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Lowell Brueckner

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Hechos 12

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Rode corre a anunciar que Pedro está

Herodes Agripa contra la iglesia


Jacobo es asesinado y Pedro encarcelado

1. En aquel mismo tiempo el rey Herodes echó mano a algunos de la iglesia para maltratarles. 

      2.  Y mató a espada a Jacobo, hermano de Juan. 

     3. Y viendo que esto había agradado a los judíos, procedió a prender también a Pedro. Eran entonces los días de los panes sin levadura. 

4.      Y habiéndole tomado preso, le puso en la cárcel, entregándole a cuatro grupos de cuatro soldados cada uno, para que le custodiasen; y se proponía sacarle al pueblo después de la pascua. 

5.      Así que Pedro estaba custodiado en la cárcel; pero la iglesia hacía sin cesar oración a Dios por él. 

 En los Evangelios y en el libro de los Hechos aparecen varios reyes llamados Herodes, por lo que es importante distinguirlos. En Hechos 12 se habla de Herodes Agripa. Este era nieto de Herodes el Grande, quien recibió a los magos y ordenó la matanza de los niños menores de dos años en Belén y sus alrededores. Herodes Agripa también era sobrino de Herodes Antipas, quien mandó decapitar a Juan el Bautista. Además, era hermano de Herodías, primeramente esposa de Felipe y después tomada ilegítimamente por Antipas. Finalmente, Herodes Agripa fue padre de otro Agripa, ante quien el apóstol Pablo presentó su defensa en Cesarea.

 Al identificar a este rey, podemos ver la crueldad e impiedad que caracterizaban a esta familia. La profecía de David en Salmos 2 se aplica, específicamente, a dos de los hombres que participaron en el juicio injusto de Cristo: Poncio Pilato y Herodes Antipas, quien, como ya se ha mencionado, mandó matar a Juan el Bautista. Los discípulos identificaron a ambos cuando oraban según la voluntad de Dios conforme a Su palabra en Hechos 4:Porque verdaderamente se unieron en esta ciudad contra tu santo Hijo Jesús, a quien ungiste, Herodes y Poncio Pilato” (Hch. 4:27), y añadiendo: “con los gentiles y el pueblo de Israel”. Así, tanto los gobernantes como el pueblo participaron en la oposición a Dios: los líderes, Herodes y Pilato, junto con los gentiles (representados por los soldados romanos) y el pueblo de Israel, se unieron contra la Palabra y la voluntad de Dios.

 Sin embargo, Herodes Agripa también cumplió la profecía de David en el Salmo 2, al estar entre aquellos que se encontraban “unidos contra Jehová y contra su ungido, diciendo: Rompamos sus ligaduras, y echemos de nosotros sus cuerdas” (Sal. 2:2-3). Su aparición en la historia ocurre más tarde, cuando “echó mano a algunos de la iglesia para maltratarles”, y maltratar a la iglesia es, en realidad, maltratar al Señor y a su Ungido (v. 1). En ese contexto, mandó matar a Jacobo, hermano de Juan, convirtiéndose así en el primero de los apóstoles en glorificar a Cristo mediante su muerte (ver Fil. 1:20). Según se cree, fue ejecutado a espada. Jacobo y Juan habían sido llamados por Jesús mientras estaban con su padre en la barca, remendando sus redes (Mt. 4:21). Además, Jacobo fue uno de los tres discípulos más cercanos al Señor, quien a menudo fue separado por Él para observar  Sus obras de forma más cercana. Estaba tan convencido de la verdad del evangelio que estuvo dispuesto para dar su vida por ello (v. 2).

Hechos 14

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Pablo y Bernabé en Iconio

1.     Aconteció en Iconio que entraron juntos en la sinagoga de los judíos, y hablaron de tal        manera que creyó una gran multitud de judíos, y asimismo de griegos. 

   2.  Mas los judíos que no creían excitaron y corrompieron los ánimos de los gentiles contra los hermanos. 

3.   Por tanto, se detuvieron allí mucho tiempo, hablando con denuedo, confiados en el Señor, el cual daba testimonio a la palabra de su gracia, concediendo que se hiciesen por las manos de ellos señales y prodigios. 

4.     la gente de la ciudad estaba dividida: unos estaban con los judíos, y otros con los apóstoles. 

5.   Pero cuando los judíos y los gentiles, juntamente con sus gobernantes, se lanzaron a afrentarlos y apedrearlos, 

6.  habiéndolo sabido, huyeron a Listra y Derbe, ciudades de Licaonia, y a toda la región circunvecina, 

7.     y allí predicaban el evangelio. 

 Ya en el capítulo 13, versículo 51, Lucas nos relató que Pablo y Bernabé se dirigieron a Iconio. Es probable que viajaran por la calzada romana conocida como la Via Sebaste. Al llegar a la ciudad, entraron en la sinagoga judía, posiblemente en sábado y, como había ocurrido en Antioquía, los líderes de la sinagoga les dieron la oportunidad de hablar. Aparentemente, tanto Pablo como Bernabé participaron de la exposición. El relato nos hace tomar en cuenta estas cuatro palabas… hablaron de tal manera… sugiriendo que hablaron con una capacidad divina que penetró en los corazones de judíos y prosélitos. En el libro de Hechos, vemos que los predicadores hablaban bajo la unción del Espíritu Santo y, como resultado, una gran multitud de los que estaban en la sinagoga creyeron (v. 1).

 Los judíos quedaron divididos. Algunos, junto con varios gentiles, escucharon el mensaje con los oídos del corazón y recibieron fe. Otros, en cambio, se resistieron y permanecieron en su incredulidad. Nadie permaneció neutral; cuando se proclama el evangelio con el poder de Dios, las personas se ven obligadas a tomar una decisión. Los incrédulos organizaron una fuerte oposición contra Pablo y Bernabé que produjo un veneno diabólico en la mente de la población no judaica (v. 2).

 Los apóstoles no se dejaron intimidar por la oposición. Por el contrario, permanecieron allí durante mucho tiempo, proclamando con valentía el mensaje del Señor y defendiendo la verdad frente a las mentiras del enemigo. Tal como se afirma en el último versículo del Evangelio de Marcos, era el Señor quien confirmaba la veracidad de su mensaje, dando a Pablo y a Bernabé un poder sobrenatural, obrando por medio de ellos con señales celestiales y milagros asombrosos (v.3): “Y ellos, saliendo, predicaron en todas partes, ayudándoles el Señor y confirmando la palabra con las señales que la seguían. Amén” (Mc. 16:20). Jesús hizo saber: “No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada” (Mt. 10:34). Dijo que el resultado será: “Los enemigos del hombre serán los de su casa” (Mt. 10:36 citando Mi. 7:6). La espada aguda del Señor siempre traerá división (v. 4).

 Aquellos que normalmente mantienen enemistad entre sí, como los judíos y los gentiles, llegaron a unir fuerzas para oponerse al evangelio. En Iconio no solo resistieron el ministerio de Pablo y Bernabé, sino que también se levantaron violentamente contra ellos, llegando a planear su apedreamiento. Incluso las autoridades de la ciudad respaldaron esta oposición (v. 5). Cuando los discípulos tuvieron conocimiento de aquel complot, partieron hacia Listra y Derbe. Aunque tuvieron que abandonar Iconio, el evangelio ya había sido proclamado allí, así como en Antioquía. De hecho, la violencia promovida por los opositores terminó contribuyendo a la expansión del mensaje, pues impulsó a los apóstoles a llevar las buenas nuevas a otros lugares donde más personas podrían escucharlas (v. 6). La predicación es un asunto de vida y muerte. Por ello, conforme al propósito de Dios, la obra avanzó rápidamente y el mensaje continuó extendiéndose por toda la región. Al llegar a Listra y Derbe, los apóstoles siguieron predicando el evangelio (v. 7). 

 

Pablo y Bernabe adorados en Listra

 8.     Y cierto hombre de Listra estaba sentado, imposibilitado de los pies, cojo de nacimiento, que

        jamás había andado. 

9.     Éste oyó hablar a Pablo, el cual, fijando en él sus ojos, y viendo que tenía fe para ser sanado, 

10.  dijo a gran voz: Levántate derecho sobre tus pies. Y él saltó, y anduvo. 

11.  Entonces la gente, visto lo que Pablo había hecho, alzó la voz, diciendo en lengua licaónica: Dioses bajo la semejanza de hombres han descendido a nosotros. 

12.  Y a Bernabé llamaban Júpiter, y a Pablo, Mercurio, porque éste era el que llevaba la palabra. 

13.  Y el sacerdote de Júpiter, cuyo templo estaba frente a la ciudad, trajo toros y guirnaldas delante de las puertas, y juntamente con la muchedumbre quería ofrecer sacrificios. 

14.  Cuando lo oyeron los apóstoles Bernabé y Pablo, rasgaron sus ropas, y se lanzaron entre la multitud, dando voces 

15.  y diciendo: Varones, ¿por qué hacéis esto? Nosotros también somos hombres semejantes a vosotros, que os anunciamos que de estas vanidades os convirtáis al Dios vivo, que hizo el cielo y la tierra, el mar, y todo lo que en ellos hay. 

16.  En las edades pasadas él ha dejado a todas las gentes andar en sus propios caminos; 

17.  si bien no se dejó a sí mismo sin testimonio, haciendo bien, dándonos lluvias del cielo y tiempos fructíferos, llenando de sustento y de alegría nuestros corazones. 

18.  Y diciendo estas cosas, difícilmente lograron impedir que la multitud les ofreciese sacrificio. 

Listra inscripcion a Augusto
 Listra se encontraba aproximadamente a 30 kilómetros al sur de Iconio y constituyó la siguiente etapa de este primer viaje misionero de los apóstoles. Estaba situada en la región de Licaonia, una zona de clima seco que formaba parte de una provincia organizada durante el gobierno del emperador Augusto. Más adelante en el libro de Hechos descubrimos que Timoteo era de esta ciudad. Pablo no solo se preocupaba de llevar el evangelio a las ciudades principales, sino también a las regiones circundantes. En Romanos 15:18-23, Pablo primeramente relata el éxito de su ministerio en el Espíritu Santo “con potencia de señales y prodigios, en el poder del Espíritu de Dios; de manera que desde Jerusalén, y por los alrededores hasta Ilírico, todo lo he llenado del evangelio de Cristo”. Después, expone un importante principio espiritual en 15:21, sobre alcanzar a los no alcanzados, para que quienes nunca habían oído de Él tuvieran la oportunidad de hacerlo. Por esta razón, cuando consideró que el evangelio ya había sido proclamado ampliamente en las regiones donde había trabajado, incluyendo el área de Corinto, declaró en el versículo 23:No teniendo más campo en estas regiones”. Ahora se sentía libre para visitar a los que habían sido alcanzados en Roma. Pablo había seguido este mismo modelo en Asia Menor.  Según Hechos 19:10, su ministerio en Éfeso tuvo tal impacto que “todos los que habitaban en Asia, judíos y griegos, oyeron la palabra del Señor Jesús”.

 Pablo estaba comprometido con la misión sobrenatural de edificar una iglesia sobrenatural, y por ello su evangelismo también era sobrenatural. Además, estaba dotado de discernimiento espiritual y pudo comprender lo que Dios estaba obrando en la vida de aquel hombre (v. 8).  Dios le concedió “oídos del corazón" para escuchar la palabra predicada, y al oírla recibió fe. Pablo reconoció que esa fe había sido dada por Dios al hombre (v. 9). Aunque cuando Dios sana siempre está motivado por la compasión, Él también realiza milagros y hace maravillas para extender el evangelio en el mundo. 

 Era necesario que Pablo participara activamente en esta sanidad, pues Dios estaba confirmando que él era Su mensajero en Listra. Cuando Pablo ordenó en voz alta al hombre que se pusiera de pie, no lo hizo basándose en una simple suposición de que Dios sana en todos los casos. Él había discernido que Dios estaba obrando de manera particular en la vida de aquel hombre, y por eso no tuvo miedo de ordenarle públicamente que se pusiera de pie, porque estaba seguro de que el Señor le sanaría. “Él saltó, y anduvo” (v. 10).

 La reacción de la multitud fue inmediata, pero equivocada. Al no haber una obra previa del Espíritu Santo que preparara sus corazones, la población interpretó el hecho según su falsa religión grecoromana, incluso observando un milagro del cielo. En lugar de verlo como una manifestación del Creador, quien hizo el cielo y la tierra, vieron a sus dioses descendiendo en forma humana. Su respuesta, expresada en su propio idioma y conforme a sus creencias religiosas, revela una interpretación puramente humana, nacida de sus tradiciones y no de una revelación divina (v. 11). Un milagro, cuando no van acompañado por la iluminación del Espíritu Santo y la enseñanza de la Palabra de Dios, las personas tienden a interpretar las obras divinas según sus creencias previas.

Zeus era el nombre griego del principal dios del panteón romano, conocido por los romanos como Júpiter. Hermes, por su parte, era el equivalente griego de Mercurio, considerado el mensajero de los dioses y reconocido por su elocuencia y rapidez. Los habitantes de Listra poseían antiguas leyendas relacionadas con visitas de dioses en forma humana. Por ello, al presenciar el milagro realizado por medio de Pablo, interpretaron lo sucedido a la luz de sus creencias tradicionales. Sus mentes, aún influenciadas por la idolatría, recurrieron a aquellas antiguas fábulas para explicar lo que habían visto. Así llegaron a la conclusión de que Bernabé era Zeus (Júpiter) y que Pablo era Hermes (Mercurio), porque era quien dirigía la palabra y hablaba al pueblo (v. 12). No debemos atribuir esta reacción a una deficiencia en la predicación de Pablo. Más bien, revela la profunda ceguera espiritual de la naturaleza humana caída.

El resultado, como veremos, fue semejante al caso de Esteban. La multitud apedreó a ambos, aunque por razones religiosas diferentes. En el caso de Esteban, los atacantes fueron judíos; en el caso de Pablo, fueron paganos. Sin embargo, tanto unos como otros estaban perdidos en el engaño de sus propias creencias religiosas. En Listra, la población era guiada por líderes espiritualmente ciegos, especialmente por el sacerdote de Júpiter, cuyo templo se encontraba en un lugar destacado frente a la ciudad. Este sacerdote asumió la dirección de los actos religiosos que exigía su paganismo. Junto con la gente, se dispuso a rendir homenaje y ofrecer sacrificios a Pablo y Bernabé, considerándolos manifestaciones de los dioses (v. 13).

 Cuando los apóstoles comprendieron lo que estaba ocurriendo, reaccionaron de manera inmediata y visible. Rasgaron sus ropas, una expresión de profunda indignación y dolor, y se lanzaron entre la multitud para oponerse públicamente a aquella acción equivocada. Puesto que la reacción del pueblo era falsa, consideraron que tenían el deber de corregir el error, así como habían tenido el deber de anunciar la verdad. No creían que bastara simplemente con proclamar el mensaje y dejar sin respuesta las interpretaciones erróneas, un principio que tampoco será válido para el siglo XXI. Por el contrario, entendían que era necesario confrontar el engaño cuando este surgía. La escena que Lucas pone delante de nosotros, inspirado por el Espíritu Santo, demuestra una fuerte acción negativa. Pablo y Bernabe no permanecieron callados, tolerando una acción satánica, sino que defendieron el sentido del milagro que había sido hecho por medio de sus manos (v. 14).

 Pablo y Bernabé se abrieron paso entre la multitud para desafiar una reacción nacida de generaciones de superstición y falsa religión. No solo rechazaron el intento de adorarlos en aquel momento, sino que también confrontaron las creencias erróneas que habían llevado al pueblo a actuar de esa manera. Por eso clamaron: “Varones, ¿por qué hacéis esto?” “¿Cómo pudisteis caer tan lejos de Dios y Su verdad? Hay solamente una encarnación legítima, y fue obtenida por el eterno Hijo de Dios hecho carne”. Después de denunciar el error, aclararon la verdad acerca de sí mismos: “Somos de la misma naturaleza humana caída, justamente pobres pecadores como vosotros. Sin embargo, Dios nos ha transformado, nos ha puesto en Su Reino y nos ha llamado a predicar el arrepentimiento”. “Os anunciamos que de estas vanidades os convirtáis al Dios vivo, que hizo el cielo y la tierra, el mar, y todo lo que en ellos hay”. Todo verdadero predicador del evangelio está llamado a hacer lo mismo, porque nadie está verdaderamente preparado para recibir el evangelio sin antes ser confrontado con la necesidad del arrepentimiento. Cualquier persona que piense que solamente tiene un llamado a predicar cosas positivas, está bajo un engaño inmenso. Por ello, este pasaje debe ser considerado como una clara evidencia de que la proclamación del evangelio incluye tanto la presentación de la verdad como la corrección de las falsas creencias (v. 15).

 ¿Qué ha cambiado para que ya no sea permitido que las naciones paganas anden en sus propios caminos? La respuesta es la predicación del evangelio, las buenas nuevas que se anuncian después de un llamado al arrepentimiento, mostrando que la humanidad es pecadora y está bajo la condenación eterna (v. 16). Sin embargo, antes de que el evangelio les alcanzara, Dios ya les había dado testimonio de sí mismo a través de la creación. El buen Dios les había dado abundantes lluvias (un tema impresionante para estas gentes que vivían en una tierra árida) y grandes cosechas; razones para gozarse y celebrar (v. 17).

 Con este argumento, presentado por alguien a quien ellos mismos consideraban un dios, Pablo logró detener sus actos de idolatría. Es importante tener cuidado de no interpretar la reacción de la multitud como algo inspirado por Dios para validar el mensaje. Más adelante, en Hechos 16, veremos un caso similar, cuando una joven con espíritu de adivinación, poseída por un demonio, hablaba a favor de Pablo y Silas (v. 18). 

 

Pablo apedreado y dejado por muerto

19.  Entonces vinieron unos judíos de Antioquía y de Iconio, que persuadieron a la multitud, y habiendo apedreado a Pablo, le arrastraron fuera de la ciudad, pensando que estaba muerto. 

20.  Pero rodeándole los discípulos, se levantó y entró en la ciudad; y al día siguiente salió con Bernabé para Derbe. 

21.  Y después de anunciar el evangelio a aquella ciudad y de hacer muchos discípulos, volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquía, 

22.  confirmando los ánimos de los discípulos, exhortándoles a que permaneciesen en la fe, y diciéndoles: Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios. 

23.  Y constituyeron ancianos en cada iglesia, y habiendo orado con ayunos, los encomendaron al Señor en quien habían creído. 

Listra era una ciudad profundamente pagana e idó atra. Sin embargo, fue necesario un celo religioso

más sofisticado, como el de los judíos, para sacar a la luz el potencial de su naturaleza homicida. Para
que consideraran a Pablo un enemigo de su religion, bastó con que rechazara su interpretación de los
hechos y desmintiera la idea de que Júpiter y Mercurio se hubieran manifestado entre ellos. A esto se
sumó la influencia de los judíos que habían venido desde Iconio y Antioquía. Entonces lo apedrearon,
lo arrastraron fuera de la ciudad y lo dejaron por muerto (v. 19).

Porto moderno de Atalia
 Un milagro ocurrió mientras los creyentes rodeaban a Pablo. Contra toda expectativa humana, él se levantó y entró con ellos en la ciudad. Quizás quieras hacer un estudio de las revelaciones y milagros que Pablo experimentó en Hechos 9:3,12; 16:9; 18:9-10; 22:17; 23:11; 27:23; 2 Corintios 12:1-7 y Efesios 3:1-6. Después, Pablo partió con Bernabé a Derbe, antes de que el pueblo pudiera levantar otra teoría al oír que fue restaurado milagrosamente después de haber sido apedreado (v. 20).

 Derbe recibió el evangelio con mayor receptividad, produciéndose muchas conversiones. Sin embargo, las dificultades sufridas en Listra, Iconio y Antioquía no impidieron que Pablo y Bernabé regresaran y pasaran nuevamente por estas ciudades (v. 21). Había creyentes en estas tres ciudades que necesitaban especialmente la siguiente palabra de los apóstoles: “Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios” (v. 22).

 Estas iglesias también necesitaban el regreso de Pablo y Bernabé para establecer el liderazgo entre ellos. Pasaron tiempo ayunando y orando a Dios, en comunión con Él, para saber el futuro de sus iglesias. Los nuevos discípulos pusieron su fe totalmente en Él. ¿Hay algo mejor que hubieran podido hacer los apóstoles que orar? Las iglesias quedaron establecidas como comunidades locales, completamente dependientes del Señor para su dirección y cuidado futuro. Las iglesias establecidas de esta manera tenían un destino seguro. ¿Quién mejor para guardarles que el Señor? “Los encomendaron al Señor en quien habían creído” (v. 23).

  

Pablo y Bernabe regresan a Antioquía en Siria

 24.  Pasando luego por Pisidia, vinieron a Panfilia. 

25.  Y habiendo predicado la palabra en Perge, descendieron a Atalia. 

26.  De allí navegaron a Antioquía, desde donde habían sido encomendados a la gracia de Dios para la obra que habían cumplido. 

27.  Y habiendo llegado, y reunido a la iglesia, refirieron cuán grandes cosas había hecho Dios con ellos, y cómo había abierto la puerta de la fe a los gentiles. 

28.  Y se quedaron allí mucho tiempo con los discípulos. 

 Los apóstoles regresaron siguiendo la misma ruta por la que habían llegado. Volvieron desde Antioquía de Pisidia y pasaron por la provincia de Panfilia (v. 24) hasta llegar a Perga. En su viaje de ida no se menciona que predicaran en Perga, pero en el regreso sí lo hicieron allí. Luego continuaron hasta el puerto de Atalia (v. 25).

Desde Atalia navegaron hasta el puerto de Seleucia y, desde allí, continuaron por tierra hasta Antioquía de Siria, donde se reunieron nuevamente con la iglesia que los había encomendado a la obra. En este punto se observa el crecimiento y la importancia creciente de esta iglesia al avanzar el evangelio. La iglesia en Jerusalén era predominantemente judía, mientras que la iglesia en Antioquía estaba formada tanto por judíos como por gentiles. El Espíritu Santo había enviado a Antioquía profetas y maestros ungidos, preparando a la iglesia para el ministerio que estaba delante de ella. Pablo nos da el principio eclesiológico al escribir a los efesios: “Él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo (Ef. 4:11-12). 

La iglesia envió a los apóstoles Pablo y Bernabé, como lo explica el versículo 26, “donde habían sido encomendados a la gracia de Dios para la obra que habían cumplido”. Ahora ambos regresan a Antioquía para dar informe de su primer viaje misionero. John Wesley dice: “Esto demuestra la razón y deseo de imponer las manos, mencionado en Hechos 13:3”. La iglesia les había enviado y ahora toda la congregación  se reunió para escuchar el fruto del trabajo misionero, compartiendo así la alegría de la cosecha. Los apóstoles informaron sobre la obra entre los gentiles en la isla de Chipre, incluyendo la conversión del procónsul romano. También relataron el éxito del evangelio en las ciudades del continente donde habían predicado: primero en las sinagogas de Antioquía de Pisidia e Iconio, y luego entre la población gentil en todas las ciudades. El informe fue motivo de gran gozo para la iglesia, al oír que dondequiera que los gentiles escuchaban el evangelio se convertían. En toda la región habían alcanzado tanto a judíos como a gentiles con el evangelio (v. 27).

 Pablo y Bernabé continuaron un tiempo prolongado en Antioquía. Su trabajo en la iglesia en aquel tiempo tenía que ver con edificar a los creyentes, animándolos en su participación en la obra de la Gran Comisión. El misionero debe considerar como un uso valioso del tiempo el fortalecer la iglesia local en su propia tierra. Su interés, oración y apoyo son una parte esencial, y estos hermanos y hermanas serán recompensados igualmente con los galardones finales que serán otorgados en el Tribunal de Cristo (v. 28).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mensaje a judíos y gentiles

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Ruinas de Antioquia, Pisidia

CAPÍTULO 13 (parte 2)

 

En la sinagoga de Antioquía, Pisidia

 27.  Porque los habitantes de Jerusalén y sus gobernantes, no conociendo a Jesús, ni las palabras de los profetas que se leen todos los días de reposo, las cumplieron al condenarle. 

28.  Y sin hallar en él causa digna de muerte, pidieron a Pilato que se le matase. 

29.  Y habiendo cumplido todas las cosas que de él estaban escritas, quitándolo del madero, lo pusieron en el sepulcro. 

30.  Mas Dios le levantó de los muertos. 

31.  Y él se apareció durante muchos días a los que habían subido juntamente con él de Galilea a Jerusalén, los cuales ahora son sus testigos ante el pueblo. 

32.  Y nosotros también os anunciamos el evangelio de aquella promesa hecha a nuestros padres, 

33.  la cual Dios ha cumplido a los hijos de ellos, a nosotros, resucitando a Jesús; como está escrito también en el salmo segundo: Mi hijo eres tú, yo te he engendrado hoy. 

34.  Y en cuanto a que le levantó de los muertos para nunca más volver a corrupción, lo dijo así: Os daré las misericordias fieles de David. 

35.  Por eso dice también en otro salmo: No permitirás que tu Santo vea corrupción. 

36.  Porque a la verdad David, habiendo servido a su propia generación según la voluntad de Dios, durmió, y fue reunido con sus padres, y vio corrupción. 

37.  Mas aquel a quien Dios levantó, no vio corrupción. 

38.  Sabed, pues, esto, varones hermanos: que por medio de él se os anuncia perdón de pecados, 

39.  y que de todo aquello de que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en él es justificado todo aquel que cree. 

40.  Mirad, pues, que no venga sobre vosotros lo que está dicho en los profetas: 

41.  Mirad, oh menospreciadores, y asombraos, y desapareced; Porque yo hago una obra en vuestros días, Obra que no creeréis, si alguien os la contare.  

Nos reunimos nuevamente con Pablo en la sinagoga judía de Antioquía de Pisidia, donde lo dejamos en el artículo anterior. Allí acusó a los principales líderes judíos de Jerusalén, afirmando que no conocían verdaderamente a Dios ni comprendían a sus propios profetas. En el artículo anterior aprendimos que los libros de los profetas se leían cada sábado en todas las sinagogas. Sin embargo, Pablo sabía muy bien, por experiencia propia, que esos escritos eran mal interpretados.

 Sus propias Escrituras, que estudiaban habitualmente, daban testimonio contra ellos; aun así, los judíos condenaron a su Mesías, de quien los profetas habían hablado de antemano (v. 27). Su adoración a Dios se había corrompido y convertido en una religión muerta, y se rebelaron contra Aquel a quien decían servir. Esto no ocurrió solo en el caso de los judíos, sino que se ha repetido a lo largo de la historia por medio de hipócritas religiosos. Los judíos en Jerusalén acudieron al gobernador romano, a quien ellos despreciaban. Sin embargo, por su mayor odio hacia Dios, dependieron de una Roma pagana para que los ayudara a imponer la pena de muerte requerida por la ley romana. Aun así, no tenían ninguna acusación razonable ni legal que presentar ante Poncio Pilato (v. 28). Jesús confirmó así el cumplimiento de la profecía del salmista: “Sin causa me aborrecieron” (Juan 15:25 del Salmo 69:4). 

Envio de Pablo y Bernabe

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Primer viaje misionero (pulsar para hacer grande)  

 

La nueva Iglesia de Antioquía

1.      Había entonces en la iglesia que estaba en Antioquía, profetas y maestros: Bernabé, Simón el que se llamaba Niger, Lucio de Cirene, Manaén el que se había criado junto con Herodes el tetrarca, y Saulo.

       2. Ministrando éstos al Señor, y ayunando, dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado.

3.      Entonces, habiendo ayunado y orado, les impusieron las manos y los despidieron.

En el capítulo 11 de Hechos, aprendimos sobre el inicio de la iglesia en Antioquía. Lucas explicaba que, después del martirio de Esteban, comenzó una persecución en Jerusalén. Como resultado, algunos cristianos se dispersaron y llegaron a Antioquía, donde predicaban únicamente a los judíos (Hch. 11:19). Sin embargo, después de la experiencia de Pedro en Cesarea con el centurión Cornelio, hubo un gran avance. Algunos evangelistas de la isla de Chipre y de la región africana de Cirene comenzaron a predicar también a los gentiles que hablaban griego en Antioquía (Hch. 11:20). Lucas relata que un gran número de gentiles creyó en el Señor (Hch. 11:21). Así comenzó la historia de la iglesia en Antioquía, después de la salvación tanto de judíos y como de gentiles.

 Hemos aprendido que Bernabé fue enviado desde Jerusalén a Antioquía (Hch. 11:22). Allí animó a los nuevos creyentes (Hch. 11:23) y, por medio de su evangelismo ungido, muchos más fueron añadidos a la iglesia de Antioquía (Hch. 11:24). Seguidamente, Bernabé fue a Tarso en busca de Saulo, ya que esa era su ciudad natal (Hch. 11:25). Saulo se unió a él, y juntos trabajaron en la edificación de la iglesia en Antioquía (Hch. 11:26). En el último versículo del capítulo 11, supimos que habían viajado desde Antioquía a Jerusalén para llevar una ofrenda a los creyentes de allí (Hch. 11:30). Luego regresaron a Antioquía y llevaron con ellos a Juan Marcos, quien era sobrino de Bernabé. María, la madre de Marcos, probablemente era hermana de Bernabé, ya que no se menciona a su padre en el relato (Hch. 12:25).

 Además de Bernabé y Saulo, también llegaron a Antioquía algunos profetas desde Jerusalén (Hch. 11:27). El primer versículo de este capítulo 13 menciona también a Simón Niger, Lucio de Cirene (posiblemente uno de los que antes había evangelizado en Antioquía, Hch.11:20), y Manaén. Curiosamente, este había sido alguien cercano a Herodes Antipas, quien mandó matar a Juan Bautista y participó junto con Pilato en el juicio de Cristo. Pero Manaén ahora es un cristiano y líder en la iglesia de Antioquía, junto con los otros cuatro que eran profetas y maestros. Este pasaje también muestra que la profecía era un ministerio activo en la iglesia del Nuevo Testamento, formada tanto por judíos como por gentiles (ve también Hch. 2: 17-18; 1 Co. 14:1; Ef. 4:11-12).