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Lowell Brueckner

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2 – 8 Abril Meditaciones diarias de los Salmos

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2 de Abril Salmos 30:1-4

1. Te glorificaré, oh Jehová, porque me has exaltado, y no permitiste que mis
     enemigos se alegraran de mí.
2. Jehová Dios mío, a ti clamé, y me sanaste.
3. Oh Jehová, hiciste subir mi alma del Seol; Me diste vida, para que no
     descendiese a la sepultura.
4. Cantad a Jehová, vosotros sus santos, y celebrad la memoria de su santidad.

  Éste es un Salmo de celebración y victoria. Si nosotros vamos ser exaltados,
Dios tiene que ser quien lo haga. No debemos estar haciendo una obra que le
pertenece exclusivamente a Él. Charlas de ánimo, pensamientos positivos y
estímulos que motivan, son intentos vanos del esfuerzo humano.
  Al final de sus batallas, David fue reconocido como el rey más importante de
aquellos días. Fue un testimonio de Aquel en quien él había confiado. David
clamó al Señor y Él le levantó, le sanó y le salvó de la muerte. Ésta fue sin
duda una obra de Dios, sin interferencias humanas, y por eso ningún hombre
recibió la gloria, sólo Él. David invitó a su pueblo a unirse a él para honrar al
Señor. Eran verdaderos santos celebrando la memoria de Su santidad. Esta
característica que Dios quiere que predomine en los hombres, es también un
atributo sobresaliente de Él mismo. Cuando Dios obra en nuestras vidas, de la
manera que sea, con el propósito de que adquiramos santidad, debemos sentirnos
felices porque ésta es una indicación de su favor. Un Dios al que no le importase
nuestro estado espiritual, nos dejaría tal y como estamos.



3 de Abril Salmo 30:4-12

4. Cantad a Jehová, vosotros sus santos, y celebrad la memoria de su santidad.
5. Porque un momento será su ira, pero su favor dura toda la vida. Por la noche
     durará el lloro, y a la mañana vendrá la alegría.
6. En mi prosperidad dije yo: no seré jamás conmovido,
7. Porque tú, Jehová, con tu favor me afirmaste como monte fuerte. Escondiste
     tu rostro, fui turbado.
8. A ti, oh Jehová, clamaré, y al Señor suplicaré.
9. ¿Qué provecho hay en mi muerte cuando descienda a la sepultura? ¿Te alabará
     el polvo? ¿Anunciará tu verdad?
10. Oye, oh Jehová, y ten misericordia de mí; Jehová, sé tú mi ayudador.
11. Has cambiado mi lamento en baile; desataste mi cilicio, y me ceñiste de alegría.
12. Por tanto, a ti cantaré, gloria mía, y no estaré callado. Jehová Dios mío, te
     alabaré para siempre. 

  Dios nos disciplina “para lo que nos es provechoso, para que participemos de
su santidad”. David, igual que Pedro, confiaba en su propia justicia. Cristo nunca
tolerará que continuemos con tales actitudes. Los dos tuvieron que experimentar
una noche de humillación y lágrimas. Mientras que el Señor ventilaba su ira,
escondía Su rostro de ellos. Sin embargo, el gozo que podemos experimentar
después del llanto es especialmente refrescante.
  Si nos sometemos al Señor y permitimos que Él sea la fuente de nuestra
disciplina, ésta romperá la confianza que tenemos en nosotros mismos, nos
impulsará a la oración, y se realizará en nosotros una obra nueva de santidad. En
el caso de David, la disciplina le llevó a un fin en el que Dios fue exaltado en
su corazón (no en la mente, porque ninguna alabanza verdadera tiene origen en
la mente), y pudo regocijarse en la alabanza y en acción de gracias. Las historias
de Dios siempre terminan así, porque a Él le complace tener misericordia.
  El único motivo de la oración de David fue honrar el nombre de Jesús, por lo
que Su ayuda vino como una respuesta a su deseo de publicar y exaltar Su nombre.
La muerte hará volver al pobre ser humano al polvo, y por eso él preguntaba:
“¿Te alabará el polvo o podría ser tu portavoz a esta generación a favor de la
verdad?” David pidió a Dios que le alargase la vida porque deseaba publicar aún
más Sus virtudes.


4 de Abril Salmo 31:1-6, 24

1. En ti, oh Jehová, he confiado; no sea yo confundido jamás; líbrame en tu justicia.
2. Inclina a mí tu oído, líbrame pronto; sé tú mi roca fuerte, y fortaleza para    
     salvarme.
3. Porque tú eres mi roca y mi castillo; por tu nombre me guiarás y me encaminarás.
4. Sácame de la red que han escondido para mí, pues tú eres mi refugio.
5. En tu mano encomiendo mi espíritu; tú me has redimido, oh Jehová, Dios de
     verdad.
6. Aborrezco a los que esperan en vanidades ilusorias; mas yo en Jehová he
     esperado.
24. Esforzaos todos vosotros los que esperáis en Jehová, y tome aliento vuestro
     corazón.

  Éste es un Salmo mesiánico, pero me pregunto si todos lo serán. En algunos
casos es más obvio que en otros, pero todos nos señalan a Jesús, nuestro Sumo
Sacerdote, ejemplo perfecto y capitán de nuestra salvación. Lo que fue la verdad
en cuanto a nuestro hermano mayor en los días de su carne, lo es también hoy
para nosotros, Sus hermanos más jóvenes y débiles. Este Salmo es para
“todos…los que esperáis en Jehová”. Por eso, vamos a fijarnos en Él para recibir
instrucciones acerca de una confianza perfecta.
  La confianza y la justicia funcionan juntas. Dios tiene que ser justo de acuerdo
a Su propia naturaleza, actuando a favor de los que confían en Él. No puede ser
indiferente. No sería justo que dejase caer a un ser que, como un bebé incapaz,
confía en Él. Él es justo con nosotros al rescatarnos y, cuando toma posesión
de nuestras vidas, es justo en nosotros. Comparte Su justicia con los que, una vez
salvados, confían en Él, y de ahí en adelante podrán llevar una vida recta. No
permitirá que Su nombre sea profanado por rescatar a personas que persisten en
ser sinvergüenzas habituales. El Señor no simpatizará con malhechores, por eso
la manera de vivir de los que son realmente creyentes, tiene que ser justa y recta.
“¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera”.


5 de Abril Salmo 31:2-16

2. Inclina a mí tu oído, líbrame pronto; sé tú mi roca fuerte, y fortaleza para     
     salvarme.
3. Porque tú eres mi roca y mi castillo; por tu nombre me guiarás y me encaminarás.
4. Sácame de la red que han escondido para mí, pues tú eres mi refugio.
5. En tu mano encomiendo mi espíritu; Tú me has redimido, oh Jehová, Dios de
     verdad.
6. Aborrezco a los que esperan en vanidades ilusorias; mas yo en Jehová he
     esperado.
7. Me gozaré y alegraré en tu misericordia, porque has visto mi aflicción; has
     conocido mi alma en las angustias.
8. No me entregaste en mano del enemigo; pusiste mis pies en lugar espacioso.
9. Ten misericordia de mí, oh Jehová, porque estoy en angustia; se han consumido
     de tristeza mis ojos, mi alma también y mi cuerpo.
10. Porque mi vida se va gastando de dolor, y mis años de suspirar; se agotan mis
     fuerzas a causa de mi iniquidad, y mis huesos se han consumido.
11. De todos mis enemigos soy objeto de oprobio, y de mis vecinos mucho más,
     y el horror de mis conocidos; los que me ven fuera huyen de mí.
12. He sido olvidado de su corazón como un muerto; he venido a ser como un
     vaso quebrado.
13. Porque oigo la calumnia de muchos; el miedo me asalta por todas partes,
     mientras consultan juntos contra mí e idean quitarme la vida.
14. Mas yo en ti confío, oh Jehová; digo: Tú eres mi Dios.
15. En tu mano están mis tiempos; líbrame de la mano de mis enemigos y de
     mis perseguidores.
16. Haz resplandecer tu rostro sobre tu siervo; sálvame por tu misericordia.

  La Semilla de David testifica en el Espíritu por medio del salmista: “En tu
mano encomiendo mi espíritu”. Jesús es el ejemplo sobresaliente de una confianza
y dependencia perfectas en el Padre. Dios es digno de una confianza hasta la
muerte. Observa Sus nombres y las cualidades que posee en cada uno de ellos:
Él es la Roca Fuerte, la Fortaleza y el Refugio. Los que acuden a Dios, buscando
que actúe de acuerdo a Sus atributos, serán librados por causa Suya, porque Él
siempre apoyará Su nombre. Su nombre es la Verdad y por eso redimirá a los que
aborrecen vanidades ilusorias. Cuando acudimos a Él en la aflicción, se manifiesta
a nosotros como el Dios Misericordioso. Su honor se pone en juego cuando
decidimos que Él sea nuestro Ayudador. En cualquier situación, si nosotros le
hacemos nuestra Fuerza, pasa a ser responsabilidad Suya levantarnos de nuestro
dilema. Cuando le encomendamos nuestros espíritus, entonces Él toma como un
deber ser nuestro Redentor.
  “En el mundo tendréis aflicción”. Según el Salmo, éstos eran algunos de los
sufrimientos de Cristo como nuestro Maestro: angustia, tristeza, lamentos, oprobio,
horror, calumnia y persecución. ¡Cuánto más vulnerables serán Sus discípulos!
De todas las aflicciones que el cristiano sufre en la tierra, la que más le duele
es ver alejarse de él a alguno de sus amigos o seres queridos. Cuando se enfrentó
a la condenación y crucifixión, fue más doloroso para Jesús ser abandonado por
Sus amigos como un vaso quebrado, que todas las calumnias e insultos de Sus
opositores. Él tuvo que llevar toda la pena solo, pues en la cruz no hay
compañerismo. Nosotros, los que somos Sus seguidores, también tendremos que
hacer frente a esta verdad.


6 de Abril Salmo 31:17-24

17. No sea yo avergonzado, oh Jehová, ya que te he invocado; sean avergonzados
     los impíos, estén mudos en el Seol.
18. Enmudezcan los labios mentirosos, que hablan contra el justo cosas duras con
     soberbia y menosprecio.
19. ¡Cuán grande es tu bondad, que has guardado para los que te temen, que has
     mostrado a los que esperan en ti, delante de los hijos de los hombres!
20. En lo secreto de tu presencia los esconderás de la conspiración del hombre;
     los pondrás en un tabernáculo a cubierto de contención de lenguas.
21. Bendito sea Jehová, porque ha hecho maravillosa su misericordia para conmigo
     en ciudad fortificada.
22. Decía yo en mi premura: cortado soy de delante de tus ojos; pero tú oíste la
     voz de mis ruegos cuando a ti clamaba.
23. Amad a Jehová, todos vosotros sus santos; a los fieles guarda Jehová, y paga
     abundantemente al que procede con soberbia.
24. Esforzaos todos vosotros los que esperáis en Jehová, y tome aliento vuestro
     corazón.

  Cuando tomamos la determinación de invocar solamente a Dios, limitándonos
únicamente a la oración, entonces podemos experimentar como Él nos libra de
la vergüenza. A fin de cuentas, Él es quien puede hacer callar los labios de los
orgullosos y mentirosos, que sólo buscan deshonrar al siervo que depende
totalmente de Él. La confianza que Jesús depositó en Su Padre fue bien conocida,
pues hasta los mismos judíos que le perseguían lo reconocieron: “Confió en Dios;
líbrele ahora si quiere”. De la misma manera, también nosotros podemos declarar
públicamente esta confianza sin temer ser avergonzados.
  La bondad es una garantía en todos los contratos de Dios, sin embargo, a menudo
nos olvidamos de ella. Muchas veces llegamos a pensar que Él nos ha abandonado
y ha dejado de ser misericordioso con nosotros. Esto es porque nos estamos
fijando sólo en los problemas que tenemos y consideramos demasiado nuestra
culpabilidad. David escribió un maravilloso pero en el versículo 22. Dios anuló
sus conclusiones precipitadas y escuchó su clamor, a pesar de sus temores.
  ¿Podemos hacer otra cosa que no sea amarle? Él guarda a los que fielmente
confían en Él y les dice: “Levantaos, y no temáis”. Este Salmo es imperecedero,
es la palabra eterna de Dios. Fue cumplido en Jesús siglos después y hoy vive
para “todos vosotros que esperáis en Él”. El Espíritu Santo inspiró a David
para que pudiera animarnos, y hoy, nosotros podemos experimentar Su bondad
en esta dispensación de la gracia.


7 de Abril Salmo 32:1-2

1. Bienaventurado aquel cuya trasgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado.
2. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo
     espíritu no hay engaño.

  En Romanos 4, Pablo hace mención a este Salmo, hablando de una justicia que
no viene por medio de la ley. El versículo no dice: “Bienaventurado el hombre
que guarda perfectamente la ley”, sino, “bienaventurado el hombre (aunque haya
quebrantado la ley o, en otras palabras, haya cometido trasgresión) que encuentra
perdón y cuya iniquidad no ha sido contada contra él”. Este hombre había sido
deudor, pero su cuenta fue saldada gratuitamente por la gracia. Ahora él es
considerado recto delante de su Acreedor. De veras, ¡dichoso es! La jactancia es
excluida y la gloria le pertenece solamente a Él, quien tuvo misericordia.
  Lo que los hombres falibles y sus religiones pueden hacer para obtener una
supuesta bienaventuranza, en verdad no importa. Sus sistemas intentan tomar el
lugar de Dios y proveer de alguna manera algo que pueda aliviar la carga de
culpabilidad de su pueblo. Sin embargo, por el perdón que los hombres ofrecen
a veces, o por el que retienen cuando Dios quiere darlo, la honra de Dios es puesta
en peligro. Dichoso es el hombre a quien el Señor, en Su justicia y misericordia,
perdona. ¡Bienaventurado el hombre que mira al cielo con anhelo, y no queda
satisfecho o consolado con menos que el perdón legítimo y eterno! ¡Que Dios le
añada un espíritu nuevo en el cual no haya engaño! Éste le guiará por sendas
de justicia.


8 de Abril Salmo 32:3-7

3. Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día.
4. Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; se volvió mi verdor
     en sequedades de verano. Selah
5. Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: confesaré mis
     transgresiones a Jehová; y tú perdonaste la maldad de mi pecado. Selah
6. Por esto orará a ti todo santo en el tiempo en que puedas ser hallado;
     ciertamente en la inundación de muchas aguas no llegarán éstas a él.
7. Tú eres mi refugio; me guardarás de la angustia; con cánticos de liberación me
     rodearás. Selah

  Antes de ser perdonado, David tuvo que experimentar angustia de corazón. La
mano de Dios descansó pesadamente sobre él, mientras su alma se mantuvo firme
en el orgullo y la rebeldía, no pudo encontrar paz. Había recibido convicción
de su estado pecaminoso, mas no quiso confesarlo y rendirse. Su pecado fue
descubierto y no pudo excusarlo. Vivió desilusionado hasta el momento en el
que se rindió. Junto a la sinceridad vino una confesión sin reservas, y después,
el perdón. Nuestra parte es confesar, y la de Dios, perdonar. “El que practica
la verdad viene a la luz”, pero tiene que hacerlo en el tiempo cuando Dios se está
moviendo en él y no según su propia conveniencia. Dios siempre interrumpe el
horario humano y demanda que el hombre se aparte de sus ocupaciones para
obedecer a Su llamada. Así sucedió con Mateo, el publicano que dejó el banco
de los tributos; también con los que dejaron de pescar o remendar sus redes. Una
salvación que sea compatible con nuestros planes y voluntad, es falsa. La salvación
verdadera viene cuando nos sometemos al Señor, y en el momento en que lo
hacemos, Él imparte la liberación.


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