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| Primer viaje misionero (pulsar para hacer grande) |
La
nueva Iglesia de Antioquía
1. Había entonces en la iglesia que estaba en
Antioquía, profetas y maestros: Bernabé, Simón el que se llamaba Niger, Lucio
de Cirene, Manaén el que se había criado junto con Herodes el tetrarca, y
Saulo.
2. Ministrando
éstos al Señor, y ayunando,
dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he
llamado.
3. Entonces,
habiendo ayunado y orado, les impusieron las manos y los despidieron.
En el capítulo 11 de Hechos, aprendimos sobre el
inicio de la iglesia en Antioquía. Lucas explicaba que, después del martirio de
Esteban, comenzó una persecución en Jerusalén. Como resultado, algunos
cristianos se dispersaron y llegaron a Antioquía, donde predicaban únicamente a
los judíos (Hch. 11:19). Sin embargo, después de la experiencia de Pedro en
Cesarea con el centurión Cornelio, hubo un gran avance. Algunos evangelistas de
la isla de Chipre y de la región africana de Cirene comenzaron a predicar también
a los gentiles que hablaban griego en Antioquía (Hch. 11:20). Lucas relata que
un gran número de gentiles creyó en el Señor (Hch. 11:21). Así comenzó la
historia de la iglesia en Antioquía, después de la salvación tanto de judíos y
como de gentiles.
Hemos aprendido que Bernabé fue enviado desde
Jerusalén a Antioquía (Hch. 11:22). Allí animó a los nuevos creyentes (Hch.
11:23) y, por medio de su evangelismo ungido, muchos más fueron añadidos a la
iglesia de Antioquía (Hch. 11:24). Seguidamente, Bernabé fue a Tarso en busca de
Saulo, ya que esa era su ciudad natal (Hch. 11:25). Saulo se unió a él, y
juntos trabajaron en la edificación de la iglesia en Antioquía (Hch. 11:26). En
el último versículo del capítulo 11, supimos que habían viajado desde Antioquía
a Jerusalén para llevar una ofrenda a los creyentes de allí (Hch. 11:30). Luego
regresaron a Antioquía y llevaron con ellos a Juan Marcos, quien era sobrino de
Bernabé. María, la madre de Marcos, probablemente era hermana
de Bernabé, ya que no se menciona a su padre en el relato (Hch.
12:25).
Además de Bernabé y Saulo, también llegaron a
Antioquía algunos profetas desde Jerusalén (Hch. 11:27). El primer versículo de
este capítulo 13 menciona también a Simón Niger, Lucio de Cirene (posiblemente
uno de los que antes había evangelizado en Antioquía, Hch.11:20), y Manaén. Curiosamente, este había sido alguien
cercano a Herodes Antipas, quien mandó matar a Juan Bautista y participó junto con
Pilato en el juicio de Cristo. Pero Manaén ahora es un cristiano y líder en la
iglesia de Antioquía, junto con los otros cuatro que eran profetas y maestros.
Este pasaje también muestra que la profecía era un ministerio activo en la
iglesia del Nuevo Testamento, formada tanto por judíos como por gentiles (ve
también Hch. 2: 17-18; 1 Co. 14:1; Ef. 4:11-12).
En el versículo 2 vemos que en las reuniones del Nuevo
Testamento tenían una prioridad. Debemos reunirnos para la edificación del
cuerpo de Cristo por medio de la enseñanza, la predicación, y el uso de los
dones del Espíritu. Sin embargo, el propósito principal de reunirnos es
ministrar al Señor. Cristo es la Cabeza de Su iglesia y Él debe tener el control
sobre todo lo que sucede para poder glorificar a Dios. En Antioquía, la iglesia
se reunía para ministrar al Señor.
En la misma frase, también aprendemos que la
iglesia ayunaba. Jesús mismo nos enseñó sobre el ayuno en Mateo 6:16-18. Él
dijo: Cuando (no si) ayunéis, no seáis austeros, como los
hipócritas; porque ellos demudan sus rostros para mostrar a los hombres que
ayunan… Pero tú, cuando (no si) ayunes, unge tu cabeza y lava tu rostro”. En Mateo 9:15, Marcos 2:20, y Lucas 5:35, Jesús también afirmó: “¿Acaso pueden los que están de bodas tener luto
entre tanto que el esposo está con ellos? Pero vendrán días cuando el esposo
les será quitado, y entonces ayunarán”. Él también enseñó por Su ejemplo: “Y después de
haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre” (Mt. 4:2).
El libro de los Hechos nos da maravillosos
ejemplos de cristianos que actúan en unidad con el Espíritu Santo. Un versículo
clave que expresa esta verdad es el mensaje que los apóstoles, ancianos y
hermanos en Jerusalén enviaron a los gentiles en Antioquía en Hechos 15:28: “Ha parecido bien al
Espíritu Santo, y a nosotros…” En el día
de Pentecostés, los discípulos actuaron en unidad con el Espíritu Santo “y comenzaron a
hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen”. Pedro demostró que, cuando Ananías y Safira mintieron, en realidad estaban mintiendo al
Espíritu Santo. Esto revela cuán estrecha era la unión entre la iglesia y el
Espíritu.
En aquellos días, como también hoy, el Espíritu
Santo habla principalmente por medio de Su palabra, y las Escrituras tienen autoridad por encima de cualquier otro medio de comunicación entre
Dios y el ser humano. Sin embargo, en la iglesia primitiva
también eran muy sensibles a la voz del Espíritu Santo, porque los dones
sobrenaturales del Espíritu estaban activos y eran muy comunes. Probablemente
fue por medio de uno de estos dones del Espíritu Santo, y no por una voz
audible, que Él dijo: “Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a
que los he llamado”.
Podemos estar seguros de que, desde el día de su conversión,
Saulo fue llamado a ser un apóstol a los gentiles, porque el Señor habló a
Ananías en Damasco, diciendo: “Instrumento escogido me es éste,
para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos
de Israel” (Hch. 9:15). Como nuevo creyente, mientras
estaba en trance en el templo de Jerusalén, Dios le dijo: “Ve, porque yo te enviaré
lejos a los gentiles” (Hch. 22:21). En Antioquía, antes de los
acontecimientos de este capítulo, él y Bernabé ministraban como profetas,
maestros o ambos. Sin embargo, todavía no ejercía plenamente el ministerio
apostólico en ese momento.
Como ocurrió cuando los apóstoles impusieron las
manos sobre los diáconos en Hechos 6:6, ahora también otros en la iglesia impusieron
las manos sobre Bernabé y Saulo. Sin embargo, la iglesia no fue la fuente de su
ordenación, porque nuevamente fue el Espíritu Santo quien dijo: “Los he llamado”. Como nota aparte, en este caso vemos otra
manifestación de la Trinidad. No solo el Espíritu Santo afirmó el llamado de
Pablo, sino que él mismo escribió a los gálatas: “Pablo, apóstol (no de hombres ni por hombre, sino por Jesucristo y por Dios
el Padre que lo resucitó de los muertos)” (Gal. 1:1). De este modo, fue llamado por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. El propósito de esta reunión
fue confirmar el llamado de Dios sobre su ministerio apostólico, y la iglesia
envió a Saulo y Bernabé hacia la obra entre las naciones (v. 3).
Desde Salamina a Pafos en Chipre
4.
Ellos, entonces, enviados por el Espíritu
Santo, descendieron a Seleucia, y de allí navegaron a Chipre.
5.
Y llegados a Salamina, anunciaban la palabra de
Dios en las sinagogas de los judíos. Tenían también a Juan de
ayudante.
6.
Y habiendo atravesado toda la isla hasta Pafos,
hallaron a cierto mago, falso profeta, judío, llamado
Barjesús,
7.
que estaba con el procónsul
Sergio Paulo, varón prudente. Éste, llamando a Bernabé y a Saulo, deseaba oír
la palabra de Dios.
8.
Pero les resistía Elimas,
el mago (pues así se traduce su nombre), procurando apartar de la fe al
procónsul.
9.
Entonces Saulo, que también es
Pablo, lleno del Espíritu Santo, fijando en él los ojos,
10. dijo: ¡Oh, lleno
de todo engaño y de toda maldad, hijo del diablo, enemigo de toda justicia! ¿No
cesarás de trastornar los caminos rectos del Señor?
11. Ahora, pues, he aquí la mano
del Señor está contra ti, y serás ciego, y no verás el sol por algún tiempo. E
inmediatamente cayeron sobre él oscuridad y tinieblas; y andando alrededor,
buscaba quien le condujese de la mano.
12. Entonces el procónsul,
viendo lo que había sucedido, creyó, maravillado de la doctrina del
Señor.
Una vez más, vemos la estrecha
conexión entre el Espíritu Santo y la iglesia. En el versículo anterior leemos
que la iglesia envió (LBLA) a Bernabé y a Saulo, pero el versículo 4 nos
asegura que el Espíritu Santo fue quien les envió. Es importante entender que su salida al mundo no fue
simplemente un acto humano u organizado por la iglesia, sino una obra de Dios. Pablo escribió a los romanos: ¿Cómo predicarán si no son enviados? Y
añade: ¡Cuan hermosos son los pies de
los que anuncian el evangelio del bien! (Ro. 10:15, citando Is. 52:7). Su
ministerio es especialmente hermoso porque fueron enviados desde el cielo. Tanto
su llamado como su envío fueron de origen divino.
También anotaremos que
el llamamiento al apostolado fue, en primer lugar, a Cristo Jesús mismo,
y después fueron enviados de Él al mundo. El hecho que ser enviados desde
la presencia de Cristo al mundo añade hermosura a su apostolado. Observa esta
misma secuencia en Mateo 10:1-5, y también en Marcos 3:13-14 y Lucas 6:13: “Entonces llamando a
sus doce discípulos… a
estos doce envió Jesús…” Mientras “les dio autoridad
sobre los espíritus
inmundos, para que los echasen fuera, y para sanar toda enfermedad y toda
dolencia”.
Los apóstoles descendieron
a Seleucia, no lejos de Antioquía, y desde allí navegaron a la isla de Chipre (v. 4). Su viaje misionero empezó en Salamina, en el lado oriental
de la isla, y continuó hasta Pafos, en el extremo occidental. Salamina fue la capital griega de la isla, pero tras la
conquista romana, Pafos pasó a ocupar ese lugar. Hoy Salamina está en
ruinas, mientras que Pafos todavía existe, aunque se encuentra aproximadamente
a 12 km al noroeste de la antigua ciudad. Saulo había sido llamado especialmente a los gentiles, pero debía cumplir
otro principio: el evangelio tenía que ser predicado primeramente a los judíos.
Por eso, él, Bernabé y Juan Marcos fueron primero a las sinagogas judías en
Chipre (v. 5). Bernabé, cuyo nombre original era José, un
levita, volvió así a su tierra natal (Hch. 4:36). Algunos también han sugerido que pudo haber
sido martirizado en Salamina, apedreado alrededor del año 61 d.C., aunque esto
no puede ser comprobado con certeza.
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| Inscripción antigua de Sergio Paulo en latín |
Finalmente, el equipo llegó a Pafos, que ya
había sido mencionada como la capital romana de la isla , y por eso era la
residencia del procónsul Sergio Paulo. En él encontramos, felizmente, a un gentil alumbrado espiritualmente, descrito
como prudente, lo cual es fruto de la obra preveniente del Espíritu Santo en su
vida. Sin embargo, el diablo, consciente de su potencial en Dios, había
preparado a un emisario con la intención de confundir y apartar al funcionario
de la verdad. Aun así, el propósito del Señor prevaleció, y él, hambriento de
la verdad, pidió que Saulo y Bernabé lo visitaran (vs. 6-7).
El compañero de Sergio
Paulo era un judío llamado Barjesús, un falso profeta. Su nombre significa
literalmente hijo de Jesús o Josué, un nombre de origen judío que se
traduce como hijo del salvador, lo que quizá sugiere que ocultaba su
verdadera identidad satánica. En el versículo 6 también se le llama mago,
el mismo término utilizado para los magos en Mateo 2:1. Su nombre también era
conocido en su forma árabe como Elimas, por el cual era llamado popularmente. A
través de él, el diablo se opuso y luchó desesperadamente por el alma del
procónsul (v. 8).
En el versículo 9, resulta apropiado dejar de usar el nombre que sus padres
dieron al apóstol y comenzar a llamarlo por su nombre romano: Pablo (Paulus, o
en latín, como el procónsul Paulo). Este es el nombre que la Escritura utiliza
a partir de este momento. Se trata de un nombre más conocido por los romanos y,
por ello, fácilmente adaptado a su contexto lingüístico. John Wesley piensa que
posiblemente fue la familia del procónsul quien comenzó a llamarlo por ese
nombre, ya que les resultaba más familiar que su nombre hebreo. (De manera personal, en mi caso, en lugar de
mi nombre Lowell, dado por mis padres, en México fui llamado en distintas
ocasiones Joel, Yoel, Loé, Noé, e incluso mi favorito, Loel, por lo que puedo
entender bien esta situación). Pablo, aparentemente, estuvo conforme con
este cambio, ya que reflejaba su nuevo ministerio en
Cristo hacia los gentiles. En este sentido, se
hizo como gentil para ganar a los gentiles, adoptando incluso un nombre gentil
(1 Co. 9:19-22).
Mucho más importante que el
cambio de nombre fue la unción de Dios sobre Su ministro. Pablo fue lleno del Espíritu Santo, y bajo esa unción fijó
sus ojos en el emisario de Satanás. No era algo que haría por sí mismo, de
manera carnal. El enemigo no teme al ser humano en sí, pero debe ceder ante la
autoridad de un hombre lleno del Espíritu Santo. Bajo el asombroso poder
del Espíritu, Pablo habló: “¡Oh, lleno de todo engaño y de toda maldad, hijo
del diablo, enemigo de toda
justicia! ¿No cesarás de trastornar los caminos rectos del Señor?” (v.
10). Como un jurista en la sala del Juez Supremo, Pablo pronunció una sentencia de ceguera temporal sobre este opositor de la
causa de Dios. El juicio se cumplió de
inmediato, y el hombre tuvo que buscar a alguien que lo guiara para alejarlo de
la poderosa presencia del evangelio de Jesucristo (v. 11).
El procónsul quedó maravillado al ver que
la enseñanza del evangelio iba acompañada de poder, hasta el punto de incapacitar al siervo del diablo y dejarlo ciego.
Este poder siempre ha sido parte del
evangelio y continúa cumpliendo el mismo propósito que en los días de Pablo.
Las personas llegan a creer al ver los resultados de la presencia de Cristo en
vasos humanos. Una
vez más, hago referencia a Juan 17:23, donde el Señor ora: “Yo en ellos, y tú en mí… para que el mundo conozca que tú me enviaste…” Esto llevó a que Sergio Paulo creyera, al ver que la enseñanza del Señor
estaba respaldada por tal poder.
Pablo y Bernabé en Antioquía, Pisidia
13. Habiendo zarpado de Pafos,
Pablo y sus compañeros arribaron a Perge de Panfilia; pero Juan, apartándose de ellos,
volvió a Jerusalén.
14. Ellos, pasando de Perge,
llegaron a Antioquía de Pisidia; y entraron en la sinagoga un día de reposo y se
sentaron.
15. Y después de la
lectura de la ley y de los profetas, los principales de la sinagoga mandaron a
decirles: Varones hermanos, si tenéis alguna palabra, hablad.
16. Entonces Pablo, levantándose,
hecha señal de silencio con la mano, dijo: Varones israelitas, y los que teméis a Dios,
oíd:
17. El Dios de este pueblo de
Israel escogió a nuestros padres, y enalteció al pueblo, siendo ellos extranjeros en
tierra de Egipto, y con brazo levantado los sacó de ella.
18. Y por un tiempo como de
cuarenta años los soportó en el desierto;
19. habiendo destruido siete
naciones en la tierra de Canaán, les dio en herencia su territorio.
20. Después, como
por cuatrocientos cincuenta años, les dio jueces hasta el profeta Samuel.
21. Luego pidieron rey, y Dios
les dio a Saúl hijo de Cis, varón de la tribu de Benjamín, por cuarenta años.
22. Quitado éste, les
levantó por rey a David, de quien dio también testimonio diciendo: He hallado a
David hijo de Isaí, varón conforme a mi corazón, quien hará todo lo que yo
quiero.
23. De la descendencia de éste, y
conforme a la promesa, Dios levantó a Jesús por Salvador a Israel.
24. Antes de su venida, predicó Juan el
bautismo de arrepentimiento a todo el pueblo de Israel.
25. Mas cuando Juan terminaba su
carrera, dijo: ¿Quién pensáis que soy? No soy yo él; mas he aquí viene tras mí uno de
quien no soy digno de desatar el calzado de los pies.
26. Varones hermanos, hijos del
linaje de Abraham, y los que entre vosotrosteméis a Dios,
a vosotros es enviada la palabra de esta salvación.
Dejando al procónsul
como creyente en la isla, el futuro del evangelio allí fue muy positivo. Luego,
Pablo, Bernabé, Juan Marcos y posiblemente otros cristianos con ellos embarcaron
en Pafos rumbo al continente, llegando al puerto de Atalia. Desde allí se internaron en la región, probablemente siguiendo el curso de
un río, el Cestrus, según algunos comentaristas, hasta llegar a Perga de
Panfilia. Cerca de allí, en una
montaña, había un famoso templo dedicado a Diana. Panfilia era una provincia
costera del Mediterráneo, fronteriza con Cilicia, la región de Pablo, al oeste.
En este punto, Juan Marcos decidió abandonar el grupo y regresar a Jerusalén, lo
cual disgustó a Pablo (v. 13). Más adelante, cuando Bernabé quiso llevar
nuevamente a su sobrino en otra misión, Pablo se opuso firmemente, lo que
provocó una división entre él y Bernabé (Hch. 15:39). Sin embargo, este conflicto fue posteriormente resuelto, y Pablo volvió a
considerar útil a Juan Marcos (2 T. 4:11).
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| Via Sebaste, antiguo camino romana |
Había judíos en el
Pentecostés de Panfilia. Desde Perga, el equipo viajó unos 160 km más hacia el
interior hasta llegar a otra ciudad llamada Antioquía, pero esta era en la
provincia de Pisidia, situada a unos mil metros sobre el nivel del mar. Fue un
recorrido difícil a través de montañas habitadas por ladrones. Al alcanzar esta
altura, pudieron seguir la Via Sebaste, una calzada construida por César Augusto, en dirección a Listra. Una vez más, predicaron el evangelio primero a los judíos, entrando en
la sinagoga y sentándose sencillamente (v. 14). Para Pablo, anunciar el evangelio a los judíos no era solo una prioridad,
sino una profunda carga espiritual que llevaba en su corazón, que le valía más que su propia salvación: “Porque deseara yo mismo ser anatema, separado
de Cristo, por amor a mis hermanos, los que son mis parientes según la carne” (Ro. 9:3). Quizás esta declaración nos
parezca difícil de entender. Lo único que puede explicarla es que, en
ocasiones, el cristiano expone su propia vida espiritual con tal de alcanzar a
los perdidos a quienes ama. Puede llegar a situaciones en las que existe el riesgo
de caer en tentación.
Los comentaristas nos
dicen que los judíos leían una porción de la ley cada sábado, de modo que
pudieran leerla totalmente una vez al año. También leían una porción de los
profetas, y en Nazaret a Jesús le dieron la responsabilidad de leer Isaías 61:1
y 2. Bien, después de esta lectura preliminar de la Escritura, los líderes en
Antioquía reconocieron a los visitantes y les extendieron una invitación para
dar una palabra de exhortación (v. 15).
Pablo se levantó para
hablar, haciendo la señal habitual con la mano para pedir atención, y comenzó a
dirigirse a la congregación de esta manera: “Varones israelitas, y los que teméis a Dios, oíd”. No sólo había judíos
presentes, sino también prosélitos “de la puerta”, es decir, gentiles que aún
no estaban circuncidados, pero que por haber renunciado a la idolatría podían
adorar en las sinagogas (v. 16). Pablo demostró de inmediato su conocimiento de
las Escrituras y de la historia de los hebreos, comenzando con el tiempo de la
esclavitud en Egipto y su liberación, un periodo al que los judíos solían hacer
referencia con frecuencia.
Pablo relató la
elección y la exaltación de Israel por parte de Dios, quien poderosamente los
libró y los sacó de la tierra de Egipto (v. 17). Luego habló de los 40 años en
el desierto (v. 18) y – anota especialmente esta frase – “los soportó en el desierto”.
Desde el principio, sus caminos no fueron los caminos
de Dios, y Él tuvo que manifestar paciencia divina para soportar sus pecados,
quejas y rebelión. La siguiente etapa fue la conquista de
Canaán, donde el Señor peleó por ellos contra siete naciones más fuertes. Nunca
habrían podido vencerlas por sí mismos si Dios no hubiera estado con ellos. Por
eso, Pablo afirma que fue Dios quien destruyó a esas naciones y quien
luego “les dio en herencia su
territorio”, distribuyendo la
tierra de Canaán entre las doce tribus (v. 19).
La gloria de los triunfos a lo largo de toda
su historia pertenecía enteramente a Dios, y no a ellos mismos. En
el versículo 20 se muestra nuevamente que Él dirigió todo, al darles
jueces de diversas tribus según Su voluntad, durante unos 450 años, incluyendo el
tiempo de Samuel. Toda esta historia revela claramente la mano visible de Dios
sobre Su pueblo. Luego Pablo pasó a
hablar del inicio del reino, mostrando la intervención del pueblo al pedir un
rey. Este fue un acto de rebelión contra el reinado de Dios. Sin embargo, Él
los dio un hombre que cumplió exactamente los deseos de sus propios corazones:
Saúl, “cabeza y hombros” más alto que todos los del pueblo, un verdadero
campeón. Así, el pueblo continuó siguiendo su propio
camino, imitando a las naciones alrededor y apartándose de los caminos de Dios
(v. 21).
Desde el momento en
que Saúl fue nombrado rey, Dios ya había determinado apartarlo, porque su
posición fue según la voluntad carnal del pueblo en contra de su Dios. Samuel
también se disgustó desde un principio con su petición, pero Dios le dijo que
ellos no estaban rechazando a un ser humano, “sino a mí me han desechado, para que no reine sobre
ellos” (1 S. 8:7). Lee 1 Samuel, capítulo 12, donde
Samuel les muestra su pecado; y gracias a ello, ellos mismos pudieron reconocerlo
claramente y dijeron: “Porque a todos
nuestros pecados hemos añadido este mal de pedir rey para nosotros”
(1 S. 12:19). En medio de esta situación
imperfecta, Dios y Samuel siguieron obrando hasta que Dios la corrigió. De la
misma manera, Dios sigue actuando hoy en una iglesia imperfecta, dividida en
cientos de denominaciones que compiten entre sí.
Dios levantó a David, quien también era un hombre
imperfecto; sin embargo Dios pudo ver en él una actitud perfecta de corazón.
Pablo habló de la descendencia de David, refiriéndose a Aquel “que hará
todo lo que yo quiero” (v. 22). En
Apocalipsis 5 vemos que ningún ser humano es digno de abrir el libro que está en
la mano derecha del que está sentado en el trono, hasta que aparece la raíz
de David y lo toma (Ap. 5:5). En Su perfección, ¡Él es adorado en el cielo
y declarado digno tanto por los hombres como por los ángeles! (Ap. 5:9).
Pablo llegó entonces al cumplimiento perfecto
de todo lo que Dios había demostrado y prometido a lo largo de la historia, y
lo anunció a todos los judíos que estaban en la sinagoga (v. 23).
Era el evangelio de su Mesías y Salvador, Jesús, a quien Juan el Bautista había
anunciado, predicando el arrepentimiento a todos los hombres, empezando con los
judíos. Aquel que iba a aparecer entre ellos, entraría en corazones
arrepentidos y sometidos a Su señorío (v. 24).
Al terminar su ministerio de arrepentimiento, Juan
dijo claramente que él no era el Cristo. Quiero que anotes que, al presentar a
Aquel que estaba a punto de comenzar Su ministerio, dijo: “A quien no soy digno de desatar encorvado
la correa de su calzado” (Mc. 2:7). No dijo: “Apenas soy digno de
desatar, encorvado, la correa de Su calzado”, sino más bien que no era digno
ni siquiera de hacer para Él el servicio de un esclavo, como desatar la correa
de su calzado. ¡Jesús es incomparablemente digno y no hay quien pueda
compararse con Él! Esto era lo que Pablo estaba predicando en la sinagoga aquel
sábado. Su mensaje iba mucho más allá de todo lo que ellos habían imaginado al
leer las Escrituras, o de lo que alguna vez habían escuchado en
esa sinagoga a lo largo de sus vidas (v. 25).
Pablo proclamó a todos los hijos de Abraham y a los gentiles presentes que
temían a Dios estas increíbles noticias; este sábado fue un momento histórico
para ellos, porque Dios les había enviado la palabra de eterna salvación por
medio de este grupo de misioneros. Su Mesías ya había venido al mundo,
precisamente a Israel, y había tratado con sus pecados, los cuales les impedían
experimentar la gloria de Dios. Había resucitado de entre los muertos y ahora vive
para traer salvación a todos los que creen. Bueno, ahora tendremos que
detenernos en este punto y continuaremos con el mensaje de Pablo en el
siguiente artículo. Pero a todos los que están leyendo esto, con la autoridad
que me otorga el cielo, puedo deciros: “¡A vosotros es enviada la palabra de
esta salvación!” Está a tú alcance; ya ha sido enviada, y solo falta que la
recibas (v. 26).
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