africano. Ahora estudiaremos la conversión de Saulo de Tarso, quien llegaría a ser el apóstol de los gentiles. Su conversión es un acontecimiento clave en el relato cuidadosamente planificado que Lucas dirige a Teófilo y, por medio de él, a toda la cristiandad de todas las épocas. Este evento marca un avance decisivo del evangelio más allá de los judíos, los samaritanos mestizos y un gentil prosélito, hacia una proclamación abierta y enfocada al mundo gentil.  Todo comienza con la transformación del principal enemigo del evangelio en un apóstol cuya vida, a partir de ese momento, estaría completamente dedicada a llevar el mensaje a los no judíos. Sin embargo, antes de eso, en el capítulo 10 veremos cómo Pedro rompe la barrera que hasta entonces los mantenía fuera.

 Saulo estuvo presente cuando los judíos helenistas apedrearon a Esteban, cuidando la ropa de los que lo mataban y aprobando su muerte (Hch. 8:1). Después de esto, “asolaba la iglesia; y entrando casa por casa, arrastraba a hombres y a mujeres y los entregaba en la cárcel” (Hch. 8:3). Nuestro estudio muestra cómo Saulo continuó con una persecución feroz contra la iglesia naciente. Años más tarde, él mismo describió su conducta con estas palabras: “Perseguía yo este Camino hasta la muerte, prendiendo y entregando en cárceles a hombres y mujeres” (Hch. 22:4). También dijo: “Yo encerré en cárceles a muchos de los santos, habiendo recibido poderes de los principales sacerdotes; y cuando los mataron, yo di mi voto. Y muchas veces, castigándolos en todas las sinagogas, los forcé a blasfemar; y enfurecido sobremanera contra ellos, los perseguí hasta en las ciudades extranjeras” (Hch. 26:10-11). Esta era la conducta de un hombre dominado por el diablo y respaldado por altas autoridades religiosas convencidas de estar luchando a favor de los propósitos de Dios.

 El capítulo 9 comienza con una misión específica a Damasco, respaldada por cartas del sumo sacerdote de Jerusalén. Su objetivo era buscar a los cristianos, tanto hombres como mujeres, arrestarlos, atarlos y llevarlos de regreso con él (v. 2). Observa la expresión “respirando aún amenazas y muerte” (el término griego se define como: inhalar o respirar; y, en sentido figurado, ser animado o impulsado, ventilar, agitar o sacudir). Dejaré que Albert Barnes nos ayude a comprender la extrema hostilidad de este judío fanático. La palabra respirando suele expresar una agitación o emoción profunda, como cuando una persona respira de manera rápida y violenta. De este modo, transmite una ira intensa. Esta emoción absorbe y agita al individuo, dejándolo exhausto y exigiendo una circulación sanguínea más rápida para suplir la vitalidad perdida. Esto, a su vez, requiere un mayor suministro de oxígeno o aire vital, lo que conduce a una actividad pulmonar intensificada. Una reacción verdaderamente impresionante.

 Me parece que solo la muerte podría haber detenido semejante fanatismo… o bien una intervención sobrenatural de un Dios soberano. Saulo estuvo a punto de llegar a su destino cuando, de repente, Dios intervino mediante una luz del cielo (v. 3). Al relatar su propia conversión a los judíos en el templo, Pablo aclaró que este suceso ocurrió alrededor del mediodía. Sus compañeros de viaje también vieron la luz y quedaron atónitos, pero no escucharon la voz. Saulo, por su parte, quedó “temblando y temeroso” (Hch. 22:6, 9). Él sí oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”. Aquí vemos claramente que la persecución contra la iglesia y sus miembros era, en realidad, una afrenta directa contra la persona misma de Cristo (v. 4).

 Jesús explicó esta misma verdad al hablar del juicio de las naciones. Cuando se siente en el trono de Su gloria, declarará: “Tuve hambre, tuve sed, fui forastero, estuve desnudo, enfermo y en la cárcel”. Luego revelará a los que estén a Su derecha su identificación con Sus hermanos judíos: “Amén os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mt. 25:35-36, 40). A los de la izquierda les dirá lo contrario: “Amén os digo que en cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis” (Mt. 25:45). Si esta verdad se aplica a su nación terrenal, también es válida respecto a Su novia, la iglesia. Saulo fue culpable de perseguir al Mesías al perseguir a Su iglesia. De la misma manera, a lo largo de la historia, muchos han sido culpables de perseguir a Cristo al oponerse a la obra del Espíritu Santo en Su iglesia.

 Con reverencia, Saulo preguntó quién era la Fuente de la luz y de la voz, llamándolo “Señor”. La respuesta fue clara: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”. Al relatar este evento ante la multitud judía en el templo, Pablo añadió un detalle crucial: la voz dijo también “Yo soy Jesús de Nazaret”. Con ello dejó claro que aquel Nazareno a quien ellos rechazaron y crucificaron, era el Señor de la gloria que lo derribó al suelo. ¡Jesús vivía! Y era a Jesús de Nazaret a quien debían recibir si querían ser salvos.

 Jesús no solo se reveló a Saulo, sino que también le advirtió del peligro en el que se encontraba. Ya estaba ciego y su alma había sido profundamente dañada. El Señor le dijo que estaba dando “coces contra el aguijón”. Esta expresión proviene de un proverbio sirio y describe un esfuerzo inútil que solo produce dolor a quien lo hace. El aguijón era una punta de hierro fijada a un palo, usada para hacer avanzar al buey. Si el animal, por terquedad, pateaba contra el aguijón, no lograba nada excepto lastimarse a sí mismo (v. 5).

 Pablo describió esta luz al rey Agripa como más brillante que el sol, y relató que tanto él como todo su séquito cayeron al suelo bajo su poder (Hch. 26:13-14). Saulo reconoció el señorío de Jesús; ya lo había llamado “Señor” y volvió a hacerlo en el versículo 6. Se sometió a Él y pidió dirección para su vida. En ese acto fue salvo, de acuerdo con la doctrina que él mismo enseñó más tarde en Romanos 10:9: “Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor” (Ro. 10:9, RV60) o “Si con tu boca confiesas a Jesús como Señor” (BTX) o “Si declaras abiertamente que Jesús es el Señor” (NTV) o “Si confiesas con tu boca a Jesús por Señor, y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo” (LBLA). Saulo creyó en el Cristo resucitado que se le reveló aquel día y lo confesó como Señor.

Sin embargo, Pablo no sostuvo la doctrina conocida como “gracia irresistible”. Ante el rey Agripa declaró: “No fui desobediente a la visión celestial” (Hch. 26:19). Esta afirmación revela su entendimiento de que debía existir una respuesta humana a la obra divina. Al decir “no fui desobediente”, reconoce implícitamente la posibilidad de haberlo sido; de otro modo, habría expresado su obediencia como algo forzado o inevitable.

Permíteme hacer aquí una breve exhortación: debemos dar lugar a la Palabra de Dios en su sentido más claro y en su interpretación más evidente. He tomado la decisión de hacerlo, y te animo a hacer lo mismo. ¿De qué hablo? Bueno, seré calvinista cuando la Biblia enseñe claramente el calvinismo, y seré arminiano cuando la Escritura enseñe claramente esa doctrina. No me sentiré obligado a ninguna escuela teológica en particular. Desde el principio, con Adán y Eva, Dios dejó claro que Su creación no estaba destinada a una obediencia forzada. No quiso esclavos, sino hijos e hijas amados que se sometieran a Él por amor. No obstante, sí podían hacerse siervos voluntarios, es decir, esclavos por amor, como lo permitía la ley del Antiguo Testamento (Éx. 21:5-6), a la cual se sometieron Pablo, Santiago, Pedro, Judas y Juan, como se observa en la introducción de varias de sus cartas.

      A. B. Simpson- campeón de misiones 
 Debido a la seriedad de las consecuencias, debo añadir que conozco personas cuya búsqueda de la salvación fue gravemente obstaculizada por un hiper-calvinismo, o que sufrieron daño espiritual a causa de él. Uno de ellos fue A. B. Simpson, fundador de la Alianza Cristiana y Misionera. Sus padres presbiterianos temían interferir con la obra soberana de Dios y no ofrecieron ayuda a su hijo adolescente mientras él buscaba desesperadamente la salvación. Simpson escribió: “Todo mi entrenamiento me dejó sin una comprensión clara y sencilla del evangelio de Jesucristo. El Dios que conocí era un Ser de gran severidad, y mi teología hablaba de un cambio maravilloso llamado regeneración, una obra que solo Dios podía realizar en el alma. Sin embargo, ahora me resulta extraño que nadie me dijera la manera simple de creer en la promesa y de aceptar la salvación, que ya había sido plenamente provista y ofrecida gratuitamente. Cuántas veces desde entonces ha sido mi gozo decir a los pobres pecadores que:

 No tenemos que, a la puerta de la misericordia,

Estar tocando y llorando, velando y esperando;

Porque las dádivas de la misericordia son libremente ofrecidas,

Y ella ha esperado mucho tiempo por ti”.



 
Más adelante, leyó en el libro titulado El misterio de la santificación evangélica de Marshall, que encontró en la biblioteca de su pastor: “La primera buena obra que jamás realizarás será creer en el Señor Jesucristo. Hasta que lo hagas, todas tus obras, oraciones, lágrimas, y buenas resoluciones serán vanas. Creer en el Señor Jesús es justo creer que Él te salva según Su palabra, que te recibe y te salva aquí y ahora, porque ha dicho… “al que a mí viene, no le echo fuera”. En el momento que lo hagas pasarás a la vida eterna, serás justificado de todos tus pecados, y recibirás un nuevo corazón y todas las operaciones de gracia del Espíritu Santo”.

 Recibí el siguiente testimonio en una carta de una joven rumana:

“En un momento oscuro de mi vida me di cuenta de que, si seguíamos asistiendo a la misma iglesia, mis hijos no llegarían a creer verdaderamente. No verían el poder de Dios. Tal vez adquirirían conocimiento intelectual, pero no conocerían la realidad ni el poder de Dios.

A finales de 2018 comencé a leer la primera carta a los Corintios. No sé cómo explicarlo, pero de repente los capítulos 12 y 14 se volvieron muy claros para mí. Miré a mi alrededor y noté que no veía nada de lo que esos capítulos describen en mi iglesia, y comencé a anhelarlo profundamente. Sin embargo, mi amiga, la esposa del pastor, me dijo que no debía buscar “lo extraordinario”.

Demasiado tarde comprendí que mi vida espiritual casi había muerto. No me había dado cuenta de que la iglesia a la que asistíamos era calvinista, muy fatalista y cesacionista. Esto produjo una gran confusión en mí. Aunque seguía leyendo la Biblia, después de escuchar un sermón de un pastor visitante, quedé tan perturbada que llegué a casa, cerré mi Biblia y no la abrí durante meses. Su mensaje fue completamente determinista y cesacionista.

Luego vino una profunda depresión, especialmente después de la muerte de mi amiga, la esposa del pastor. En ese estado comencé a caer nuevamente en pecados y debilidades de las que Dios me había liberado cuando inicié mi vida cristiana.

Con el tiempo llegué a creer que la voluntad de Dios era únicamente el sufrimiento y que la sanidad no estaba dentro de Su voluntad, por lo que ni siquiera la esperaba. Me enseñaron a aceptar todas mis circunstancias de manera fatalista. Durante muchos años creí, incluso de forma inconsciente, que Dios quería que fuera miserable y que debía aceptar todo porque todo estaba predeterminado.

    Eliza Șerban
Pensé que esta era la única doctrina verdadera y que representaba el “alimento sólido”, mientras que otras iglesias solo ofrecían “leche espiritual”. También creí que las iglesias fuera de las que yo asistía carecían de doctrina pura y eran liberales. Por eso, en lugar de correr hacia Dios, hui de Él. Fui enseñada a creer que Dios hace absolutamente todo, incluso la obra del maligno.”

Me he concentrado en los efectos negativos que las doctrinas del cesacionismo y del predeterminismo tuvieron en la vida de esta joven, según lo que ella misma escribió en su carta. Sin embargo, la realidad es que fue liberada de esas doctrinas mediante una sanidad milagrosa, seguida de un poderoso bautismo en el Espíritu Santo. Durante la mayor parte de su vida estuvo enferma, débil y melancólica. Después de una cirugía en Londres, sus signos vitales descendieron a cero y tuvo que ser reanimada. En varias ocasiones estuvo al borde de la muerte, y un médico le dijo a su esposo que no le quedaba mucho tiempo de vida. Sin embargo, Dios la sanó y la bautizó poderosamente en el Espíritu Santo, y el cambio en su vida fue verdaderamente asombroso.

Ahora volvamos al texto bíblico. La experiencia de los compañeros de Saulo se explica de la siguiente manera: ellos oyeron un sonido, pero no pudieron distinguir una voz ni entender las palabras, por lo que no recibieron el mensaje. Vieron la luz, pero no la percibieron de manera personal; por eso no comprendieron que provenía de Jesús de Nazaret (v. 7).

Saulo, al cerrar los ojos por el resplandor de la luz y luego abrirlos, descubrió que había quedado ciego: “No veía a causa de la gloria de la luz” (Hch. 22:11). Sus compañeros lo llevaron de la mano hasta la ciudad de Damasco (v. 8). Impactado por la gloria de aquella experiencia celestial, Saulo perdió todo apetito por el alimento terrenal y pasó tres días ayunando y orando. Además del impacto físico, hubo otros factores espirituales involucrados: una profunda convicción por la manera en que había tratado a los cristianos y una intensa reflexión sobre el cambio radical que su vida estaba a punto de experimentar (v. 9).

 

Ananías viene a Saulo

 

10.    Había entonces en Damasco un discípulo llamado Ananías, a quien el Señor dijo en visión: Ananías. Y él respondió: Heme aquí, Señor. 

11.    Y el Señor le dijo: Levántate, y ve a la calle que se llama Derecha, y busca en casa de Judas a uno llamado Saulo, de Tarso; porque he aquí, él ora, 

12.    y ha visto en visión a un varón llamado Ananías, que entra y le pone las manos encima para que recobre la vista. 

13.    Entonces Ananías respondió: Señor, he oído de muchos acerca de este hombre, cuántos males ha hecho a tus santos en Jerusalén; 

14.    y aun aquí tiene autoridad de los principales sacerdotes para prender a todos los que invocan tu nombre. 

15.    El Señor le dijo: Ve, porque instrumento escogido me es éste, para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel; 

16.    porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre. 

17.    Fue entonces Ananías y entró en la casa, y poniendo sobre él las manos, dijo: Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado para que recibas la vista y seas lleno del Espíritu Santo. 

18.    Y al momento le cayeron de los ojos como escamas, y recibió al instante la vista; y levantándose, fue bautizado.  

El Señor Jesús está activa y constantemente involucrado en todos los asuntos de su iglesia en la tierra. Así como en su momento envió una palabra a Felipe para que fuera a encontrarse con el eunuco etíope, ahora envía a un creyente fiel para encontrarse con Saulo. Él, aunque era fariseo, necesitaba ser instruido por otro, del mismo modo que el eunuco etíope. A pesar de su amplio conocimiento de las Escrituras, ese conocimiento, junto con su interpretación, lo había llevado a oponerse a la obra de Dios que se estaba manifestando en su tiempo. El conocimiento adquirido sin la obra interior del Espíritu Santo puede convertirse en un instrumento de oposición al cristianismo verdadero. Esta realidad explica cómo han surgido sectas y enseñanzas heréticas que, aunque afirman basarse en la Escritura, la interpretan de manera errónea. Más adelante, Pablo mismo enseñaría que el hombre natural no puede comprender ni recibir las cosas del Espíritu de Dios, porque estas deben ser discernidas espiritualmente. En ese momento, Saulo era tan ignorante del Nuevo Pacto como un pagano. Por ello, necesitaba un maestro que hubiera nacido de nuevo y que pudiera instruirlo en la verdad.

Ananías entró en escena y salió de ella de la misma manera, sin que sepamos nada acerca de su trasfondo personal. Sencillamente fue “cierto hombre” dispuesto a obedecer de inmediato. Como todo creyente lleno del Espíritu Santo, fue capacitado con poder sobrenatural, y a través de sus manos fluyó la sanidad que devolvió la vista a los ojos de Saulo. Ananías era un verdadero discípulo de Cristo, sensible a la voz del Espíritu Santo y obediente a Su dirección. Esta capacidad lo calificó para guiar a Saulo en sus primeros pasos como nuevo creyente (v. 10). Curiosamente, no vuelve a mencionarse en el resto del Nuevo Testamento. El Señor le dio instrucciones muy precisas: debía ir a una calle específica y entrar en la casa de un hombre llamado Judas, donde Saulo había sido llevado por sus compañeros. El Señor lo envió con base en un detalle importante: Saulo estaba orando. Era la oración de un pecador arrepentido, lo cual me hace pensar en la oración del profeta Jonás desde el vientre del pez.

La situación de Jonás fue semejante a la de Saulo, porque ambos iban en una dirección contraria a la voluntad de Dios. Dios detuvo a Jonás en medio de su viaje, no mediante una luz del cielo, sino por medio de una tormenta violenta. Luego preparó un gran pez que lo llevó por el mar en la dirección correcta, hacia Nínive. Durante aquellos tres días, Jonás elevó una oración de arrepentimiento, la cual quedó registrada en el capítulo dos de su libro: “Cuando en mí desfallecía mi alma, del SEÑOR me acordé; y mi oración llegó hasta ti, hasta tu santo templo” (Jonás 2:7).

 Cuando la ceguera llevó a Saulo al arrepentimiento y a una nueva comprensión espiritual, él también oró durante tres días. Tal vez fue la primera vez en su vida que, a pesar de su profundo trasfondo religioso, elevó una oración que Dios realmente escuchó en el cielo. Antes de esta experiencia, sus oraciones se parecían a la del fariseo en el templo, quien “oraba consigo mismo” (Lc. 18:11). En el caso de Jonás, después de su oración, el pez lo vomitó en tierra firme. De manera similar, tanto Jonás como Saulo, a través de una oración sincera y efectiva, lograron conectarse con el Señor y fueron oídos por Él (v. 11).

Alguien ha dicho que la oración es una calle de dos carriles. Saulo oró al Señor, y el Señor respondió hablándole por medio de una visión. No se trató de una imaginación vaga ni de un simple estado mental; fue una comunicación real y clara de Dios. El Señor le habló con total precisión, incluso mencionándole el nombre del hombre que iría a visitarlo y explicándole lo que ese hombre haría al llegar. De la misma manera, el Señor habló a Ananías y le confirmó la visión que Saulo estaba teniendo (v. 12). Más adelante, Pablo describiría esta experiencia con estas palabras: “Revelar a su Hijo en mí, para que yo le anunciara entre los gentiles; no consulté en seguida con carne y sangre…”.

Ananías deseaba mayor claridad sobre la condición actual de aquel hombre que consideraba el principal enemigo del evangelio. Por eso dijo: “Señor, he oído de muchos acerca de este hombre”. Ya sabía de su misión a Damasco y de la autoridad que había recibido de los principales sacerdotes. Hasta ese momento, su comprensión se basaba únicamente en información humana, en lo que había escuchado de “muchos” (vs. 13-14). Sin embargo, el Señor, que todo lo sabe, le dio una actualización inmediata sobre la verdadera condición de Saulo. Esto nos recuerda las palabras del profeta Isaías: ¿A quién pidió consejo para ser avisado? ¿Quién le enseñó el camino del juicio, o le enseñó ciencia, o le mostró la senda de la prudencia?  (Is. 40:14). En ese mismo pasaje, Isaías declara que para Dios las naciones son como “la gota de agua que cae del cubo” (v. 15), y aun como “nada” y “menos que nada” (v. 17). Todo lo que Ananías creía saber quedó anulado por una sola palabra del Señor. Y así como Ananías tuvo que cambiar su manera de pensar acerca de Saulo, de la misma manera Dios ya había transformado completamente la naturaleza del fariseo.

 En el plan eterno de Dios, establecido desde el principio de los tiempos, Saulo ya estaba incluido. Dios lo había escogido para llevar un entendimiento más claro del evangelio a las naciones que vivían en ignorancia. Según Su perfecta sabiduría, lo eligió como el instrumento ideal para cumplir este propósito: “para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel”. Los generales humanos no suelen ir a los campamentos enemigos para reclutar soldados y avanzar sus planes. Pero los caminos de Dios son muy superiores a los de los hombres. Dios sabía exactamente lo que hacía y se encargaría de entrenar a Saulo para Sus causas (v. 15).

 Hace muchos años alguien me cuestionó por terminar una oración diciendo: “por la causa de Jesús, amén”. Su argumento era que la oración existe para recibir algo para nuestras propias necesidades, ya que al orar demostramos que dependemos de Dios. En parte tenía razón. Sin embargo, la motivación principal de la oración no debe ser simplemente recibir algo para nosotros, sino buscar Su gloria y Su propósito. La oración que Jesús enseñó a sus discípulos comienza diciendo: “Venga tu reino. Hágase tu voluntad” y concluye con: “tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos” (Mt. 6:10, 13). Por eso respondí sencillamente: “Si nuestra oración no es por la causa de Jesús, no vale la pena orar”. Es absolutamente correcto desear que todo sea hecho para la gloria de Su nombre y conforme a Su propósito eterno.

 El Señor anunció que el futuro de Saulo incluiría sufrimiento. De hecho, Jesús ya había dicho a sus discípulos que, en este mundo de pecado y pecadores: “En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo” (Jn. 16:33). En 2 Corintios 6:4-10, Pablo describe cómo se cumplió en su propia vida lo anunciado en Hechos 9:16. Allí enumera las pruebas que enfrentó, pero también la consolación y la victoria que las acompañaron. Desde el primer capítulo de esa misma epístola, Pablo explica que, según los caminos de Dios, la victoria llega cuando confiamos plenamente en Él: “Tuvimos en nosotros mismos sentencia de muerte, para que no confiásemos en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos” (2 Co. 1:9). Así, Pablo caminó por este mundo enfrentando tribulaciones, y aun en medio de ellas vio a los paganos convertirse a Cristo dondequiera que iba.

 Ananías entró en la casa de Judas, en la calle Derecha, con el propósito de instruir a Saulo en esta nueva vida y de ayudarle a recibir poder para servir a Aquel con quien se había encontrado en el camino a Damasco. A través de manos ungidas, Saulo fue sanado, y el Espíritu Santo vino sobre él (v. 17). El profeta Oseas expresa esta misma esperanza cuando dice: Venid y volvamos a Jehová; porque él arrebató, y nos curará; hirió, y nos vendará” (Os. 6:1). La profecía que sigue, acerca de la vida resucitada de Cristo obrando en los creyentes, se cumplió de manera personal en el corazón de Saulo: Nos dará vida después de dos días; en el tercer día nos resucitará, y viviremos delante de él” (Os. 6:2).

 Cayeron escamas de los ojos de Saulo y, desde ese momento, comenzó a ver todo de una manera completamente distinta. Creyó y fue bautizado en agua, dando testimonio, probablemente, ante sus compañeros y ante el dueño de la casa, de la poderosa obra que Dios había hecho en su vida (v. 18). Sin esperar, Saulo entró en una nueva etapa y en circunstancias radicalmente distintas. Los cambios comenzaron de inmediato, empezando en Damasco, la misma ciudad donde había sido salvo. Jesús se le había revelado a él; y desde entonces, como más tarde escribiría a los gálatas, Dios comenzó a revelar a su Hijo en él: “Cuando agradó a Dios…revelar a su Hijo en mí” (Gál. 1:15-16). ¿Has notado estas dos pequeñas palabras: a y en? Primero Jesús se reveló a Saulo; y desde entonces Dios comenzó a revelar a su Hijo en Saulo.

 

 

 

 


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