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Lowell Brueckner

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El Pastor herido

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Dios se place en Su plan por la victoria que obtendrá de justificar a muchos, de llevarles a una salvación tan perfecta, tan segura, tan grande, tan fuerte… Tenemos que tener cuidado de no quitar ninguna gloria a esta salvación (He.2:3) por enfatizar demasiado la parte que el hombre toma. Resulta ser, entonces, una "salvación" inefectiva (hoy está, mañana desaparece) según la fidelidad del hombre. En esta profecía aprendemos una doctrina esencial: La salvación es de Dios. 

Un estudio expositivo,
versículo tras versículo de Zacarías

“Plugo al Señor quebrantarlo y someterlo a padecimiento”  Isaías 53:10 

Capítulo 13

¿Quién causó la muerte del Cristo?

“¡Oh espada, levántate contra mi pastor…! ¡Hiere al pastor, y sean dispersadas las ovejas…!” (v.7) No tenemos por qué tener dudas de a qué se refiere esta profecía, porque Jesús la citó: “Jesús les dice: Todos vosotros seréis escandalizados a causa de mí en esta noche, porque está escrito: Heriré al pastor y serán dispersadas las ovejas del rebaño” (Mt.26:31). Jesús sabía que la profecía de Zacarías iba a cumplirse esa noche. Dios habló en los últimos tiempos a través de Su Hijo (He.1:1 y 2), pero el Hijo dijo que Su doctrina no era de Él, sino del Padre (Jn.7:15 y 16). Entonces tenemos esta perfecta unidad entre la palabra de Cristo en la carne y la palabra profética, ordenada por el Padre.

El Señor de los ejércitos está mandando la muerte de Su Hijo… “¡Oh espada, levántate…!” Debemos entender que quien causó la muerte de Jesús, principalmente, fue el Padre. Esto tenemos que saberlo y creerlo firmemente. En ninguna manera Jesús fue una víctima de hombres malvados. Todo era parte del plan de Dios desde antes de la fundación del mundo (1 P.1:19-20). Nuestro versículo central del evangelio es: “Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a Su Hijo unigénito”. Él vino al mundo mandado por Su Padre con el fin de morir. Aunque Pedro quiso que los judíos reconocieran su culpabilidad por haber matado a su Mesías, les hizo entender que había un propósito más grande tras ese acto: “A éste, entregado por el determinado designio y anticipado conocimiento de Dios…” (Hch.2:23).  Como en el caso de José y sus hermanos, aunque los hermanos eran unos malvados y fueron culpables de todo su sufrimiento, José les hizo entender que tras todo había un plan más grande y más noble. Era para salvar vidas y adelantar el eterno propósito de Dios (Gn.45:5-8;50:17-20,24). Él es el Señor de los ejércitos.


Además, “Dios quiso quebrantarle” (Is.53:10). Pero la palabra hebrea significa aun más que esto. Como he citado al comienzo de este artículo: “Plugo (se plació) al Señor quebrantarlo y someterlo a padecimiento… la voluntad del Señor triunfará en su mano”. La voluntad es la misma palabra en forma nominativa… el placer. Entonces, la mejor traducción para esto sería: “Se plació al Señor quebrantarlo y someterlo a padecimiento… el placer del Señor triunfará en su mano.”

El Señor de los ejércitos habla con palabras tiernas de amor e incluso de intimidad al decir “mi pastor y contra el hombre compañero mío”. Dios está dando “Su mejor”, lo que está más cerca de Su corazón. Mi Pastor, es dado para la salvación de los pecadores y, literalmente,  al hombre de mi unión Dios le expone a la espada. Al que conduce a la amada grey de Dios, al que es perfectamente uno con Él, igual con el Padre, Dios está demandando Su muerte.

No se place el Señor porque uno sufra, precisamente, sino: 1) Por la perfecta excelencia de Su plan. Se place el Señor en todas Sus obras. (¿Nos placemos nosotros? Ro.11:33-36)  2) Por la actitud tan hermosa de sometimiento al plan por parte del Hijo. (Jn.10:17 y 18). 3) Porque la propiciación es un acto, no para nosotros, sino para Dios. Por el acto de Jesús, la justicia en contra del pecado fue ejecutada y así la ira de Dios fue calmada. 4) Porque sería para Su gloria, demostrando Su justicia y Su misericordia, algo tan glorioso que causará placer (Sal.85:10;115:1). 5) Por la victoria que sólo ese plan obtendrá de justificar a muchos, de llevarles a una salvación tan perfecta, tan segura, tan grande, tan fuerte… Tenemos que tener cuidado de no quitar ninguna gloria a esta salvación (He.2:3).

Dispersión de las ovejas

“Sean dispersadas las ovejas” (v.7) La noche en que Cristo fue arrestado, Sus discípulos fueron dispersados y se escondieron. La profecía sigue: “¡Volveré mi mano contra los pequeñitos!” Estas palabras no fueron solamente para los discípulos. Otra vez vemos que la profecía de Zacarías tiene su cumplimiento reservado para un futuro lejano. Cristo abrió el manantial en el Calvario “para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén” (v.1), pero los judíos no aprovecharán de esto hasta el futuro. El Señor primeramente obrará contra los ídolos, los falsos profetas y los espíritus inmundos (v.2). La horrible maldición sobre los judíos, auto-proclamada por ellos mismos delante de Pilato con estas palabras: “¡Su sangre sea sobre nosotros y sobre nuestros descendientes!” (Mt.27:25), todavía no ha sido quitada a pesar de todo lo que han sufrido los judíos a través de los siglos. 

Jesús dijo: “Yo os envío profetas y sabios y escribas. De entre ellos mataréis y crucificaréis, y de entre ellos azotaréis en vuestras sinagogas y perseguiréis de ciudad en ciudad, para que venga sobre vosotros toda la sangre justa que está siendo derramada sobre la tierra, desde la sangre de Abel el justo, hasta la sangre de Zacarías hijo de Baraquías…” (Mt.23:34,35). Treinta y siete años después, los romanos llevaron a cabo una masacre sangrienta, crucificando a miles de judíos y persiguiéndoles hasta hacerles abandonar por completo su patria. Esta persecución ha seguido a través de los siglos y, en tiempos relativamente modernos, fue llevada a cabo en campos de concentración en Europa. Pero el profeta nos informa de que todavía no ha pasado lo peor: “Las dos terceras partes serán cortadas de ella y se perderán” (v.8). Cuando David derrotó a Moab, “los midió a cordel haciéndolos echarse en tierra: dos cordeles para morir, y un cordel para vivir” (2 S.8:2). Y así, bajo la persecución del anticristo, se repetirá el juicio contra los judíos.

La persecución es necesaria como instrumento de limpieza por lo que va a acontecer después, que es el reinado milenar del Señor Jesucristo. En los tiempos del Antiguo Testamento hubo algunos reyes y profetas que lucharon contra la idolatría y los profetas que la apoyaban. Siempre hubo también profetas que pretendieron hablar en el nombre del Señor falsamente. En el último tiempo, el Señor de los ejércitos declarará guerra contra los ídolos y la idolatría, que consistirá en la adoración al mismo anticristo. De una vez y para siempre cortará a los falsos profetas que conducen a las gentes a la idolatría (v.2). Frente a ellos está el falso profeta, nombrado en Apocalipsis 13:11-17, con quien tratará en la batalla de Armagedón.

En Apocalipsis 16:13 habla de tres espíritus que salen de la boca del dragón (el diablo), de la bestia (el anticristo) y del falso profeta; demonios que hacen milagros. En esos tiempos habrá fuertes manifestaciones de espíritus malos. Todo el reino del anticristo será diabólico. El engaño será algo sobrenatural, porque la bestia y el falso profeta estarán totalmente endemoniados. Los espíritus malos darán la energía a esos personajes para que logren controlar al mundo entero.

La purificación de Israel

En el día de la limpieza Dios expondrá públicamente a los falsos profetas, haciendo una obra en el corazón de personas en Israel en contra de ellos. El primer mandamiento siempre ha sido “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, y con todas tus fuerzas” (Dt.13). Unos versículos después (v.6-9), demandó de los padres: “Si tu… hijo o hija… te llega a incitar en secreto diciendo: Vamos y sirvamos a otros dioses… no cederás ni lo escucharás, ni tu ojo tendrá compasión de él, ni lo perdonarás ni lo encubrirás, sino que ciertamente lo matarás…”. Refiriéndose a estos castigos, Moisés dijo: “Así extirparás el mal de en medio de ti, y todo Israel oirá y temerá”.

Jesús dijo que “el que ama padre, o madre, o hijo o hija más que mí, no es digno de mí”. Nos enseñó a orar antes que nada: “Padre nuestro, santificado sea Tu nombre”. Más que los judíos en el tiempo de Moisés, los padres y madres cristianos tienen que honrar a Dios sobre sus propios hijos, si es que éstos no santifican Su nombre y persisten en el pecado. Ellos tendrán que estar del lado de Dios aún cuando esto tenga que ver con la condenación de sus hijos. Nada menos que esto vale.

En el día del cual habla Zacarías, los padres descubrirán la falsedad de un hijo que profetiza (v.3). La hipocresía perderá su encanto y los falsos no se pondrán las vestiduras de un profeta. Imagínate a un clérigo sin sus túnicas, porque en esos días, tal profesión será una vergüenza (v.4). Negará, pues, su profesión y preferirá ser conocido como un granjero (v.5).  


Pero “un remanente escogido por gracia” (Ro.11:5) quedará en Israel, una tercera parte, que serán las ovejas del Señor. “A esa tercera parte la haré pasar por el fuego, y los refinaré como se refina la plata, y los probaré como se prueba el oro” (v.9). Judío o gentil, las ovejas del Señor tienen que ser probadas y refinadas. “Es necesario que entremos en el reino de Dios a través de muchas tribulaciones” (Hch.14:22), pero todo es necesario y para nuestro bien (Stg.1:4). Por fin, Israel aprovechará del manantial de sangre que fue derramado por el judío, en primer lugar. Esta tercera parte, refinada y probada, será un gozo para el corazón del Señor. Es un pueblo limpiado de las impurezas y todas las confianzas adúlteras, con un corazón solo para Dios. Habrá una intimidad con Él y una seguridad en la oración. Ellos, en medio de su tribulación, invocarán el nombre de Jesús de Nazaret y Dios contestará y confesará: “Es mi pueblo”, mientras el pueblo confiese, “el Señor es mi Dios”


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