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Huida a la libertad

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Publicamos el siguiente artículo el verano de 1999. Es el testimonio de una mujer, amiga nuestra, que había pasado por duras pruebas durante la Segunda Guerra Mundial. Merece la pena que dediques un poco de tiempo para leerlo. ¿Cuándo nos encontraremos nosotros pasando por situaciones iguales?

 
Huida a la libertad

por Tim Zabel


L
a Segunda Guerra Mundial fue una experiencia terrible para todos en Europa, judíos y no judíos. Muchos tuvieron que salir corriendo para poder salvar sus vidas. Entre ellos estaba mi abuela alemana, Elfriede Zabel, que huyó con la ofensiva rusa “pisándole los talones”.  Su huida estaba repleta de dolor, hambre, temor y confusión. Solamente el cuidadoso ojo de Dios y Su consoladora presencia la guardaron segura tras multitud de desafíos.

Oma (abuela) nació el 8 de enero de 1915, en una aldea en Prusia Oriental (lo que es Polonia ahora) llamada Neidenburg. El 13 de marzo de 1936, se casó con Herbert Zabel. Su primer hijo, Werner, nació en abril de 1937.

Un día de agosto de 1939, mientras Herbert se encontraba trabajando a 30 kilómetros de su casa, Oma recibió un comunicado llamándole a filas en el ejército alemán. Seis días después empezó la guerra.

Según los papeles sólo le llamaban de seis a ocho semanas de entrenamiento militar. Oma recuerda: “No nos dijeron nada más, pero sabíamos que no iba a terminar después de ocho semanas. Él tenía que presentarse ese mismo día, así es que tuve que ir en el tren para entregarle la orden. No hubo tiempo para que viniera a casa a despedirse. Abandonó su trabajo inmediatamente, y ese mismo día se convirtió en soldado.


Empieza la huida
Herbert luchó durante casi cinco años. Solamente le daban permiso para ir a casa una vez al año. Incluso cuando nació su hija, Hannelore, en abril de 1941, no le fue permitido verla. El 17 de julio 1944, Herbert Zabel cayó en combate. Oma y sus hijos, de tres y siete años de edad, empezaron la huida hacia la libertad. Una buena amiga, Hella, les acompañó.

Oma recuerda: “El gobierno evacuó a las madres con niños. Fuimos en tren a Schlochau, un pueblo de una provincia cercana, donde tuvimos que vivir con gente desconocida. Entonces el 14 de enero de 1945 (nunca olvidaré aquel día), nos llegaron noticias de que los rusos estaban a punto de entrar en Neidenburg. Pensé: ‘Tengo que volver a por mis padres’, y Hella regresó conmigo.” Oma dejó a sus hijos con aquellos desconocidos en Schlochau, sin ser consciente del peligro que encerraba tal decisión.

El ejército ruso estaba preparando el ataque a 30 kilómetros de Neidenburg. Sus parientes la persuadieron para que volviera a por sus hijos a la “relativa” seguridad de Schlochau. Ellos mismos no estaban dispuestos a abandonar sus hogares, excepto dos de sus hermanas, Ruth y Lene. “Entonces, un jueves 18 de enero, Ruth y Lene fueron conmigo. El viaje a Neidenburg no había sido en vano. Ruth me dijo después que estaba muy agradecida de que Dios me hubiese enviado a por ella. Abordamos el tren, aunque no llegamos muy lejos. Al anochecer, el tren paró en un bosque. Nadie podía fumar ni encender una luz. Mientras estábamos allí, podíamos oír las bombas rusas que explotaban en nuestro pueblo nativo.

Un paso por delante
“Por la mañana llegamos a Allenstein. Sonó una alarma antiaérea y nos escondimos en un refugio subterráneo. Estaba terriblemente espantada y confusa. ¡Mis hijos estaban con desconocidos en Schlochau!... ¡Mis padres estaban viviendo un ataque en Neidenburg!... ¡Mi esposo estaba en el cielo!…

Entonces, las sirenas anunciaron que el ataque había terminado. Abandonamos el refugio y corrimos hacia la estación de tren. Había sangre y cristales rotos por todas partes. ¡Fue horrible! Por fin, un tren llegó a la estación. Iba para Posen, mucho más al sur que Schlochau, pero era mejor que tener que quedarnos en Allenstein.

Mientras viajamos, oímos que Neidenburg fue tomado por los rusos. Nosotros habíamos salido en el último tren. En Posen, pasamos horas buscando una conexión a Schlochau. Abordamos un tren que iba al oeste, a Schneidermuehl. Desde allí, pudimos hacer una conexión hacia Schlochau. Por fin, después de tanto tiempo, pude reunirme con mis hijos. Estaba agradecida que aún vivíamos, pero estaba preocupada por mis padres”. El domingo, después de su llegada a Schlochau, las tres hermanas quisieron asistir a una iglesia luterana. Sin embargo, el pastor cerró el edificio y les aconsejó salir. Los rusos rodeaban el pueblo. Tres semanas más tarde, escucharon que los refugiados tenían oportunidad de salir.

“Fue nuestra última oportunidad”, dijo Oma. “¡Fue bueno haber salido!” Hella y Oma, con sus familias, emprendieron un largo viaje a Berlín, que duró una semana, debido a retrasos y trasbordos. Podrían haber tardado menos, pero como insistieron en estar todos juntos, les fue mucho más difícil encontrar trenes con plazas suficientes para todos.

En Berlin, ellas encontraron al único conocido de la parte oeste de Alemania… la Señora Gohle. La guerra había llegado duramente a Berlín, y la comida escaseaba. Fue el peor trayecto de todo el viaje. Pero, de repente, en medio de aquella oscuridad, brilló un rayo de luz. ¡La madre de Oma pudo contactar con Sra. Gohle! Ella pudo escapar de Neidenburg, justo antes de la invasión rusa. Estaba viviendo en una pequeña granja en Wismar, un territorio ocupado por los ingleses, donde sí había alimento.

“Mi mamá nos invitó a reunirnos con ella en Wismar”, cuenta Oma. “Salimos un día antes del cumpleaños de Werner, el 5 de abril de 1945. Pude ver a mi madre otra vez”.

Continuando hacia el Oeste
Pronto iban a acontecer malas noticias. El ejército inglés había abandonado Wismar poco después, y los rusos tomaron su lugar, de acuerdo con un tratado de los Aliados, hecho antes de la invasión de Alemania. “Un soldado inglés nos animó a ir al Oeste, pero no le escuchamos. Después estuvimos arrepentidos. La ocupación rusa fue una pesadilla brutal. Los soldados rusos, a menudo asaltaban a las casas, violando y matando a los habitantes. Una noche, mientras nos escondimos temblando en una habitación de la planta de arriba, el granjero, con quien vivíamos, fue tiroteado y matado”.

En 1949, el primer intento de Oma de escapar a Alemania Occidental con los dos niños, fue fallido. Decidió que la única manera posible de tener éxito sería dejar a Hannelore, su hija de ocho años, bajo el cuidado de su abuela. En junio, la separación que haría partir su alma, aconteció, y Oma se fue con Werner.

Termina la huida
“En Halberstein, pudimos contactar con una mujer granjera. En el viaje, dos policías nos detuvieron y nos interrogaron, pero después, permitieron que nos fuéramos. Dimos dinero a la señora y ella nos ayudó. Mientras hacían cambio de guardia de la frontera ella nos llevó a un campo. Werner llevaba una mochila y yo llevaba puesto un delantal. Todos llevamos rastrillos, como sí fuéramos a trabajar en el campo. En la frontera, la mujer nos dijo que debíamos, sencillamente, seguir caminando. Entonces un policía se puso enfrente y nos dijo: “¡Bienvenidos a Alemania Occidental!”

Después de obtener la ciudanía alemana, Oma volvió a Hannelore. La huida a la libertad había terminado después de seis años. Más de una vez, Dios proveyó para Oma el último recurso para escapar de una situación, porque después no hubo manera. Algunos de sus amigos esperaron demasiado y tuvieron que vivir bajo el régimen comunista. Pensando sobre todo esto, Oma dice: “El Señor nos llevó por todo. Siempre tuvo Sus ojos en nosotros. De eso, no cabe ninguna duda en mi corazón”.■
 
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Poco después de haber publicado su historia, Oma nos escribió. En la siguiente publicación, escribí lo que sigue: 

Estamos contentos de haber dedicado el último ejemplar de nuestro pequeño folleto a Oma Zabel. Fue un honor pequeño para una persona muy especial, pero trajo gozo a su corazón y lágrimas a sus ojos: "No pude dejar de llorar, dando gracias a Dios por vuestro amor por mí, a lo largo de tantos años", nos escribió en su última carta. Jamás recibiremos otra. Oma se reunió con su amado marido, que perdió en la Segunda Guerra Mundial. Nunca más estarán separados, sino que gozarán juntos en la presencia de Jesús por toda la eternidad. La vida terrenal es corta y llena de problemas y tragedias. ¡Prepárate para lo que tiene un valor incomparable y nunca terminará!


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