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Lowell Brueckner

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Hechos 19 (parte 2)

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El templo de Diana, en su dia

Revuelta en Éfeso 

21.  Pasadas estas cosas, Pablo se propuso en espíritu ir a Jerusalén, después de recorrer Macedonia y Acaya, diciendo: Después que haya estado allí, me será necesario ver también a Roma. 

22.  Y enviando a Macedonia a dos de los que le ayudaban, Timoteo y Erasto, él se quedó por algún tiempo en Asia.

23.  Hubo por aquel tiempo un disturbio no pequeño acerca del Camino. 

24.  Porque un platero llamado Demetrio, que hacía de plata templecillos de Diana, daba no poca ganancia a los artífices; 

25.  a los cuales, reunidos con los obreros del mismo oficio, dijo: Varones, sabéis que de este oficio obtenemos nuestra riqueza; 

26.  pero veis y oís que este Pablo, no solamente en Éfeso, sino en casi toda Asia, ha apartado a muchas gentes con persuasión, diciendo que no son dioses los que se hacen con las manos. 

27.  Y no solamente hay peligro de que este nuestro negocio venga a desacreditarse, sino también que el templo de la gran diosa Diana sea estimado en nada, y comience a ser destruida la majestad de aquella a quien venera toda Asia, y el mundo entero. 

28.  Cuando oyeron estas cosas, se llenaron de ira, y gritaron, diciendo: ¡Grande es Diana de los efesios! 

29.  Y la ciudad se llenó de confusión, y a una se lanzaron al teatro, arrebatando a Gayo y a Aristarco, macedonios, compañeros de Pablo. 

30.  Y queriendo Pablo salir al pueblo, los discípulos no le dejaron. 

31.  También algunas de las autoridades de Asia, que eran sus amigos, le enviaron recado, rogándole que no se presentase en el teatro. 

32.  Unos, pues, gritaban una cosa, y otros otra; porque la concurrencia estaba confusa, y los más no sabían por qué se habían reunido. 

33.  Y sacaron de entre la multitud a Alejandro, empujándole los judíos. Entonces Alejandro, pedido silencio con la mano, quería hablar en su defensa ante el pueblo. 

34.  Pero cuando le conocieron que era judío, todos a una voz gritaron casi por dos horas: ¡Grande es Diana de los efesios! 

35.  Entonces el escribano, cuando había apaciguado a la multitud, dijo: Varones efesios, ¿y quién es el hombre que no sabe que la ciudad de los efesios es guardiana del templo de la gran diosa Diana, y de la imagen venida de Júpiter? 

36.  Puesto que esto no puede contradecirse, es necesario que os apacigüéis, y que nada hagáis precipitadamente. 

37.  Porque habéis traído a estos hombres, sin ser sacrílegos ni blasfemadores de vuestra diosa. 

38.  Que si Demetrio y los artífices que están con él tienen pleito contra alguno, audiencias se conceden, y procónsules hay; acúsense los unos a los otros. 

39.  Y si demandáis alguna otra cosa, en legítima asamblea se puede decidir. 

40.  Porque peligro hay de que seamos acusados de sedición por esto de hoy, no    

habiendo ninguna causa por la cual podamos dar razón de este concurso. 

41.  Y habiendo dicho esto, despidió la asamblea. 

 El apóstol debe atender personalmente algunas obligaciones relacionadas con su ministerio. Va a recorrer los territorios a los que el Espíritu Santo le dirigió inicialmente. Era totalmente voluntad del Señor que él y su equipo fueran a Macedonia y, una vez allí, el Señor le abrió paso a Acaya.

 Vamos a volver a los acontecimientos que muestran la mano del Señor en ese viaje. Primeramente, veremos cómo el Espíritu Santo les impidió ir a donde humanamente se podría pensar que sería bueno ir: “Les fue prohibido por el Espíritu Santo hablar la palabra en Asia” e “intentaron ir a Bitinia, pero el Espíritu no se lo permitió”. Entonces, el Señor les indicó dónde tenían que ir: “Le mostró a Pablo una visión de noche: un varón macedonio… en seguida procuramos partir para Macedonia” (Hch. 16: 6-10).

Los ciudadanos de Tesalónica obligaron a los apóstoles a salir de la ciudad y dirigirse a Berea: “Éstos eran más nobles que los que estaban en Tesalónica… escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así. Así que creyeron muchos de ellos” (Hch. 17:11-12). En Corinto, Acaya, Dios habló a Pablo en otra visión nocturna: “Habla, y no calles; porque yo estoy contigo… yo tengo mucho pueblo en esta ciudad” (Hch. 18:9-10). Dios estaba con Pablo porque Pablo estaba con Dios, precisamente allí donde Él tenía mucho pueblo. Pablo quiso estar con las personas entre las cuales el Señor estaba obrando. Después de visitar Macedonia y Acaya, pensó en ir a Jerusalén. Sabía que Dios quería que fuera finalmente a Roma (v. 21).

 Pablo permaneció algún tiempo más en Asia, posiblemente recorriendo la provincia, estableciendo iglesias en otras ciudades y anunciando el evangelio también en las zonas rurales. Envió a Timoteo y Erasto a Macedonia. Este último es mencionado en la epístola a los romanos, escrita desde Corinto: “Erasto, tesorero de la ciudad (Corinto)” (Ro. 16:23); (v. 22).

 Lucas empieza a relatar un alboroto que tuvo lugar mientras Pablo estaba en Éfeso. Notaremos, además, que los traductores han escrito con mayúscula la palabra Camino. Esto se debe a que era otro nombre dado a esta nueva religión, a la que sus oponentes llamaban “secta”. Jesús dijo: “Yo soy el camino”, refiriéndose al Camino que llevaba a la casa de Su Padre (v. 23).

 El escritor continúa con los detalles de la revuelta y las personas involucradas en ella. Todo tenía que ver con unos negociantes plateros, encabezados por un tal Demetrio. Fabricaban reproducciones portátilis de plata de su magnífico templo de Diana, así como figuras de la propia diosa. Los enemigos del evangelio suelen estar motivados, principalmente, por dos intereses: la religión y las ganancias económicas. Los judíos se oponían a Jesús por motivos religiosos, pero Jesús también les descubrió su amor al dinero. Aquí tenemos a unos negociantes que se aprovechaban de la religión para obtener ganancias. Y podían ganar mucho dinero, porque Éfeso era una ciudad turística que atraía adoradores de Diana de todas partes del Imperio Romano. Los ciudadanos locales también querían poseer reliquias y objetos relacionados con su religión (v. 24).

 Demetrio convocó a los obreros a una reunión y les recordó la prosperidad de su oficio; es decir, su profesión les había hecho ricos (v. 25). Con razón, Demetrio se sentía amenazado por el mensaje de Pablo, ya que el evangelio es enemigo de la idolatría. El Espíritu de Dios, que había provocado una fuerte convicción contra la práctica de la magia negra, como vimos apenas unos versículos antes, ciertamente convencería al pecador de su idolatría. Pablo dijo que los que están hechos por manos humanas no son dioses. Así, Demetrio veía amenazadas sus ganancias y observaba que la influencia del evangelio alejaba a un número considerable de ciudadanos de aquellas prácticas. El platero había oído hablar de los resultados que se estaban produciendo en toda Asia (v. 26).

 Observa ahora las prioridades de Demetrio. La primera era el negocio: “Hay peligro de que este nuestro negocio venga a desacreditarse”. La segunda era la religión que profesaba todo Éfeso: “El templo de la gran diosa Diana sea estimado en nada”. Era una amenaza internacional que afectaba a toda Asia Menor y al mundo entero. ¡Tan poderoso es el evangelio! A lo largo de la historia de la iglesia, también hemos oído hablar de poderosos movimientos del Espíritu Santo que han afectado a naciones enteras e incluso han tenido influencia internacional (v. 27).

 Bueno, la oposición se hizo fuerte en Éfeso, y ahora vemos el alboroto provocado por las palabras de Demetrio. Los devotos de Diana manifestaron su fanatismo (v. 28). Esto ilustraba bien la verdad que Santiago enfatizó: “Y la lengua es un fuego, un mundo de maldad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, y contamina todo el cuerpo, e inflama la rueda de la creación, y ella misma es inflamada por el infierno” (Stg. 3:6). Pero considera también “el mundo de bien” que causó la enseñanza de Pablo, contribuyendo a la destrucción de la brujería y la idolatría en toda Asia Menor.

Como ocurrió en Éfeso, ocurre también en las manifestaciones callejeras del siglo XXI, donde reina la confusión y el caos. Mucha gente protesta porque es anarquista y no quiere someterse a ningún gobierno. No sabe bien por qué está protestando. Del mismo modo, en Éfeso echaron mano de dos cristianos de Macedonia, Gayo y Aristarco, que acompañaban a Pablo en Éfeso (v. 29). El apóstol quiso estar con ellos, pero los nuevos discípulos de Éfeso se lo impidieron (v. 30).

El teatro en Éfeso
 Pablo tenía amigos entre los ricos y poderosos de Asia. Estos eran personas destacadas que habían dejado huella en la historia de esa región. Dejemos que Jamieson-Fausset-Brown nos informa: “Ciertos personajes principales de Asia, ricos y distinguidos ciudadanos de las principales ciudades de la provincia de Asia, eran elegidos cada año. Diez de ellos eran seleccionados por el procónsul para presidir los juegos en el mes de mayo. Era un cargo de gran honor y muy codiciado. Algunos de ellos, al parecer, apreciaban el evangelio o, al menos, eran amigos de Pablo. Conociendo bien la pasión que podía desatarse durante los tumultos en las festividades, “le enviaron recado, rogándole que no se presentase en el teatro” (v. 31).

 El versículo 32 vuelve a enfatizar la confusión de la multitud, pues la mayoría desconocía el motivo de la revuelta. Repito, una vez más, que esto ocurre muchas veces en las manifestaciones de hoy en día. La confusión es una característica de este tipo de acontecimientos.

 Entonces aparecen los judíos con un orador conocido por ellos, Alejandro. Él quiso hablar a favor de la causa judía y levantó la mano para pedir silencio (v. 33). Al saber que era judío, estos ciudadanos de Éfeso, devotos de su diosa, Diana, no quisieron escuchar a un judío. Gritaron con más fuerza que nunca y no dejaron de hacerlo durante dos horas, diciendo: “¡Grande es Diana de los efesios!” (v. 34).

Ahora interviene el escribano de la ciudad, la máxima autoridad local, y consigue calmar a la multitud. Sabe bien cómo ganarse su simpatía apelando a sus creencias religiosas. Habla de “la gran diosa Diana… de la imagen venida de Júpiter” (v. 35). Los efesios creían que una imagen de Diana, situada en su templo, había caído de la presencia de Júpiter, el dios principal de los romanos. Pensaban que esta imagen no había sido hecha por manos humanas y que, por tanto, no era uno de los ídolos de los que hablaba Pablo, fabricados por manos humanas. Éfeso tenía el honor de custodiarla. He aquí una buena representación de una religión pagana. Desgraciadamente, la Iglesia de Roma también presenta apariciones repletas del mismo engaño que el paganismo: apariciones de Cristo y de la Virgen. De igual manera, se han construido grandes catedrales en su honor.

El escribano presenta la caída de la diosa Diana desde el cielo como algo tan seguro que nadie puede cuestionarlo ni contradecirlo. Con esto, tranquiliza a la gente, que piensa que su religión ya no está en peligro (v. 36). Quizás este hombre había sido influenciado por aquellos ciudadanos tan distinguidos, seleccionados de entre toda Asia Menor. Habla bien de Pablo y no lo acusa de blasfemar contra la diosa, y con razón, porque Pablo solo predicaba contra la idolatría en general (v. 37).

El escribano aconsejaba a Demetrio y a sus compañeros que usaran los procedimientos legales que tenían a su alcance. Si tenían alguna queja, no debían provocar un tumulto ilegal. Casi da la impresión de que se está refiriendo a los tiempos modernos. Pues sí, había algunas leyes justas en el Imperio Romano, pero vemos que, en todos los tiempos, hay personas anarquistas y rebeldes (v. 38). ¡La humanidad no cambia! Hemos comentado antes que la religión tampoco cambia, ya sea pagana o una forma falsa de cristianismo. Recuerda las palabras de Pablo a los atenienses en el capítulo 17: “Observo que sois muy religiosos o muy reverentes a los demonios” (Hch. 17:22; traducción literal de la Versión Amplificada en inglés; en griego: deisidaimonesteros).

 El escribano les advierte también de que, si no respetan la ley en Éfeso (v. 39), hay autoridades superiores que pueden intervenir. A Éfeso no le conviene desafiar a Roma, porque podría haber consecuencias. No hay manera de justificar la revuelta (v. 40).

 

Imagen de Diana, hallado en Éfeso      

Así terminó este intento de oponerse al evangelio, y la asamblea fue despedida (v. 41). El diablo encuentra la manera de utilizar las diferentes armas de la humanidad en su rabia contra Dios y Su pueblo. No va a permitir que tantas personas en Éfeso y Asia Menor alcancen la salvación, sin oponerse y resistir. Además, él ve la importancia de lo que Dios hace allí, porque siete de las iglesias de Asia Menor aparecen en el libro de Apocalipsis y, según creo, esas siete iglesias también representan las diferentes épocas de la historia de la iglesia. El diablo tiene que hacer todo lo que pueda para oponerse a la obra de Dios, después de haber visto a tantos abandonar la magia negra y quemar sus libros. Tiene que intentar impedir que más personas abandonen la adoración a su gran demonio, Diana, porque, en realidad, ella es miembro del ejército de Satanás y no una diosa.

 La escena de la tempestad en el lago, cuando los discípulos estaban en un barco en peligro de ahogarse, con los vientos y las olas en contra, tiene para mí un gran significado simbólico. La palabra viento significa, literalmente, espíritu. Estos agitan las aguas, que simbolizan a la población del mundo, y la levantan en contra, como acabamos de estudiar. Esta escena nos enseña que nuestro Dios está con nosotros en medio del tumulto y que, como dice una canción, tiene mil maneras de contestar una sola oración. Al mismo tiempo, no solo derrota al diablo, sino que también lleva a cabo todos Sus propósitos.

 


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