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Lowell Brueckner

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Un fuerte movimiento de Dios

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35. Un estudio expositivo de Isaías, capítulo 37

Judá se humilla delante de Dios

“La virgen hija de Sion te menosprecia, te escarnece"
Solo Judá queda independiente del Imperio Asirio
(pulsa para engrandecer)
La actitud del pueblo, que vamos a observar en este capítulo, es dulce en la boca de Dios y preciosa a Sus ojos. Una de las razones que provocó la ira de Jesús fue lo que pasó en el templo en Sus días, ya que, en el templo del Antiguo Testamento, como veremos, hubo manifestaciones de humildad, y era esto y no el negocio de ladrones lo que Jesús quiso ver allí. Por eso, entró al templo indignado haciendo un azote de cuerdas y declaró que la casa de Su Padre tenía que ser conocida como casa de oración (Jn.2:14-16; Mc.11:17).

Antes de terminar este capítulo veremos una obra tremenda de Dios. A través de los años he oído a líderes cristianos decir a otros líderes que deben concentrar sus esfuerzos en la necesidad presente. De acuerdo, todos debemos estar activos, haciendo todo lo posible en la iglesia y fuera de ella, tanto en nuestra región como en la obra misionera, alcanzando a los perdidos y atendiendo el rebaño del Señor. Lo que pasa es que, estas mismas personas, a veces, critican a los que están dedicando tiempo, de forma especial, a orar a Dios para que envíe un avivamiento clásico. Tienden a tacharles de soñadores ineficaces e irrealistas. ¡Por favor, que reanalicen su posición! En aquellos tiempos de avivamiento Dios visitaba, a veces, naciones enteras, y Su presencia era evidente, no solamente en las iglesias, sino en las casas, en los negocios y en las mismas calles. Te aseguro que la situación que estamos viviendo en el mundo oeste, y de forma especial en los Estados Unidos (por lo que es evidente en las elecciones presidenciales de este año), demanda más que el éxito en algunas iglesias y ministerios. Yo creo que la única esperanza para salvar a la iglesia de la apostasía y despertar un temor de Dios en la sociedad en general en nuestros días, es por medio de un movimiento masivo del Espíritu Santo sobre todo el mundo occidental.   


De igual manera, la amenaza de Asiria contra Jerusalén, que observamos en el último capítulo, demandaba una poderosa intervención de parte de Dios. Cuando un hebreo rasgaba sus vestidos, significaba que estaba profundamente entristecido, sintiéndose desesperadamente inútil y arrepentido. El significado de lo que hizo el rey Ezequías cuando rasgó sus vestidos y se cubrió de saco, era que la autoridad más alta en su tierra no era digna de conducir a la nación contra el ataque inminente, y fue desnudo y abierto “a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta” (He.4:13). Él entró en la casa del Señor… la casa de oración (v.1) ¡Esto es muy significativo!

Jerusalén honra a Dios, sobre todo.

Eliaquim era el jefe de los diputados de Ezequías y su representante principal en todos los asuntos importantes, y Sebna también era un alto emisario del rey. Ellos fueron los enviados para enfrentar al Rabsaces de Asiria, y ahora conducen a una comisión de sacerdotes ancianos, líderes de un departamento importante en el gobierno de Judá. Estos nobles también están vestidos de saco (v.2). El comité de dignatarios fue enviado a consultar con el hombre al que Ezequías estimaba más que a todos en la tierra; el profeta de Dios, Isaías. Ahora también veremos que su respeto por este hombre está basado en su proximidad al Señor en oración (fíjate en la última parte del versículo 4). ¡Qué ejemplo de prioridades correctas para las naciones de hoy en día es Judá!

“Así ha dicho Ezequías: Día de angustia, de reprensión y de blasfemia es este día; porque los hijos han llegado hasta el punto de nacer, y la que da a luz no tiene fuerzas” (v.3). Quizás la señal más significativa del decaimiento espiritual en nuestro tiempo, que es una señal que quita casi toda la esperanza de poder recuperarse, es el hecho de que no estamos dispuestos a confesar y enfrentar nuestra verdadera condición. Estamos más preocupados por llevar un ánimo positivo que por enfrentar la verdad. ¡Iglesia de Jesucristo! Si nos gusta como si no, si lo admitimos o no, este es un día de angustia, de reprensión y blasfemia.

Antes de que existieran los partos con cesárea y las anestesias, la fuerza de la madre era esencial. Hemos mencionado la confesión y manifestación de inutilidad de parte de Ezequías y sus representantes. Están enfrentando una crisis de liberación o muerte y desesperadamente necesitan la ayuda de Dios.

Burlarse de Judá era lo mismo que burlarse de su Dios. En aquellos días, las naciones atribuían su éxito al poder de su dios o dioses. El discurso del Rabsaces, en el capítulo 36, demostraba un desprecio y una resistencia contra Jehová, el Dios vivo y verdadero. Por este desafío, Ezequías pone su confianza en una intervención divina (v.4). Dios no solamente se mueve para librar a Su pueblo, sino primordial y esencialmente, por la causa de Su nombre. Ésta es una verdad que los hombres y mujeres de Dios nos han enseñado por toda la Biblia.

Lo que motivó principalmente la oración de Moisés, por encima de la salvación de su pueblo, fue su preocupación por el honor de Dios: “Lo dirán a los habitantes de esta tierra… que has hecho morir a este pueblo como a un solo hombre; y las gentes que hubieren oído tu fama hablarán diciendo: Por cuanto no pudo Jehová meter este pueblo en la tierra de la cual les había jurado, los mató en el desierto” (Núm.14:14-16). El salmista no estaba adulando a Dios, cuando clamó: “No a nosotros, oh Jehová, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria, por tu misericordia, por tu verdad. ¿Por qué han de decir las gentes; ¿Dónde está ahora su Dios?” (Sal.115:1-2). Estas personas veían la preeminencia de la gloria de Dios como una verdad fundamental y tenían celo por Su nombre.

La respuesta que Isaías envió a Ezequías llevaba ciertos elementos, asegurando que no eran palabras de ningún hombre, sino del Señor. El primer elemento fue el mismo que el que estudiamos en el capítulo 7. Dios mandó no temer las palabras del enemigo. El pueblo de Dios jamás debe basar cualquier acción o reacción sobre las amenazas del enemigo. Sus armas principales son dardos mentirosos y, cuando el pueblo confía y se fija en el Señor, el enemigo no tiene autoridad para actuar.

Para los ojos del hombre natural, un ejército débil es desafiado por un ejército muy poderoso de un imperio mundial, pero para los ojos de fe, los asirios son reducidos a nada ante el Todopoderoso. En el capítulo 7, Dios llamó a las fuerzas combinadas de Siria y el norte de Israel, “dos cabos de tizón que humean”, y en esta porción, los portavoces asirios de renombre son llamados, literalmente, según el hebreo, “adolescentes”, comparando su palabra con la sabiduría del Anciano de Días (vs.5-6).

Un espíritu convincente hizo que el rey Senaquerib cambiara su atención, misteriosamente, de Jerusalén hacia un pequeño pueblo llamado Libna (vs.7-8). Añadido a este desconcertante comportamiento, el rey recibió noticias de que Tirhaca de Etiopía se estaba aproximando para batallar con él, y le forzó a considerar el desafío (v.9). Mandó otro mensaje a Jerusalén, ahora por escrito, intentando advertir de que todavía pensaba en su derrota, a pesar de su diversión momentánea (vs.10-13). Establecer mentiras por medio de la repetición, es una práctica reconocida de un engañador, muchas veces con éxito. Cuando el pueblo se familiariza con ciertas declaraciones, porque las lee o las escucha repetidamente, empieza a aceptarlas como hechos, aunque haya pocas pruebas de su veracidad.

La casa de oración

“Tomó Ezequías las cartas de mano de los embajadores, y las leyó; y subió a la casa de Jehová, y las extendió delante de Jehová” (v.14). Siempre me he gozado leyendo este versículo. ¿Por qué? Porque discierno un corazón sencillo en las acciones del rey. También porque noto que, para él, la presencia de Dios es una realidad y demuestra una íntima relación con Él. Él desenrolla las cartas y las extiende abiertas en la casa del Señor, como si expresara: “Bueno, aquí está el mensaje entero, Dios. ¡Tú mismo, léela!”

Ezequías subió a la casa del Señor para orar (v.15). Este era el propósito de esta casa desde el principio. Salomón, el mismo constructor, se arrodilló allí en oración al dedicarla y dijo: “Que tus ojos estén abiertos sobre esta casa de día y de noche… que oigas el ruego de tu siervo, y de tu pueblo Israel…  (si) se convirtiere, y confesare tu nombre, y rogare delante de ti en esta casa… toda oración y todo ruego que hiciere cualquier hombre, o todo tu pueblo Israel… y también el extranjero… si viniere y orare hacia esta casa… para que todos los pueblos de la tierra conozcan tu nombre, y que te teman así como tu pueblo Israel… tú oirás desde los cielos, desde el lugar de tu morada, su oración y su ruego, y ampararás su causa y perdonarás a tu pueblo que pecó contra ti” (2 Cr.6:20,21,24,29,32,33,39). El Señor vino a Salomón por la noche y le consoló con estas palabras, muchas veces citadas: “Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra” (2 Cr.7:14).

La oración era, es y siempre será, el servicio principal de los hijos de Dios. Ezequías conocía la buena teología; nadie puede orar correctamente si no cree correctamente: “Jehová de los ejércitos, Dios de Israel, que moras entre los querubines, solo tú eres Dios de todos los reinos de la tierra; tú hiciste los cielos y la tierra” (v.16). Debido a su teología, él podía saber y sentir la gran blasfemia pronunciada por Senaquerib (v.17). Por su buena teología pudo enfrentar cara a cara, sin desmayar, la derrota de las naciones que estaban alrededor de Judá por los asirios (vs.18-19). Ezequías sabía en su corazón que el Dios de Israel es el único entre las naciones, y quiere que todas reconozcan Su señorío absoluto (v.20).

La oración es una planta generadora de poder que libera energía divina. Por medio de la oración, Isaías recibe la palabra de Dios y se la pasa a Ezequías. En su respuesta, podemos ver el gran desprecio que siente por el más grande de los reyes de la tierra: “La virgen hija de Sion te menosprecia, te escarnece; detrás de ti mueve su cabeza la hija de Jerusalén” (vs.21-22). Éstas serían palabras bastante peligrosas en la boca de cualquiera que no fuera un verdadero profeta de Dios, pero Isaías solamente está reflejando la actitud del Dios de Israel: “El que mora en los cielos se reirá; el Señor se burlará de ellos” (Sal.2:4).

La respuesta de Dios por medio de Isaías

Isaías, sin ningún temor, reprende la arrogancia insensata y la blasfemia de Senaquerib y sus siervos, en el nombre del Santo de Israel (vs.23-25). El Señor quiere que este poderoso pagano idólatra sepa que hay un Dios soberano que gobierna en los cielos. Dios estaba llevando a cabo Su eterno propósito en la tierra, utilizando al rey de Asiria sin que él, ni siquiera, lo supiera (vs.26-28).

En este mismo momento, vamos a declarar, sin reservas, que ningún mero hombre puede decir que, por medio de sus capacidades, haya ocurrido algo bueno. Es una insensatez, por parte de cualquier persona, pensar que el éxito comprueba su justicia o rectitud. Los poderes políticos se levantan y caen ante Él, como Cristo mismo le dijo al malvado Pilato, cuando dijo: “¿No sabes que tengo autoridad para crucificarte, y que tengo autoridad para soltarte? Respondió Jesús: Ninguna autoridad tendrías contra mí, si no te fuese dada de arriba” (Jn.19:10-11).

Él torna los corazones de los reyes en la dirección que Él quiere. “Nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiso ha hecho”, dijo el salmista (Sal.115:3). El Dios soberano del cielo controla el futuro de Senaquerib y le declara: “Pondré, pues, mi garfio en tu nariz, y mi freno en tus labios, y te haré volver por el camino por donde viniste” (v.29). Desde este punto en adelante, él irá para atrás y no avanzará más. Sus días de avanzar y conquistar han terminado. El Dios que permitió su éxito, le llevará a la derrota.

Ahora, Dios tiene un mensaje para Ezequías por medio de Isaías, dándole una señal, demostrando que todo lo que ha oído es verdad. Durante dos años, los asirios habían devastado la tierra, pero ahora Dios está obrando sobrenaturalmente para su liberación y asegurando que la amenaza asiria no ocurrirá jamás. Judá sembrará, comerá los productos y prosperará (vs.30-31).

Un fuerte movimiento de Dios

Judá se ha humillado y vuelto a Dios, arrepentido. Su rey, Ezequías, ha orado con sencillez y humillación. El Señor Dios ha dado Su palabra a Isaías y ahora, el Señor, desnuda su santo brazo para una potente liberación. Entre todas las naciones alrededor, sólo Judá no se rinde jamás frente al poder del Imperio Asirio. Ningún asirio entró en Jerusalén, ninguna saeta fue arrojada contra ella, nadie se acercó al muro con el escudo alzado en defensa, y ningún baluarte fue levantado en contra. “Porque yo ampararé a esta ciudad para salvarla, por amor de mí mismo, y por amor de David mi siervo” (vs.33-35).

¿De qué manera lo hizo Dios exactamente? Solo una vez en todo el libro de Isaías se usa un título que es común por el resto del Antiguo Testamento. El Ángel del Señor, el Mensajero del Señor, es el Verbo que era con Dios y que era Dios. Dios dijo que Él mismo defendería la ciudad, salvándola, y eso es exactamente lo que hizo. Lo hizo en la persona divina de Su eterno Hijo. En una sola noche, Él atacó el campamento del enemigo y, al amanecer ,185.000 soldados asirios habían caído muertos (v.36). Ésta fue una de las obras más asombrosas de Dios entre Su pueblo en todo el Antiguo Testamento. Fue una derrota desastrosa para Asiria. Algunos historiadores seculares, que han relatado el evento, no reconocen el elemento sobrenatural. Nos hemos acostumbrado a que el mundo no tome en cuenta el poder de Dios al escribir la historia.

En cuanto al rey Senaquerib, el juicio de Dios cayó sobre él de una forma irónica. Regresó a su ciudad, Nínive (v.37). El hombre que blasfemó contra el Dios de Israel y exaltó a sus propias deidades, “adoraba en el templo de Nisroc su dios” (v.38). Fue allí, en este estado, que el Todopoderoso le dio un golpe de muerte vergonzoso y deshonró a su dios. Para agravar aún más su deshonra, sus propios hijos fueron sus asesinos. Y así, amigo mío, trascurrió el fin de un líder mundial que se atrevió a desafiar al Santo de Israel.                            









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