Hechos 9 (parte 1)
Jesús se revela a Saulo por
medio de una luz
1.
Saulo, respirando aún amenazas y muerte contra
los discípulos del Señor, vino al sumo sacerdote,
2. y le pidió cartas para las sinagogas
de Damasco, a fin de que si hallase algunos hombres o mujeres de este Camino,
los trajese presos a Jerusalén.
3.
Mas yendo por el camino, aconteció que al llegar cerca de Damasco, repentinamente le
4.
y cayendo en tierra, oyó una
voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?
5.
Él dijo: ¿Quién eres, Señor?
Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra
el aguijón.
6.
Él, temblando y temeroso,
dijo: Señor, ¿qué quieres que yo haga? Y el Señor le dijo: Levántate y entra en
la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer.
7.
Y los hombres que iban con Saulo se pararon atónitos, oyendo a la verdad la voz, mas sin ver a
nadie.
8.
Entonces Saulo se levantó de
tierra, y abriendo los ojos, no veía a nadie; así que, llevándole por la mano,
le metieron en Damasco,
9.
donde estuvo tres días sin ver, y no comió ni
bebió.
Lucas nos ha guiado a lo largo de varios capítulos,
narrando el origen y el desarrollo de la primera iglesia en Jerusalén.
Describió la persecución, el martirio de Esteban y cómo los discípulos se
dispersaron hacia Judea y Samaria. Luego relata: “Los que fueron esparcidos iban por todas partes
anunciando el evangelio”, evangelizando Judea y Samaria, cumpliendo así el
segundo paso de la Gran Comisión que Jesús dejó a Sus discípulos.
Recientemente
aprendimos sobre la evangelización personal del eunuco etíope, un detalle
importante en el relato de Lucas, ya que este hombre llevó el evangelio al
continente africano. Ahora estudiaremos la conversión de Saulo de Tarso, quien llegaría a ser el
apóstol de los gentiles. Su conversión es un acontecimiento clave en el relato
cuidadosamente planificado que Lucas dirige a Teófilo y, por medio de él, a
toda la cristiandad de todas las épocas. Este evento marca un avance decisivo
del evangelio más allá de los judíos, los samaritanos mestizos y un gentil
prosélito, hacia una proclamación abierta y enfocada al mundo gentil. Todo comienza con la transformación del principal enemigo del evangelio en
un apóstol cuya vida, a partir de ese momento, estaría completamente dedicada a
llevar el mensaje a los no judíos. Sin embargo, antes de eso, en el capítulo 10
veremos cómo Pedro rompe la barrera que hasta entonces los mantenía fuera.
Saulo estuvo presente cuando los judíos helenistas
apedrearon a Esteban, cuidando la ropa de los que lo mataban y aprobando su
muerte (Hch. 8:1). Después de esto, “asolaba la iglesia; y entrando casa por
casa, arrastraba a hombres y a mujeres y los entregaba en la cárcel” (Hch.
8:3). Nuestro estudio muestra cómo Saulo continuó con una persecución feroz
contra la iglesia naciente. Años más tarde, él mismo describió su conducta con
estas palabras: “Perseguía yo este Camino hasta la muerte, prendiendo y
entregando en cárceles a hombres y mujeres” (Hch. 22:4). También dijo: “Yo encerré en cárceles a muchos
de los santos, habiendo recibido poderes de los principales sacerdotes; y
cuando los mataron, yo di mi voto. Y muchas veces, castigándolos en todas las sinagogas, los forcé a
blasfemar; y enfurecido sobremanera contra ellos, los perseguí hasta en las
ciudades extranjeras” (Hch. 26:10-11). Esta era la
conducta de un hombre dominado por el diablo y respaldado por altas autoridades
religiosas convencidas de estar luchando a favor de los propósitos de Dios.
El capítulo 9 comienza con una misión específica a
Damasco, respaldada por cartas del sumo sacerdote de Jerusalén. Su objetivo era
buscar a los cristianos, tanto hombres como mujeres, arrestarlos, atarlos y
llevarlos de regreso con él (v. 2). Observa la expresión “respirando aún amenazas y muerte”
(el término griego se define como: inhalar o respirar; y, en sentido figurado,
ser animado o impulsado, ventilar, agitar o sacudir). Dejaré que Albert Barnes
nos ayude a comprender la extrema hostilidad de este judío fanático. La
palabra respirando suele
expresar una agitación o emoción profunda, como cuando una persona respira de
manera rápida y violenta. De este modo, transmite una ira intensa. Esta emoción
absorbe y agita al individuo, dejándolo exhausto y exigiendo una circulación
sanguínea más rápida para suplir la vitalidad perdida. Esto, a su vez, requiere
un mayor suministro de oxígeno o aire vital, lo que conduce a una actividad
pulmonar intensificada. Una reacción verdaderamente impresionante.
Me parece que
solo la muerte podría haber detenido semejante fanatismo… o bien una
intervención sobrenatural de un Dios soberano. Saulo estuvo a punto de llegar a
su destino cuando, de repente, Dios intervino mediante una luz del cielo (v.
3). Al relatar su propia conversión a los judíos en el templo, Pablo aclaró que
este suceso ocurrió alrededor del mediodía. Sus compañeros de viaje también
vieron la luz y quedaron atónitos, pero no escucharon la voz. Saulo, por su
parte, quedó “temblando y temeroso” (Hch. 22:6, 9). Él sí oyó una voz
que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”. Aquí vemos
claramente que la persecución contra la iglesia y sus miembros era, en
realidad, una afrenta directa contra la persona misma de Cristo (v. 4).
Jesús explicó
esta misma verdad al hablar del juicio de las naciones. Cuando se siente en el
trono de Su gloria, declarará: “Tuve hambre, tuve sed, fui forastero, estuve
desnudo, enfermo y en la cárcel”. Luego revelará a los que estén a Su
derecha su identificación con Sus hermanos judíos: “Amén os digo que en cuanto lo hicisteis a uno
de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mt. 25:35-36, 40). A los de la izquierda les
dirá lo contrario: “Amén os digo que en cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis” (Mt.
25:45). Si esta verdad se aplica a su nación terrenal, también es válida
respecto a Su novia, la iglesia. Saulo fue culpable de perseguir al Mesías al
perseguir a Su iglesia. De la misma manera, a lo largo de la historia, muchos
han sido culpables de perseguir a Cristo al oponerse a la obra del Espíritu
Santo en Su iglesia.
Con
reverencia, Saulo preguntó quién era la Fuente de la luz y de la voz,
llamándolo “Señor”. La respuesta fue clara: “Yo soy Jesús, a quien tú
persigues”. Al relatar este evento ante la multitud judía en el templo,
Pablo añadió un detalle crucial: la voz dijo también “Yo soy Jesús de
Nazaret”. Con ello dejó claro que aquel Nazareno a quien ellos rechazaron y
crucificaron, era el Señor de la gloria que lo derribó al suelo. ¡Jesús vivía!
Y era a Jesús de Nazaret a quien debían recibir si querían ser salvos.
Jesús no solo
se reveló a Saulo, sino que también le advirtió del peligro en el que se
encontraba. Ya estaba ciego y su alma había sido profundamente dañada. El Señor
le dijo que estaba dando “coces contra el aguijón”. Esta expresión
proviene de un proverbio sirio y describe un esfuerzo inútil que solo produce
dolor a quien lo hace. El aguijón era una punta de hierro fijada a un palo,
usada para hacer avanzar al buey. Si el animal, por terquedad, pateaba contra
el aguijón, no lograba nada excepto lastimarse a sí mismo (v. 5).
Pablo describió
esta luz al rey Agripa como más brillante que el sol, y relató que tanto él
como todo su séquito cayeron al suelo bajo su poder (Hch. 26:13-14). Saulo
reconoció el señorío de Jesús; ya lo había llamado “Señor” y volvió a hacerlo
en el versículo 6. Se sometió a Él y pidió dirección para su vida. En ese acto
fue salvo, de acuerdo con la doctrina que él mismo enseñó más tarde en Romanos
10:9: “Si
confesares con tu boca que Jesús es el Señor” (Ro. 10:9, RV60) o “Si con tu boca
confiesas a Jesús como Señor” (BTX) o “Si declaras abiertamente que
Jesús es el Señor” (NTV) o “Si confiesas con tu boca a Jesús por Señor, y crees en tu corazón que
Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo” (LBLA). Saulo creyó en el Cristo resucitado que se le
reveló aquel día y lo confesó como Señor.
Sin embargo,
Pablo no sostuvo la doctrina conocida como “gracia irresistible”. Ante
el rey Agripa declaró: “No fui desobediente a la visión celestial” (Hch.
26:19). Esta afirmación revela su entendimiento de que debía existir una
respuesta humana a la obra divina. Al decir “no fui desobediente”,
reconoce implícitamente la posibilidad de haberlo sido; de otro modo, habría
expresado su obediencia como algo forzado o inevitable.
Permíteme
hacer aquí una breve exhortación: debemos dar lugar a la Palabra de Dios en su
sentido más claro y en su interpretación más evidente. He tomado la decisión de
hacerlo, y te animo a hacer lo mismo. ¿De qué hablo? Bueno, seré calvinista cuando la Biblia enseñe
claramente el calvinismo, y seré arminiano cuando la Escritura enseñe
claramente esa doctrina. No me sentiré obligado a ninguna escuela teológica en
particular. Desde el principio, con Adán y Eva, Dios
dejó claro que Su creación no estaba destinada a una obediencia forzada. No
quiso esclavos, sino hijos e hijas amados que se sometieran a Él por amor. No
obstante, sí podían hacerse siervos voluntarios, es decir, esclavos por amor,
como lo permitía la ley del Antiguo Testamento (Éx. 21:5-6), a la cual se
sometieron Pablo, Santiago, Pedro, Judas y Juan, como se observa en la
introducción de varias de sus cartas.
 |
| A. B. Simpson- campeón de misiones |
Debido a la
seriedad de las consecuencias, debo añadir que conozco personas cuya búsqueda
de la salvación fue gravemente obstaculizada por un hiper-calvinismo, o que
sufrieron daño espiritual a causa de él. Uno de ellos fue A. B. Simpson,
fundador de la Alianza Cristiana y Misionera. Sus padres presbiterianos temían
interferir con la obra soberana de Dios y no ofrecieron ayuda a su hijo
adolescente mientras él buscaba desesperadamente la salvación. Simpson
escribió: “Todo mi entrenamiento me dejó sin una
comprensión clara y sencilla del evangelio de Jesucristo. El Dios que conocí
era un Ser de gran severidad, y mi teología hablaba de un cambio maravilloso
llamado regeneración, una obra que solo Dios podía realizar en el alma. Sin
embargo, ahora me resulta extraño que nadie me dijera la manera simple de creer
en la promesa y de aceptar la salvación, que ya había sido plenamente provista
y ofrecida gratuitamente. Cuántas veces desde entonces ha sido mi gozo decir a
los pobres pecadores que:
No tenemos que, a la puerta de
la misericordia,
Estar tocando y llorando,
velando y esperando;
Porque las dádivas de la
misericordia son libremente ofrecidas,
Y ella ha esperado mucho
tiempo por ti”.
Más adelante,
leyó en el libro titulado El misterio de la
santificación evangélica de Marshall, que encontró en la
biblioteca de su pastor: “La primera buena obra que jamás realizarás será
creer en el Señor Jesucristo. Hasta que lo hagas, todas tus obras, oraciones,
lágrimas, y buenas resoluciones serán vanas. Creer en el Señor Jesús es justo
creer que Él te salva según Su palabra, que te recibe y te salva aquí y ahora,
porque ha dicho… “al que a mí viene,
no le echo fuera”. En el momento que lo hagas
pasarás a la vida eterna, serás justificado de todos tus pecados, y recibirás
un nuevo corazón y todas las operaciones de gracia del Espíritu Santo”.
Recibí el siguiente testimonio en una
carta de una joven rumana:
“En un
momento oscuro de mi vida me di cuenta de que, si seguíamos asistiendo a la
misma iglesia, mis hijos no llegarían a creer verdaderamente. No verían el
poder de Dios. Tal vez adquirirían conocimiento intelectual, pero no conocerían
la realidad ni el poder de Dios.
A finales de
2018 comencé a leer la primera carta a los Corintios. No sé cómo explicarlo,
pero de repente los capítulos 12 y 14 se volvieron muy claros para mí. Miré a
mi alrededor y noté que no veía nada de lo que esos capítulos describen en mi
iglesia, y comencé a anhelarlo profundamente. Sin embargo, mi amiga, la esposa
del pastor, me dijo que no debía buscar “lo extraordinario”.
Demasiado
tarde comprendí que mi vida espiritual casi había muerto. No me había dado
cuenta de que la iglesia a la que asistíamos era calvinista, muy fatalista y
cesacionista. Esto produjo una gran confusión en mí. Aunque seguía leyendo la
Biblia, después de escuchar un sermón de un pastor visitante, quedé tan
perturbada que llegué a casa, cerré mi Biblia y no la abrí durante meses. Su
mensaje fue completamente determinista y cesacionista.
Luego vino
una profunda depresión, especialmente después de la muerte de mi amiga, la
esposa del pastor. En ese estado comencé a caer nuevamente en pecados y
debilidades de las que Dios me había liberado cuando inicié mi vida cristiana.
Con el
tiempo llegué a creer que la voluntad de Dios era únicamente el sufrimiento y
que la sanidad no estaba dentro de Su voluntad, por lo que ni siquiera la
esperaba. Me enseñaron a aceptar todas mis circunstancias de manera fatalista.
Durante muchos años creí, incluso de forma inconsciente, que Dios quería que
fuera miserable y que debía aceptar todo porque todo estaba predeterminado.
 |
| Eliza Șerban |
Pensé que
esta era la única doctrina verdadera y que representaba el “alimento sólido”,
mientras que otras iglesias solo ofrecían “leche espiritual”. También creí que
las iglesias fuera de las que yo asistía carecían de doctrina pura y eran
liberales. Por eso, en lugar de correr hacia Dios, hui de Él. Fui enseñada a
creer que Dios hace absolutamente todo, incluso la obra del maligno.”
Me he concentrado en los efectos negativos que las doctrinas del
cesacionismo y del predeterminismo tuvieron en la vida de esta joven, según lo
que ella misma escribió en su carta. Sin embargo, la realidad es que fue
liberada de esas doctrinas mediante una sanidad milagrosa, seguida de un
poderoso bautismo en el Espíritu Santo. Durante la mayor parte de su vida
estuvo enferma, débil y melancólica. Después de una cirugía en Londres, sus
signos vitales descendieron a cero y tuvo que ser reanimada. En varias ocasiones
estuvo al borde de la muerte, y un médico le dijo a su esposo que no le quedaba
mucho tiempo de vida. Sin embargo, Dios la sanó y la bautizó poderosamente en
el Espíritu Santo, y el cambio en su vida fue verdaderamente asombroso.
Ahora volvamos al texto bíblico. La experiencia de
los compañeros de Saulo se explica de la siguiente manera: ellos oyeron un
sonido, pero no pudieron distinguir una voz ni entender las palabras, por lo
que no recibieron el mensaje. Vieron la luz, pero no la percibieron de manera
personal; por eso no comprendieron que provenía de Jesús de Nazaret (v. 7).
Saulo, al cerrar los ojos por el resplandor de la
luz y luego abrirlos, descubrió que había quedado ciego: “No veía a causa de
la gloria de la luz” (Hch. 22:11). Sus compañeros lo llevaron de la mano
hasta la ciudad de Damasco (v. 8). Impactado por la gloria de aquella
experiencia celestial, Saulo perdió todo apetito por el alimento terrenal y
pasó tres días ayunando y orando. Además del impacto físico, hubo otros
factores espirituales involucrados: una profunda convicción por la manera en
que había tratado a los cristianos y una intensa reflexión sobre el cambio
radical que su vida estaba a punto de experimentar (v. 9).
Ananías viene a Saulo
10.
Había entonces en Damasco un discípulo llamado Ananías, a quien el Señor
dijo en visión: Ananías. Y él respondió: Heme aquí, Señor.
11.
Y el Señor le dijo: Levántate, y ve a la calle que se llama Derecha, y busca
en casa de Judas a uno llamado Saulo, de Tarso; porque he aquí, él ora,
12.
y ha visto
en visión a un varón llamado Ananías, que entra y le
pone las manos encima para que recobre la vista.
13.
Entonces
Ananías respondió: Señor, he oído de muchos acerca
de este hombre, cuántos males ha hecho a tus santos en Jerusalén;
14.
y aun aquí tiene autoridad de los principales sacerdotes para prender a todos
los que invocan tu nombre.
15.
El Señor le dijo: Ve, porque instrumento escogido me es éste, para llevar mi
nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de
Israel;
16.
porque yo le
mostraré cuánto le es necesario padecer por mi
nombre.
17.
Fue entonces
Ananías y entró en la casa, y poniendo sobre él las
manos, dijo: Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino por
donde venías, me ha enviado para que recibas la vista y seas lleno del Espíritu
Santo.
18.
Y al momento le cayeron de los ojos como escamas,
y recibió al instante la vista; y
levantándose, fue bautizado.
El Señor Jesús
está activa y constantemente involucrado en todos los asuntos de su iglesia en
la tierra. Así como en su momento envió una palabra a Felipe para que fuera a
encontrarse con el eunuco etíope, ahora envía a un creyente fiel para
encontrarse con Saulo. Él, aunque era fariseo, necesitaba ser instruido por
otro, del mismo modo que el eunuco etíope. A pesar de su amplio conocimiento de
las Escrituras, ese conocimiento, junto con su interpretación, lo había llevado
a oponerse a la obra de Dios que se estaba manifestando en su tiempo. El
conocimiento adquirido sin la obra interior del Espíritu Santo puede
convertirse en un instrumento de oposición al cristianismo verdadero. Esta
realidad explica cómo han surgido sectas y enseñanzas heréticas que, aunque
afirman basarse en la Escritura, la interpretan de manera errónea. Más
adelante, Pablo mismo enseñaría que el hombre natural no puede comprender ni
recibir las cosas del Espíritu de Dios, porque estas deben ser discernidas
espiritualmente. En ese momento, Saulo era tan ignorante del Nuevo Pacto como
un pagano. Por ello, necesitaba un maestro que hubiera nacido de nuevo y que
pudiera instruirlo en la verdad.
Ananías entró
en escena y salió de ella de la misma manera, sin que sepamos nada acerca de su
trasfondo personal. Sencillamente fue “cierto hombre” dispuesto a obedecer de
inmediato. Como todo creyente lleno del Espíritu Santo, fue capacitado con
poder sobrenatural, y a través de sus manos fluyó la sanidad que devolvió la
vista a los ojos de Saulo. Ananías era un verdadero discípulo de Cristo,
sensible a la voz del Espíritu Santo y obediente a Su dirección. Esta capacidad
lo calificó para guiar a Saulo en sus primeros pasos como nuevo creyente (v.
10). Curiosamente, no vuelve a mencionarse en el resto del Nuevo Testamento. El
Señor le dio instrucciones muy precisas: debía ir a una calle específica y
entrar en la casa de un hombre llamado Judas, donde Saulo había sido llevado
por sus compañeros. El Señor lo envió con base en un detalle importante: Saulo
estaba orando. Era la oración de un pecador arrepentido, lo cual me hace pensar
en la oración del profeta Jonás desde el vientre del pez.
La situación
de Jonás fue semejante a la de Saulo, porque ambos iban en una dirección
contraria a la voluntad de Dios. Dios detuvo a Jonás en medio de su viaje, no
mediante una luz del cielo, sino por medio de una tormenta violenta. Luego
preparó un gran pez que lo llevó por el mar en la dirección correcta, hacia Nínive. Durante aquellos
tres días, Jonás elevó una oración de arrepentimiento, la cual quedó
registrada en el capítulo dos de su libro: “Cuando en mí desfallecía mi alma, del SEÑOR me acordé; y mi oración llegó hasta ti,
hasta tu santo templo” (Jonás
2:7).
Cuando la
ceguera llevó a Saulo al arrepentimiento y a una nueva comprensión espiritual,
él también oró durante tres días. Tal vez fue la primera vez en su vida que, a
pesar de su profundo trasfondo religioso, elevó una oración que Dios realmente
escuchó en el cielo. Antes de esta experiencia, sus oraciones se parecían a la
del fariseo en el templo, quien “oraba consigo mismo” (Lc. 18:11). En el
caso de Jonás, después de su oración, el pez lo vomitó en tierra firme. De
manera similar, tanto Jonás como Saulo, a través de una oración sincera y
efectiva, lograron conectarse con el Señor y fueron oídos por Él (v. 11).
Alguien ha
dicho que la oración es una calle de dos carriles. Saulo oró al Señor, y el
Señor respondió hablándole por medio de una visión. No se trató de una
imaginación vaga ni de un simple estado mental; fue una comunicación real y
clara de Dios. El Señor le habló con total precisión, incluso mencionándole el
nombre del hombre que iría a visitarlo y explicándole lo que ese hombre haría
al llegar. De la misma manera, el Señor habló a Ananías y le confirmó la visión
que Saulo estaba teniendo (v. 12). Más adelante, Pablo describiría esta
experiencia con estas palabras: “Revelar a su Hijo en mí, para que yo le
anunciara entre los gentiles; no consulté en seguida con carne y sangre…”.
Ananías
deseaba mayor claridad sobre la condición actual de aquel hombre que
consideraba el principal enemigo del evangelio. Por eso dijo: “Señor, he
oído de muchos acerca de este hombre”. Ya sabía de su misión a Damasco y de
la autoridad que había recibido de los principales sacerdotes. Hasta ese
momento, su comprensión se basaba únicamente en información humana, en lo que
había escuchado de “muchos” (vs. 13-14). Sin embargo,
el Señor, que todo lo sabe, le dio una actualización inmediata sobre la
verdadera condición de Saulo. Esto nos recuerda las palabras del profeta
Isaías: “¿A quién
pidió consejo para ser avisado? ¿Quién le enseñó el camino del juicio, o le
enseñó ciencia, o le mostró la senda de la prudencia? (Is. 40:14). En ese mismo
pasaje, Isaías declara que para Dios las naciones son como “la gota de agua que cae del cubo” (v. 15), y aun como “nada”
y “menos que nada” (v. 17). Todo lo que Ananías creía saber quedó
anulado por una sola palabra del Señor. Y así como Ananías tuvo que cambiar su
manera de pensar acerca de Saulo, de la misma manera Dios ya había transformado
completamente la naturaleza del fariseo.
En el plan
eterno de Dios, establecido desde el principio de los tiempos, Saulo ya estaba
incluido. Dios lo había escogido para llevar un entendimiento más claro del
evangelio a las naciones que vivían en ignorancia. Según Su perfecta sabiduría,
lo eligió como el instrumento ideal para cumplir este propósito: “para
llevar mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de
Israel”. Los generales humanos no suelen ir a los campamentos enemigos para
reclutar soldados y avanzar sus planes. Pero los caminos de Dios son muy
superiores a los de los hombres. Dios sabía exactamente lo que hacía y se
encargaría de entrenar a Saulo para Sus causas (v. 15).
Hace muchos
años alguien me cuestionó por terminar una oración diciendo: “por la causa
de Jesús, amén”. Su argumento era que la oración existe para recibir algo
para nuestras propias necesidades, ya que al orar demostramos que dependemos de
Dios. En parte tenía razón. Sin embargo, la motivación principal de la oración
no debe ser simplemente recibir algo para nosotros, sino buscar Su gloria y Su
propósito. La oración que Jesús enseñó a sus discípulos comienza diciendo: “Venga tu reino. Hágase tu
voluntad” y concluye
con: “tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos” (Mt. 6:10, 13). Por eso respondí sencillamente: “Si
nuestra oración no es por la causa de Jesús, no vale la pena orar”. Es
absolutamente correcto desear que todo sea hecho para la gloria de Su nombre y
conforme a Su propósito eterno.
El Señor
anunció que el futuro de Saulo incluiría sufrimiento. De hecho, Jesús ya había
dicho a sus discípulos que, en este mundo de pecado y pecadores: “En el
mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo” (Jn.
16:33). En 2 Corintios 6:4-10, Pablo describe cómo se cumplió en su propia vida
lo anunciado en Hechos 9:16. Allí enumera las pruebas que enfrentó, pero
también la consolación y la victoria que las acompañaron. Desde el primer
capítulo de esa misma epístola, Pablo explica que, según los caminos de Dios,
la victoria llega cuando confiamos plenamente en Él: “Tuvimos en nosotros
mismos sentencia de muerte, para que no confiásemos
en nosotros mismos, sino en Dios que resucita a los muertos” (2 Co. 1:9). Así, Pablo caminó por este
mundo enfrentando tribulaciones, y aun en medio de ellas vio a los paganos
convertirse a Cristo dondequiera que iba.
Ananías entró
en la casa de Judas, en la calle Derecha, con el propósito de instruir a Saulo
en esta nueva vida y de ayudarle a recibir poder para servir a Aquel con quien
se había encontrado en el camino a Damasco. A través de manos ungidas, Saulo
fue sanado, y el Espíritu Santo vino sobre él (v. 17). El profeta Oseas expresa
esta misma esperanza cuando dice: “Venid y volvamos a Jehová; porque él arrebató, y nos curará; hirió, y nos vendará” (Os. 6:1). La profecía que sigue, acerca
de la vida resucitada de Cristo obrando en los creyentes, se cumplió de manera
personal en el corazón de Saulo: “Nos dará vida
después de dos días; en el tercer día nos resucitará, y viviremos delante de
él” (Os. 6:2).
Cayeron
escamas de los ojos de Saulo y, desde ese momento, comenzó a ver todo de una
manera completamente distinta.
Creyó y fue bautizado en agua, dando testimonio, probablemente, ante sus compañeros
y ante el dueño de la casa, de la poderosa obra que Dios había hecho en su vida
(v. 18). Sin esperar, Saulo entró en una nueva etapa y en circunstancias
radicalmente distintas. Los cambios comenzaron de inmediato, empezando en
Damasco, la misma ciudad donde había sido salvo. Jesús se le había revelado a él; y
desde entonces, como más tarde escribiría a los gálatas, Dios comenzó a revelar
a su Hijo en él: “Cuando agradó a Dios…, revelar a
su Hijo en mí” (Gál. 1:15-16). ¿Has notado estas dos pequeñas
palabras: a y en?
Primero Jesús se reveló a Saulo;
y desde entonces Dios comenzó a revelar a su Hijo en Saulo.
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