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¿Me salvará Dios?

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¿ME SALVARÁ DIOS?

“Porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.”

Uno de los testimonios más dramáticos que oí, fue de los labios de un nativo americano. Era el orador invitado a una iglesia donde era pastor un amigo de nuestra familia. Este hombre raras veces daba su testimonio en público, por ser demasiado doloroso. Sin embargo, en la privacidad de la casa parroquial, después de una reunión, el pastor le pidió que lo compartiese con mi padre y conmigo.

A menudo le caían las lágrimas mientras contaba como, bajo la influencia de la heroína y totalmente inconsciente de sus acciones, dio una paliza a su mujer, que estaba embarazada, y mató a su hijo antes de nacer. Más tarde, desde su habitación en el hospital corrió a un callejón y se cortó las venas de las dos muñecas. A medida que perdía conocimiento, sentía que su alma abandonaba su cuerpo e iba precipitándose para abajo.

Lleno de pánico, empezó a clamar a los dioses de los indígenas, pero el descenso continuaba. Llamó fuertemente a su madre para que le ayudara. Pero seguía cayéndose. Por último, se acordó del Dios de su esposa e invocó Su nombre, “¡Jesús, ayúdame!” En ese momento cesó la caída, empezó a ascender y despertó en un hospital. Su vida fue transformada y empezó a viajar predicando el evangelio. 


Una obra cumplida de Dios
Si me preguntaras si es difícil ser un verdadero cristiano, mi mejor respuesta probablemente sería: “No, ¡es imposible!” Si me preguntaras qué tiene que hacer uno para llegar a ser cristiano, quizás respondería: “Nada”. Lo que estoy insinuando, sin mucho detalle o explicación, es que la salvación es totalmente una obra de Dios, y es imposible para el hombre salvarse.

La salvación del hombre fue planeada por Dios antes que Adán y Eva cayeran en el pecado, y fue obtenida hace 2.000 años a través de la muerte sustitutoria y la resurrección de Jesucristo. Desde la cruz, Jesús clamó: “¡Consumado es!”, y la obra fue terminada. Nada puede ser añadido para que el sacrificio de Cristo sea más perfecto o más efectivo de lo que ya es.

Lo que ocurre en el corazón para que esta salvación perfecta se aplique a la vida de la persona, es también un hecho de Dios. Él es quien nos perdona, nos limpia, y nos hace nacer a una vida totalmente nueva. Es una obra enteramente sobrenatural. Sería más fácil para una persona saltar sobre la luna, que poder salvar su alma.

El arrepentimiento
Se mencionan dos requisitos, en general, que hacen de la persona un candidato para recibir la obra transformadora de Dios. El primero es el arrepentimiento. Que quiere decir que uno da la espalda al pecado, a sí mismo, al diablo, y al mundo impiadoso que le rodea. Significa que con todo el corazón se vuelve a Dios.

Sin embargo, la Biblia cuenta, y muchos testimonios personales también, que el arrepentimiento es una actitud del corazón, y no una recitación de palabras o un rendimiento de hechos específicos. De hecho, una persona puede estar arrepentida sin llegar a tener un entendimiento claro de lo que eso significa, o sin darse cuenta de que realmente está arrepentida, cuando invoca el nombre del Señor. Simplemente, esta persona está  cansada de su vida vieja, con temor del futuro, y desesperada por recibir ayuda, cuando se vuelve a Dios. Lo única que le importa es que el Señor intervenga en su vida. Está dispuesta a entregar todo lo que hay que le pueda estorbar.

La Fe

El segundo requisito es la fe. La fe significa depositar toda la confianza en el plan de Dios para la salvación, y en Cristo, que llevó a cabo ese plan. Quiere decir que uno se rinde y se entrega para que Él haga la obra transformadora en su corazón. Sin embargo, la persona que invoca el nombre del Señor, posiblemente, no entiende todo eso. Solamente sabe, de alguna manera, que Jesús se preocupó tanto por él, que murió en su lugar, y que no existe nadie más que Dios, que tenga la respuesta para su abatida alma y pueda llenar el vacío dentro de él.

¿Estás dispuesto a invocarle?
  Lo que es una realidad, es que el hombre solamente se vuelve a Dios como el último recurso. Tristemente, muchos nunca llegan a ese punto. Otros llegan después de haber vivido toda la vida, trás haber intentado, anteriormente, hallar la respuesta en cualquier otra cosa o persona. Cuando hallas a una persona que, final y honestamente, invoca el nombre del Señor con todo el corazón, es el resultado de haber abandonado todas las otras esperanzas y confianzas.  

En el folleto del verano, considerábamos el valor incalculable de un alma humano. En el de otoño, escribí de la necesidad de humillarnos y confesar que estamos perdidos, para poder ser encontrados por Dios. Quizás alguien esté pensando: “Bien, yo no veo nada que sea más valioso que mi alma. Veo que estoy perdido y lejos de Dios y que no tengo ningún contacto con Él. En verdad quiero la salvación. ¿Me puedes dar un consejo?”

A tal persona, yo no se lo haré más difícil que lo que la Biblia claramente declara: “Todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo”. Hasta este punto en tu vida no has sido salvo porque todavía no has invocado. Esta es la sencilla verdad. Este versículo te ofrece una garantía que no puede fallar. Individuos sin número lo han experimentado.

Permite que te dé algunas razones por las que esta promesa será cumplida en tu caso:

                Primero… La invitación se originó en el corazón de Dios. Dios anhelaba tu salvación antes de que tú anhelaras ser salvo. “Siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”, dijo el apóstol Pablo.

                Segundo… Tras la invitación, está una motivación perfecta de un amor perfecto para ti, que no puede fallar. “Porque de tal manera amó Dios al mundo (de hombres) que ha dado Su Hijo unigénito para que TODO AQUEL que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”, dijo Jesús mismo.

                Finalmente… Dios nunca rechazará al que busca sinceramente. Jesús lo selló con esta promesa: “Al que a mí viene, no le echo fuera”.                                                                   


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