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Lowell Brueckner

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Jessica y Dylan

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En dos ocasiones me acuerdo oír hablar de alguna persona, en los dos casos mujeres, desconocida para las personas que me lo dijeron, que la encontraron en un lugar público. Les llamó la atención porque “parecían ser cristianas”, me dijeron, por tener el cabello y un vestido muy largos. Tampoco tenían puestos aretes y ningún maquillaje… cosas que en verdad, personalmente, prefiero ver de una mujer cristiana. Sin embargo pensé que si el cristiano es conocido solamente por cosas superficiales, no necesita el Espíritu Santo para dar testimonio de Jesús, ni tampoco los que le reconocen de esta forma necesitan el Espíritu Santo para discernir su estado espiritual. El Espíritu Santo da testimonio invisible del carácter de Dios y Cristo recibe más gloria de personas que demuestran lo que tienen desde adentro para fuera que los que pueden demostrar señas superficiales y costumbres aprendidas de cierto grupo o personas religiosos. Jesús reprendió a los que eran “Hipócritas…dejastéis lo que es lo más grave de la ley, es el saber, el juicio y la misericordia y la fe… Guías ciegos, que coláis el mosquito, mas tragáis el camello!... Limpia primero lo de adentro
del vaso y del plato, para que también lo de fuera se haga limpio”.  Tenemos que saber claramente cuales son las prioridades. Dijo el apóstol, “El reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo por el Espíritu Santo”. Lo que yo busco primeramente son evidencias más concretas de la vida de Cristo en la vida de un cristiano.       

Hay muchas historias que podemos contar sobre la gracia y el poder de Dios en nuestra familia. Una de las que más cuento tiene que ver con el accidente de tráfico que experimentó en 1995 nuestra hija, Raquel, su marido, Tom, y la pequeña hija de solo siete meses, Jessica.

Después del tremendo choque, que dejó muerto el chofer del otro vehículo, Tom pudo salir del coche y encontró a Raquel tirado en el suelo fuera del coche. Al preguntarla de su estado, ella respondió: “Tengo fuerte dolor, pero… estamos en las manos de Dios.” Días después al salir del servicio intensivo, el doctor quiso hablar con Tom y conmigo sobre el futuro de Raquel. Dijo: “Tu hija jamás caminará” y siguió contándonos las otras consecuencias que podría sufrir en el futuro. Entre ellos fue la probabilidad de que pasaría días de fuerte depresión.

Entonces el doctor nos dirigió una pregunta que nos dejó sorprendidos: “¿Por qué será que al contar a Raquel que nunca podría andar el resto de su vida, me dio una sonrisa?” Le contesté, “Doctor, es que nuestra hija tiene a Dios.” “Ah,” respondió el doctor, “entonces ella tiene que ser una verdadera cristiana.” Le afirmé que así era el caso. Y su marido testifica que hasta el día de hoy, no ha sufrido depresión.

Lo que me enseña la Biblia y lo que he aprendido de las experiencias de nuestra jornada cristiana es que lo que importa más que todo a nuestro Padre celestial no es que cuidemos mucho de los peligros que nos rodean, ni mucho menos que tengamos temor de ellos. Muy al contrario, el Señor Jesús nos avisó que el que quiere salvar su vida, la perderá. Habló del siervo infiel que no quiso arriesgar el talento que su amo le dio, sino que lo escondió en la tierra.  El quiere que tengamos una plena confianza en su cuidado fiel sobre nuestras vidas. Lo que nos enseña por todo lo que pasemos en la vida y en todas las condiciones que nos rodea es que nosotros aprendamos más y más entregarnos confiadamente a Él. Fue lo mismo que las dos personas más cercas de Su corazón, Abraham y David, pudieron lograr.

Jessica entregó toda su confianza en Jesús para su salvación cuando tenía cinco años de edad. Siendo tan pequeña pudo experimentar una fuerte convicción de pecado y temores grandes sobre su estado delante de Dios. Aún en una tiendo, haciendo compras con sus padres, lloró diciendo, “¡Es por mi pecado!”Sin embargo esa condición la hizo huir a Jesús y un día salió de su habitación sonriendo.

Cuando fuimos a Dakota Norte para la boda de Jessica, Raquel nos contó algo que no hace mucho había pasado. Jessica tuvo que entrar rápidamente en una tienda y al llegar a la caja, el cajero musulmán, comentó, “Te veo muy alegré”. Jessica contestó, “Es que Cristo vive en mí.” El cajero dijo, “Bueno, yo creo en Alá, pero esto no hace nada para mí.” Jessica afirmó, “Si tuvieras a Jesús, ¡Él cambiaría todo!”

Fue un placer estar en esa boda. El novio, Dylan Murphy, es un cristiano firme, que tiene muchos deseos seguir a Cristo. Fue un gozo también conocer a sus padres, relativamente nuevos, pero ya muy bien arraigados, en la vida cristiana. Diferentes personas dieron testimonio de la impresión causada en ellos por la vida de los Murphy, como de los Ehmer. 

Dylan y Jessica pidieron a nuestro hijo menor, Mike, que diera un mensaje que habían escuchado de él en una reunión en la casa de los Ehmer, “Nuestro Dios está en los cielos: todo lo que quiso ha hecho” (Salmo 115:3). Siguió hablando a los asistentes de la boda, unas 350 personas de muchos creyentes, pero algunos que no eran, de que Dios quiso ser misericordioso con la raza humana, y sacrificó a Su Hijo para salvar a los que creyeran.

Yo tuve el privilegio de oficiar a la ceremonia y así presentar el nuevo matrimonio. Un amigo, que había predicado en la boda de Tom y Raquel hace 22 años, estuvo presente desde Irlanda para leer unos versículos de 1 Corintios 13. Mi hermano y su esposa llegaron desde California. Nuestro hijo Steve, que apenas bajó de Alaska pudo asistir con su familia. Los gemelos, David y Daniel, también asistieron, David como fotógrafo, Daniel para hacer el video de la boda. ¡Que tiempo más alegre para todos nosotros gozar de unos días juntos! Fue una ocasión inolvidable y bendecida. 








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