Entradas Recientes
Lowell Brueckner

Ingrese su dirección de correo electrónico:


Entregado por FeedBurner

El plan mayor para Pedro

Etiquetas:

 

 

Lo que Dios ha limpiado, no es común

CAPÍTULO 10 (parte 1)

 

 Dios obra en un centurión romano 

       1.     Había en Cesarea un hombre llamado Cornelio,

             centurión de la compañía llamada la Italiana, 

       2.    piadoso y temeroso de Dios con toda su casa, y

            que hacía muchas limosnas al pueblo, y oraba a

            Dios siempre. 

3.      Éste vio claramente en una visión, como a la hora novena del día, que un ángel de Dios entraba donde él estaba, y le decía: Cornelio. 

4.      Él, mirándole fijamente, y atemorizado, dijo: ¿Qué es, Señor? Y le dijo: Tus oraciones y tus limosnas han subido para memoria delante de Dios. 

5.      Envía, pues, ahora hombres a Jope, y haz venir a Simón, el que tiene por sobrenombre Pedro. 

6.      Éste posa en casa de cierto Simón curtidor, que tiene su casa junto al mar; él te dirá lo que es necesario que hagas. 

7.      Ido el ángel que hablaba con Cornelio, este llamó a dos de sus criados, y a un devoto soldado de los que le asistían; 

8.   a los cuales envió a Jope, después de haberles contado todo. 

Un paralítico fue sanado en Lida, Dorcas resucitó en Jope y mucha gente se convirtió al Señor a causa de estos milagros. Cualquiera podría pensar que el viaje de Pedro desde Jerusalén hacia esas dos ciudades había sido un éxito total y que la voluntad del Señor se había cumplido plenamente. Pero no fue así. El propósito principal de Dios en el viaje de Pedro todavía no se había cumplido. Desde el principio, Dios tenía en mente a Cesarea y a un centurión romano. Hay algo que aprender de este caso: la voluntad de Dios no siempre se cumple por completo solo porque vemos milagros y resultados visibles ante nuestros ojos. Hay obreros del Señor que pueden hablar de muchos años de ministerio con bastantes resultados, antes de llegar a cumplir el propósito central para el cual fueron llamados.

Hemos llegado a un punto muy importante en el relato de Lucas sobre el avance del evangelio. Poco a poco, el mensaje se fue extendiendo desde la formación de la primera iglesia en Jerusalén. Luego vemos cómo alcanzó también a Judea y Samaria. Los samaritanos, mestizos y despreciados por los judíos, recibieron el evangelio. También lo recibió un etíope, prosélito de la fe judía. La siguiente historia trata de la conversión, la preparación y el comienzo del ministerio de Saulo de Tarso, quien fue llamado por Dios para ser apóstol a los gentiles.

 

Sin embargo, el primer gran avance del evangelio hacia los gentiles no lo realizó Pablo, sino Pedro. Él era la persona en quien los cristianos judíos de Jerusalén confiaban, y quien mejor podía contar a la iglesia central su experiencia entre los gentiles. Por medio de Pedro quedaría claro que era la voluntad del Señor alcanzar también al pueblo no judío. Este acontecimiento marcaría el principio de la misión de predicar el evangelio a todo el mundo. Más adelante, Pablo desarrollaría el propósito eterno de Dios y la doctrina sobre este gran paso. ¡El tiempo de los gentiles ha llegado!

 Cesarea estaba ubicada en la costa del mar Mediterráneo, al sur del monte Carmelo y a unos 50 kilómetros al norte de Jope. Fue una ciudad construida por Herodes en honor a César Augusto, y llegó a ser el centro del gobierno civil en Judea. Un gran número de romanos residían allí, incluyendo una compañía de soldados llamada la Italiana. El centurión Cornelio, el hombre que aparece en este capítulo, era un representante perfecto de lo que es un gentil. Era completamente romano, sin sangre judía, y no era prosélito. Como centurión, estaba a cargo de unos cien soldados romanos, que eran parte de la compañía Italiana. (v. 1).

 Warren Wiersbe me informa que habían pasado unos diez años desde Pentecostés, tiempo durante el cual la iglesia había crecido mucho y la predicación del evangelio se había extendido ampliamente. Ahora veremos cómo continúa la historia y cómo Dios enseña a Pedro que en el corazón de Aquel que “de tal manera amó al mundo” está el deseo de incluir el pueblo gentil; Él quiere que “no se pierda, mas tenga vida eterna”.

 Cornelio era un hombre temeroso del Dios de los judíos. Había rechazado la religión romana y su politeísmo, que predominaba en todo el mundo conquistado por Roma. El Señor obraba en el corazón de este centurión. Los Evangelios ya nos han mostrado que Dios puede preparar el corazón de los gentiles como lo hace con el de los judíos. Por ejemplo, una mujer sirofenicia, cuya hija estaba poseída por demonios, fue escuchada y su hija fue liberada por su fe (Mc. 7:24-30). Asimismo, Jesús destacó la fe de un centurión en Capernaum: “Amén (de cierto), os digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe. Y os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham e Isaac y Jacob en el reino de los cielos” (Mt. 8:10-11).

 Este centurión condujo a toda su casa en la dirección que le guiaba su corazón. Todavía no conocía el camino de la salvación, pero perseveraba en la oración. En el capítulo anterior aprendimos que fue la oración de Saulo de Tarso la razón por la que el Señor le envió a Ananías. Para muchos, la oración ha sido el medio por el cual encontraron la voluntad de Dios: “Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios”, escribió Santiago (Stg. 1:5). Cuando el Señor quiere llevar a cabo Su propósito, mueve a su pueblo hacia la oración. Así llevó también a este centurión a ponerse de rodillas. En este capítulo vemos cómo Dios está en el proceso de contestar sus oraciones (v. 2).

A las tres de la tarde, el centurión recibió una visión de un ángel. Ya que llegamos a este tema, quiero compartir algo que he observado acerca de los ángeles y su participación en relación con las oraciones de las personas. ¿Te acuerdas cuando Jesús habló a Natanael de un cielo abierto y “los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del Hombre?” (Jn. 1:51). Jesús estaba hablando de cosas aún mayores que Natanael viviría, cosas que ocurrirían a través de la oración (Jn. 1:50). Jesús hacía referencia al sueño de Jacob, en el que vio una escalera que llegaba hasta el cielo, y a los ángeles de Dios que primero ascendían y luego descendían por ella. Con esta imagen, Jesús enseñó que Él mismo es la escalera por la que los ángeles ascienden con las oraciones para ser recibidas ante el trono del Padre en Su nombre, y después descienden con la respuesta.

Daniel tuvo más de una experiencia con ángeles, pero uno de los mejores ejemplos sobre el tema se encuentra en el capítulo 10, cuando Daniel ayunó y oró durante tres semanas. Al finalizar ese tiempo, vio una visión: una mano lo tocó y escuchó una voz que le dijo que había sido enviado desde el inicio de su oración. Sin embargo, su llegada a Daniel fue retrasada por “el príncipe del reino de Persia”, un príncipe diabólico. Pero Miguel, el príncipe angélico que guarda poderosamente al pueblo de Israel, intervino para ayudarle a alcanzar a Daniel, tardando 21 días en llegar. El pasaje nos enseña muchas cosas sobre la actividad espiritual relacionada con la oración, aunque apenas estamos señalando los detalles generales de este relato. La oración activa la actividad espiritual: Dios envía ángeles para responder a nuestras peticiones, pero puede existir oposición diabólica que intente impedir que se cumpla Su propósito.

 En Lucas 1, un sacerdote llamado Zacarías, padre de Juan el Bautista, recibió una visita junto al altar del incienso en el templo de Jerusalén, como respuesta a la oración que él y su esposa habían hecho pidiendo un hijo. Al mismo tiempo, la multitud del pueblo también oraba afuera. El ángel se identificó como Gabriel, quién había aparecido a Daniel y más tarde a la virgen María (Lc. 1:9-13). En nuestro estudio de hoy, vemos que un ángel también apareció a un centurión romano, contestando su oración (v. 3).

 Aún no conocía el camino de la fe y la gracia, pero Dios respondió a la sinceridad de su corazón. Cornelio se llenó de temor, como suele ocurrir cuando un ser celestial se manifiesta ante un mortal. Al igual que con Saulo y Ananías, Cornelio recibió instrucciones muy precisas del Señor a través del ángel. Debía enviar a algunos siervos 50 km hasta Jope, y el ángel le dio el nombre del dueño de la casa, Simón, cuyo oficio era curtidor, y le indicó que allí se alojaba un hombre llamado Pedro. Incluso le especificó el nombre completo, Simón, como le habían dado sus padres. Todo fue muy específico (v. 5).

 Pedro fue el hombre, al igual que Felipe y Ananías, capaz de predicar el evangelio de manera clara, justamente lo que Cornelio necesitaba escuchar desesperadamente. Pedro también le demostró cuál era su responsabilidad como humano en obedecer el evangelio (v. 6). Cornelio envió a dos siervos de su casa y a un soldado de mucha confianza de su tropa, porque la misión que iban a cumplir era de suma importancia. Lucas describe a este soldado como devoto, lo que indica que era reverente y piadoso. Probablemente, él conversaba con su superior sobre el camino que estaba siguiendo, y esa comunicación pudo haberlo influido. O tal vez fue él quien influyó en su capitán. Este era el hombre en quien Cornelio confiaba plenamente, dando la máxima importancia a la instrucción celestial (v. 7).

 El centurión no solo envió a sus dos siervos y al soldado, sino que, según el texto (LBLA), les explicó todo con detalle. Quiso que conocieran toda su experiencia: su búsqueda de Dios, la influencia de la fe judía en su vida, la visita del ángel, y hasta los detalles sobre la casa de Pedro. No se trataba simplemente de un recado, ni de un superior dando órdenes a sus subordinados; era una misión espiritual. Así, un trío bien informado llegó a Pedro, como veremos. Después, ciertamente estarían en la casa del centurión cuando Pedro predicó, y el Espíritu descendió sobre ellos (v. 8).

  

La visión de Pedro

 9.      Al día siguiente, mientras ellos iban por el camino y se acercaban a la ciudad, Pedro subió a la         azotea para orar, cerca de la hora sexta. 

10.  Y tuvo gran hambre, y quiso comer; pero mientras le preparaban algo, le sobrevino un éxtasis; 

11.  y vio el cielo abierto, y que descendía algo semejante a un gran lienzo, que atado de las cuatro puntas era bajado a la tierra; 

12.  en el cual había de todos los cuadrúpedos terrestres y reptiles y aves del cielo. 

13.  Y le vino una voz: Levántate, Pedro, mata y come. 

14.  Entonces Pedro dijo: Señor, no; porque ninguna cosa común o inmunda he comido jamás. 

15.  Volvió la voz a él la segunda vez: Lo que Dios limpió, no lo llames tú común. 

16.  Esto se hizo tres veces; y aquel lienzo volvió a ser recogido en el cielo. 

17.  Y mientras Pedro estaba perplejo dentro de sí sobre lo que significaría la visión que había visto, he aquí los hombres que habían sido enviados por Cornelio, los cuales, preguntando por la casa de Simón, llegaron a la puerta. 

18.  Y llamando, preguntaron si moraba allí un Simón que tenía por sobrenombre Pedro. 

19.  Y mientras Pedro pensaba en la visión, le dijo el Espíritu: He aquí, tres hombres te buscan.

20.  Levántate, pues, y desciende y no dudes de ir con ellos, porque yo los he enviado. 

21.  Entonces Pedro, descendiendo a donde estaban los hombres que fueron enviados por Cornelio, les dijo: He aquí, yo soy el que buscáis; ¿cuál es la causa por la que habéis venido? 

22.  Ellos dijeron: Cornelio el centurión, varón justo y temeroso de Dios, y que tiene buen testimonio en toda la nación de los judíos, ha recibido instrucciones de un santo ángel, de hacerte venir a su casa para oír tus palabras. 

Después de haber caminado o montado a caballo durante muchas horas en México, me interesa conocer el itinerario de estos hombres desde Cesarea hasta Jope y de regreso. Si al lector no le interesa, con libertad puede pasar por alto estos dos párrafos, sin embargo, el viaje está bien documentado en el texto.  El ángel visitó a Cornelio alrededor de las tres de la tarde (v. 3) y después indicó a los tres hombres el viaje de 50 km que debían realizar hasta Jope. Esa misma tarde comenzaron su recorrido (v. 8). Al día siguiente, poco después del mediodía y después de que Pedro tuvo su visión, llegaron finalmente a la casa de Simón el curtidor (vs. 9, 17).

Pienso que llegaron bastante rápido y, siendo romanos, probablemente viajaron a caballo. Los romanos disponían de muchos, como nos dice el capítulo 23:23-24, cuando el comandante en Jerusalén envió a 70 hombres a caballo junto con Pablo, quien también iba montado, rumbo a Cesarea. Esa noche, los tres fueron hospedados en la casa del curtidor (v. 23). Al día siguiente, Pedro y algunos cristianos de Jope los acompañaron, y al siguiente día ya llegaron a Cesarea (v. 24).

Sin embargo, debemos regresar a la historia al mediodía, cuando los tres hombres de Cesarea estaban por llegar a Jope. En ese momento, Pedro tuvo una visión que lo preparaba para lo que estaba por suceder. El Señor utiliza las circunstancias para ayudar a las personas a entender Su voluntad. Pedro tenía mucha hambre mientras esperaba la comida, y de repente le sobrevino un éxtasis. Debo recordar al lector que estamos estudiando un libro modelo de cómo obra Dios en la iglesia. Los éxtasis no se limitaron al tiempo de los apóstoles; han continuado a lo largo de toda la historia de la iglesia, especialmente en épocas de avivamiento, pero por ahora no entraré en ejemplos específicos (v. 10).

Observa que lo que sucedió a continuación: Pedro vio un cielo abierto, y algo que parecía un gran lienzo bajó hasta donde él estaba (v. 11). En él había animales, reptiles y aves de toda clase que, según el Antiguo Testamento, se consideraban inmundos (v. 12, fíjate en Lev. 11). Una voz le ordenó: “Mata y come” (v. 13) y, aunque Pedro tenía mucha hambre, sus convicciones religiosas eran fuertes y se resistió, considerando el mandato como una tentación (v. 14).

Aunque esta lección visual enseñó a Pedro, principalmente, sobre la aceptación de los gentiles por parte de Dios, también tenía otra enseñanza: el Nuevo Testamento no prohíbe ciertos alimentos. Santiago enseña que “Dios no puede ser tentado por el mal, ni Él tienta a nadie” (Stg. 1:13). Recuerda que las criaturas descienden del cielo y Dios no tienta a los hombres con cosas malas. Las prohibiciones alimentarias del Antiguo Testamento no eran morales, sino simbólicas, y servían para ilustrar la presencia de la malignidad espiritual.

En Marcos 7:14-23, Jesús ya había enseñado sobre este tema, preguntando a Sus discípulos si aún no comprendían: ¿No entendéis que todo lo de fuera que entra en el hombre, no le puede contaminar, porque no entra en su corazón, sino en el vientre, y sale a la letrina? Esto decía, haciendo limpios todos los alimentos. Son las personas religiosas, sin entendimiento espiritual, quienes se enfocan en prácticas externas y físicas, como las relacionadas con la comida, considerándolas esenciales. Pablo enseñó claramente que “el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo” (Ro. 14:17).

  La voz habló de nuevo, declarando que estas carnes eran limpias. Sin embargo, pronto Pedro aprendería una enseñanza aún más importante: Dios no rechaza a nadie por su identidad étnica (v. 15). Dios siempre confirma Su verdad mediante dos o tres testigos (2 Co. 13:1), y por eso la visión se repitió tres veces. Luego, el objeto y todo su contenido regresaron al cielo (v. 16).

 Pedro no tuvo que esperar mucho antes de que el dilema se resolviera, porque la solución ya estaba a la puerta (v. 17). Los visitantes gentiles de Cesarea preguntaron por Pedro (v. 18), y antes de que su anfitrión pudiera informarle, el Espíritu Santo, tan real y activo en todo el libro de Hechos, habló directamente a Pedro (v. 19).  No debemos dudar ni por un momento que lo que estaba ocurriendo era un hecho histórico y maravilloso. Incluso antes de que el Espíritu Santo fuera plenamente conocido por estos gentiles, Él ya obraba en ellos: “Yo los he enviado”, dijo. Lo que buenos cristianos reconocen como gracia preveniente, que atrae y guía al incrédulo, sigue actuando en la vida de los pecadores hasta hoy (v. 20). Sin Su obra, todos nosotros andaríamos vagando más y más lejos del rebaño, impulsados por una naturaleza hostil a Dios. Él siempre inicia el despertar del corazón humano (Jn. 6:44), y el Pastor busca a la oveja perdida “hasta encontrarla.” (Lc. 15:4)

 Pedro bajó y se presentó, preguntando la causa de su venida (v. 21). Los visitantes le informaron a Pedro de las cosas que ya sabemos: las cosas que Cornelio, el centurión, les había explicado. Aquí no se trata solo del deseo de un hombre, sino de la instrucción divina y angélica que revela los propósitos eternos de Dios (v. 22). Lo que sencillamente comenzó en la puerta del curtidor tendría un impacto que se extendería mucho más allá de Cesarea, continuando hasta el capítulo 28. Y no se detiene allí: la obra sigue a través de los siglos y llega hasta el día de hoy, incluso 25 años dentro del siglo XXI. La obra de Dios no terminará hasta que reúna a Su pueblo en el cielo, redimido “de todo linaje y lengua y pueblo y nación” (Ap. 5:9).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


0 comentarios:

Publicar un comentario