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Lowell Brueckner

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El eunuco etíope

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 Capítulo 16-25

 El error del hechicero

 16.  porque aún no había descendido sobre ninguno de ellos, sino que solamente habían sido bautizados en el nombre de Jesús. 

17.  Entonces les imponían las manos, y recibían el Espíritu Santo. 

18.  Cuando vio Simón que por la imposición de las manos de los apóstoles se daba el Espíritu Santo, les ofreció dinero, 

19.  diciendo: Dadme también a mí este poder, para que cualquiera a quien yo impusiere las manos reciba el Espíritu Santo. 

20.  Entonces Pedro le dijo: Tu dinero perezca contigo, porque has pensado que el don de Dios se obtiene con dinero. 

21.  No tienes tú parte ni suerte en este asunto, porque tu corazón no es recto delante de Dios. 

22.  Arrepiéntete, pues, de esta tu maldad, y ruega a Dios, si quizá te sea perdonado el pensamiento de tu corazón; 

23.  porque en hiel de amargura y en prisión de maldad veo que estás. 

24.  Respondiendo entonces Simón, dijo: Rogad vosotros por mí al Señor, para que nada de esto que habéis dicho venga sobre mí. 

25.  Y ellos, habiendo testificado y hablado la palabra de Dios, se volvieron a Jerusalén, y en muchas poblaciones de los samaritanos anunciaron el evangelio. 

 Los apóstoles sabían que cada creyente tiene que experimentar al Espíritu Santo descendiendo (griego: epipipto) sobre él, o dicho de otra forma, ser bautizado en el Espíritu Santo. Aunque la traducción española cambia, en el capítulo 10:44 es utilizada la misma palabra griega: “El Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el discurso”.

 Pedro y Juan oraron por los creyentes y recibieron el bautismo en el Espíritu Santo (v. 17). Algo relevante y visible ocurrió también con los samaritanos, porque Simón, el hechicero, se percató y quedó inmensamente impactado por lo que vio, igual que al ver los milagros y señales que Dios hizo por medio de Felipe. Lo que él pidió evidenció su blasfemo y falso entendimiento de los caminos de Dios. Cometió dos serios errores: El primero fue poner precio a la capacidad de impartir esta experiencia bendita y celestial (v. 18). Y el segundo, querer poseer este poder por sí mismo para lucrarse (v. 19). 

 La petición resultó repulsiva para Pedro y Juan, quienes dejaron claro que el hombre estaba perdido; su corazón y su mente no habían sido convertidos. La reprensión de Pedro fue dura, atacando la idea de que se pueda comercializar con los dones de Dios. El dinero había sido su dios y continuó siéndolo. Jesús dijo que servir al dinero y servir a Dios están en polos totalmente opuestos: Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a Mamón” (Mt. 6:24, BTX. La Biblia Amplificada en inglés anota: riquezas engañosas, dinero, posesiones, o cualquier otra cosa en la que uno confía). La Biblia textual tiene la palabra correcta, que es el griego original y significa: la personificación y deificación de dinero, y por eso se escribe con mayúscula. Es la confianza en el dinero lo que lo hace un ídolo pecaminoso que sustituye la confianza en Dios (v. 20).

El hechicero ofrece dinero
Parte ni suerte son palabras casi sinónimas, solo que la última tiene que ver con poseer por medio de apuestas. Lo que es importante es que Simón no tenía que ver con las cosas de Dios, en cuanto a su corazón. Su creencia brotaba de una fe humana (v. 21). Los apóstoles ofrecieron a este hechicero un remedio; algo habitual para un Dios totalmente misericordioso. La solución se encuentra en un corazón verdaderamente arrepentido, si es que el arrepentimiento fuera posible con una mentalidad tan profundamente oscurecida (v. 22), descrita en el versículo 23: “En hiel de amargura y en prisión de maldad veo que estás”. Esta declaración es muy fuerte, comparando su situación a la hiel amarga de la vesícula y a una cuerda ajustada al cuerpo que lo ataba a la iniquidad. Simón se asustó por la reacción de los apóstoles, reconociendo que eran hombres verdaderos de Dios, y les rogó que orasen por él (v. 24).

 Pedro y Juan demostraron su apoyo al ministerio de Felipe, añadiéndole algo esencial y espiritual: el bautismo en el Espíritu, y se juntaron en su obra evangelística en Samaria, predicando el evangelio en muchas poblaciones (v. 25). 

 

Capítulo 26-40

 El eunuco de Etiopía convertido

26.  Un ángel del Señor habló a Felipe, diciendo: Levántate y ve hacia el sur, por el camino que desciende de Jerusalén a Gaza, el cual es desierto. 

27.  Entonces él se levantó y fue. Y sucedió que un etíope, eunuco, funcionario de Candace reina de los etíopes, el cual estaba sobre todos sus tesoros, y había venido a Jerusalén para adorar, 

28.  volvía sentado en su carro, y leyendo al profeta Isaías. 

29.  Y el Espíritu dijo a Felipe: Acércate y júntate a ese carro. 

30.  Acudiendo Felipe, le oyó que leía al profeta Isaías, y dijo: Pero ¿entiendes lo que lees? 

31.  Él dijo: ¿Y cómo podré, si alguno no me enseñare? Y rogó a Felipe que subiese y se sentara con él. 

32.  El pasaje de la Escritura que leía era éste: Como oveja a la muerte fue llevado; Y como cordero mudo delante del que lo trasquila, Así no abrió su boca. 

33.  En su humillación no se le hizo justicia; Mas su generación, ¿quién la contará? Porque fue quitada de la tierra su vida. 

34.  Respondiendo el eunuco, dijo a Felipe: Te ruego que me digas: ¿de quién dice el profeta esto; de sí mismo, o de algún otro? 

35.  Entonces Felipe, abriendo su boca, y comenzando desde esta escritura, le anunció el evangelio de Jesús. 

36.  Y yendo por el camino, llegaron a cierta agua, y dijo el eunuco: Aquí hay agua; ¿qué impide que yo sea bautizado? 

37.  Felipe dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes. Y respondiendo, dijo: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios. 

38.  Y mandó parar el carro; y descendieron ambos al agua, Felipe y el eunuco, y le bautizó. 

39.  Cuando subieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe; y el eunuco no le vio más, y siguió gozoso su camino. 

40.  Pero Felipe se encontró en Azoto; y pasando, anunciaba el evangelio en todas las ciudades, hasta que llegó a Cesarea

 Cuando Abraham “salió sin saber a dónde iba” (Heb. 11:8), formó un principio que continuó en el libro de Hechos. Vamos a ver a Felipe dejar Samaría sin saber qué destino o propósito Dios tenía para él. Lo veremos también en Pedro, cuando abandonó Jerusalén sin saber que, en este viaje, su destino era Cesarea, para compartir el evangelio con un centurión romano y los que estaban reunidos en su casa. El caso que mejor ilustra este principio es cuando Pablo y su equipo salieron de Antioquía, Siria, y cruzaron lo que en la actualidad es Turquía, sin saber dónde quería el Señor que fueran. Recorrieron toda la península hasta encontrarse con el mar Egeo al oeste.

 La historia del eunuco etíope es una de las favoritas de todos los que leen el libro de los Hechos y muchos han predicado acerca de ella. Felipe había estado evangelizando en Samaria y había visto mucho fruto, mientras Dios apoyaba su palabra liberando a los poseídos por los demonios y sanando a los enfermos. Ahora, el Señor, por medio de un ángel, mandó que viajara desde Samaria a Jerusalén, y de allí por el camino desierto a Gaza. Estas fueron todas las instrucciones que se le dieron (v. 26).

 La reacción de Felipe siempre me ha bendecido. A pesar de no haberle revelado la razón  por la que dejar un ministerio tan fructífero en Samaria, salió sin saber su destino; no hizo ninguna pregunta, solamente manifestó completa confianza en la palabra del Señor. Simplemente, “se levantó y fue”, desde Samaria a un encuentro en el camino entre Jerusalén y Gaza.

 En el camino a Gaza él vio a un eunuco etíope en su carro, al que Lucas describe como un hombre de autoridad bajo la reina Candace, y le oyó leer al profeta Isaías. Felipe llegó a su destino, un lugar, probablemente, lejos de la civilización. Fue enviado para alcanzar a un hombre (v. 27). Lucas describe todo esto en pocas palabras, pero para Felipe fue un largo y duro viaje en un ardiente desierto. Un verdadero evangelista al que Dios utiliza para predicar a multitudes irá lejos felizmente para alcanzar a un individuo, porque sabe que Dios trata con cada persona individualmente para llevarle a la salvación. Warren Wiersbe habla de una historia de D. L. Moody, cuando preguntó a un hombre sobre la condición de su alma. Eh hombre, respondió: “¡No te importa!” Moody contestó: “Ah sí, sí me importa”, y el hombre dijo inmediatamente: “Entonces tú tienes que ser D. L. Moody”. Moody tenía fama de preocuparse por un solo hombre. Pensar que un evangelista famoso tenía tal fama, me hizo llorar. No le importaba el número de oyentes, sino el alma de cada uno en particular.

 Hay una historia en el libro de Jeremías, en el Antiguo Testamento, en el capítulo 38, sobre un eunuco etíope, también. Jeremías, en situaciones anteriores, había recibido ayuda de amigos judíos en Jerusalén, pero ahora, aparentemente, no había quien le ayudara al encontrarse dentro de una cisterna en la que algunos oficiales malvados le habían echado. En los días de Sedequías, el último rey, en Jerusalén no había quien tuviera temor de Dios. Era una señal de que la población de Judá había caído en una decadencia putrefacta, peor incluso que en el tiempo de uno de los peores reyes anteriores, Joacim, y estaba llegando al día de su destrucción.

 Aunque ningún paisano socorrió a Jeremías, Dios, que siempre es fiel a Sus siervos, halló cómo rescatarle. En este caso, usó a un forastero, un etíope, cuya masculinidad le había sido quitada. Era un esclavo, un eunuco en el palacio del rey. Este hombre, cuya existencia carecía de dignidad, tenía más sentido y decencia que los nobles sofisticados en Jerusalén. Quizás había estado presente en alguna de las visitas de Jeremías al rey, y por eso había escuchado la palabra de Dios.

 Él, como esclavo del rey, pudo hablar con Sedequías. El Espíritu de Dios movió el corazón de un hombre dispuesto y tuvo una oportunidad para socorrer al profeta. El eunuco fue a las puertas de la ciudad, donde las autoridades hacían sus negocios en tiempos bíblicos. 

 El rey había entregado en manos de los príncipes a Jeremías y, probablemente, no quiso saber más acerca de lo que le hicieron con él. Sin embargo, el esclavo no tuvo miedo de informarle y, con denuedo, habló en contra de la maldad de los oficiales. Necesitamos tener siempre denuedo en lo que se refiere a nuestro servicio al Rey de reyes. Los discípulos se reunieron en oración, expresando su necesidad de “[hablar] con todo denuedo Tu palabra” (Hch. 4:29).


 La vida de Jeremías corría peligro en la cisterna, pero toda la ciudad también enfrentaba la muerte debido a la hambruna, por falta de suministro de pan. Cuando Sedequías supo que el profeta luchaba por su vida en el cieno, su conciencia le llevó a actuar, dando órdenes para que su esclavo etíope, Ebed-melec, se encargara de buscar a treinta hombres. Estos, no sólo sacaron a Jeremías de la cisterna, sino que hicieron guardia para evitar que los opositores interrumpieran el intento de salvar a Jeremías.

 Sabemos que la cisterna estaba ubicada bajo la tesorería de la casa del rey y, como esclavo suyo, el eunuco sabía bien de aquel lugar. Este buen hombre supo dónde encontrar trapos y ropas raídas y se los llevó a Jeremías, instruyéndole para ponérselos bajo los sobacos para evitar sufrir heridas por la soga.

 Desde este día en adelante, Jeremías permaneció en el patio de la cárcel. Allí estaba mejor protegido de los enemigos de afuera. Revisa la historia para ver cómo Dios protegió fielmente a Su siervo en aquella situación. La autoridad más alta de la tierra de Israel no tenía la fuerza moral ni política para defender al profeta, y los oficiales más poderosos querían matarle. Por eso, el Señor obró por medio de un esclavo para librar a Su siervo de estos enemigos. ¿Y no puedes tú confiar en Él, sabiendo que siempre es fiel y halla cómo librarte?

 Dios aún no había terminado con el eunuco etíope, Ebed-melec, y envió a Jeremías con un mensaje especial para él (Jer. 39:16-18). El hombre había rescatado a Jeremías de morir en una cisterna, y Dios no olvidó este hecho de benignidad. El gran Señor sobre todos los ejércitos terrenales y celestiales; el mismo Dios que eligió la simiente de Abraham, Isaac, y Jacob para ser su pueblo y hacerles reyes junto con su Mesías durante el Milenio, habló a este pobre esclavo, de fuera de Israel, sin ningún futuro, como hablaría a los Suyos.

 ¡Que el lector sepa que este fue un caso de salvación espiritual en el Antiguo Testamento! La persona que confía en el Señor no solamente recibe libertad en esta vida, sino que entra en la salvación eterna. El eunuco no solamente había sido salvado de los enemigos poderosos de Israel que estaban a punto de atacar la ciudad de Jerusalén, sino que también fue salvo de las huestes espirituales de maldad en las regiones celestes; fue librado del príncipe de la potestad del aire y las llamas del infierno. Él confió y creyó, como la ramera Rahab cuando escondió a los espías de Israel. Así también el eunuco dio prueba de su fe al involucrarse en los asuntos de Dios (fíjate en Santiago 2:25). La ramera de Jericó fue puesta en una posición de honor en Israel, contrayendo matrimonio y entrando a formar parte del linaje de los antepasados de David y, en consecuencia, también en el de su Hijo según la carne, recibiendo reconocimiento eterno bajo el Nuevo Testamento.

 La misma fe funciona en el Juicio de las Naciones en Mateo 25:31-46. El Juez puso a las “ovejas espirituales” a Su diestra, separándolas de los “cabritos espirituales”, ya que las “ovejas” habían alimentado a los hermanos del Señor cuando tenían hambre; dieron de beber a Sus sedientos, hospedaron a Sus extranjeros, vistieron a Sus desnudos y visitaron a Sus enfermos y a Sus prisioneros.

 Mientras que los hombres de más autoridad en Israel, junto con su rey, fueron asesinados o llevados cautivos a Babilonia, este extranjero pudo testificar del cumplimiento de la palabra de Dios. El esclavo no tenía que temer a los feroces guerreros de Babilonia. Tenía la promesa de salvación segura de parte del Señor. Su vida fue valiosa en Sus manos y le mantuvo a salvo porque había confiado en Él.

 Ahora estamos inquiriendo en la vida de otro eunuco etíope, un hombre muy importante, que había servido a Candace, la reina de los etíopes. Hace años, escuché a un predicador hacer una interesante observación desde la versión King James Bible (en inglés). Primeramente, donde en la RV60 dice ‘eunuco’ (v. 27), la KJV traduce ‘hombre eunuco’. Así, el predicador mencionó que este ‘hombre’ necesita escuchar el evangelio de ‘algún hombre,’ según la KJV (v.31), donde la RV60 tiene ‘alguno’, que sería Felipe. Entonces, ‘algún hombre’  le hablaría de ‘algún otro Hombre’ (v. 34), donde la RV60 traduce, ‘algún Otro’, de quien escribió el profeta Isaías (53:7-8), que era donde estaba leyendo el eunuco. Para resumir: un ‘hombre’ necesita de ‘algún hombre’ para hablarle de ‘algún otro Hombre’… una buena forma de hablar de la necesidad de evangelizar y presentar a Jesús a los pecadores.

 El Espíritu Santo había separado a este etíope para adorar al verdadero Dios, y venía de Jerusalén, el único lugar al que los no-judíos sabían llegar antes de que existiera el evangelio, si estaban hambrientos de la verdad y la justicia. El eunuco era un prosélito que seguramente estaba regresando de una fiesta sin haber recibido lo que anhelaba su corazón. Aun así, no abandonó su búsqueda y Dios le habló por medio de Su palabra. Del mismo modo, el rey Josías buscó al Señor durante una década, antes de que el libro de la Ley fuese descubierto (fíjate en toda la historia en 2 Crónicas 34:1-3, 8, 14-21). La Biblia comprueba que el mensaje de salvación es predicado a través de las Escrituras. El etíope, en su viaje de regreso a África, iba leyendo en las Escrituras hebreas al profeta Isaías. Y Dios, que vio la condición de su corazón, mandó a Felipe desde Samaria para alcanzarle (v. 28).

 El etíope tenía que saber acerca del Cristo moribundo en una cruz, sufriendo por sus pecados, antes de leer un pasaje que estaba solamente tres capítulos más adelante y que le habló a él, personalmente, de dos maneras: como extranjero y como eunuco. ¿Lo leería después de despedirse de Felipe y antes de llegar a Etiopia? “Y el extranjero que sigue a Jehová no hable diciendo: Me apartará totalmente Jehová de su pueblo. Ni diga el eunuco: He aquí yo soy árbol seco. Porque así dijo Jehová: A los eunucos que guarden mis días de reposo, y escojan lo que yo quiero, y abracen mi pacto, yo les daré lugar en mi casa y dentro de mis muros, y nombre mejor que el de hijos e hijas; nombre perpetuo les daré, que nunca perecerá” (Is. 56:3-5). ¡Qué tremendas promesas para un hombre de fuera de Israel e incapaz de poder formar una familia en el futuro!

 ¿Puedes imaginar el gozo de Felipe al encontrarse con un serio buscador de Dios en un camino fuera de aldeas y ciudades? Desde el principio hasta el fin fue dirigido por Dios; el Espíritu Santo le guio en el último paso de su viaje, diciéndole que se acercara al carro (v. 29). No hubiera sido normal que Felipe, después de haber llegado hasta allí, hubiera pasado por alto al eunuco, así es que corrió al carro y preguntó al extranjero si entendía lo que leía (v. 30). 

 El hombre eunuco necesitaba a alguien con entendimiento espiritual. Los sacerdotes, en Jerusalén, habían perdido el camino y la unción necesaria del Espíritu. Su religión muerta no pudo penetrar en el alma hambrienta de los hombres, pero este judío helenista, Felipe, lleno del Espíritu y sabiduría (Hch. 6:3), tenía la respuesta que buscaba aquel hombre. ¡Felipe fue como un manantial en el desierto para un alma sedienta! El dignatario le dio la bienvenida a su carro, y Felipe entró en el poder del Espíritu Santo para concluir esta cita de parte de Dios (v. 31).

 Felipe contestó a la cuestión sobre “como oveja a la muerte fue llevado… como cordero mudo delante del que lo trasquila, así no  abrió su boca” (v.32). ¿Quién fue quien se humilló para hacerse Hombre, y se humilló aún más “haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”? (Fil. 2:8). ¿Quién fue Aquel, de quien dijo Isaías que “no se le hizo justicia” (v. 33), siendo Justo y muriendo injustamente, para que nosotros, muriendo justamente, fuésemos justificados. ¿Quién murió sin tener una simiente natural, produciendo una generación misteriosa de almas redimidas, que nadie podía contar, porque Su vida fue quitada de la tierra? Él contestó a la pregunta del eunuco: ¿De quién dice el profeta esto; de sí mismo, o de algún otro? (v. 34). El eunuco tenía que saber quién era la Persona (Jesús), porque la obra no podía ser efectiva si el que busca no le conoce. Tenía que saber quién era el Hijo de Dios, concebido en la eternidad, Dios hecho carne, concebido en una virgen; el Señor, el Hijo de David (v. 35).

 Quizás el hombre ya había experimentado el rito judío del bautismo de un prosélito, introduciéndose así en su religión. O quizás Felipe le había informado de la práctica cristiana que da testimonio visible a la obra del nuevo nacimiento, hecha en el corazón. Sea como sea, al descubrir agua el eunuco preguntó si podía bautizarse (v. 36).

 Felipe le expuso el único requisito necesario para el bautismo: “Si crees de todo corazón, bien puedes”. Y hasta el día de hoy, cualquier persona tiene que cumplir con este mismo requisito para un bautismo inmediato. No se requiere de un ministro profesional o especial, en ninguna manera. Cualquier creyente que pueda guiar a un pecador a la salvación, puede bautizarle. ¡No seamos culpables de institucionalizar lo que Dios quiso que sea una manera de vivir!

El Señor tuvo un encuentro con este etíope a través de la obra del nuevo nacimiento. Él creyó en Jesús, el Hijo de Dios, y su gozo reflejaba la satisfacción de su alma (v. 37); una obra interior había sido hecha en la profundidad de su alma. En el momento en el que creyó, ambos descendieron al agua, y el eunuco fue bautizado (v. 38). El hecho de que ambos descendieran y después subieran del agua, comprueba que era necesario que Felipe le sumergiera. Es tan claro que el bautismo es una inmersión (la misma palabra bautismo significa inmersión) que solamente aquel que tenga un argumento que defender lo podría ver de forma diferente. 

 El Espíritu Santo ahorró a Felipe el viaje de regreso: “El Espíritu del Señor arrebató a Felipe” (v. 39). Lo mismo había ocurrido con Elías, y Abdías, el siervo del rey Acab, lo sabía bien (1 R. 18:12), y también lo sabía la escuela de los profetas (2 R. 2:16). El apóstol Pablo fue arrebatado al tercer cielo (2 Co. 12:2 y 4) y nos enseñó en 1 Tesalonicenses 4:17 que un día todos los creyentes serán arrebatados para encontrar al Señor en las nubes.

 En cuanto al etíope, recibió más de lo que había pedido. Su hambre y sed espirituales fueron saciados, y la obra interior produjo en él un gozo inefable. Y así, como un hombre nuevo con un corazón lleno, continuó su viaje hacia África. Él supo que, aunque era extranjero, no estaba fuera de la familia de Dios. El Señor se preocupó tanto por él que le envió a un siervo para enseñarle claramente el evangelio.

 ¿Piensas que ahora él podía callarse sobre su experiencia al volver a Etiopía? Muchos otros casos, desde aquel día hasta el día de hoy, son la prueba de que el silencio es imposible para el nuevo creyente. ¡Un eunuco fue el primer misionero a África (v. 39)! La historia de Hechos es el relato que habla de cómo el evangelio se extendió a muchas tierras.

 El eunuco seguramente proclamó el evangelio en su nación, y Felipe, llevado por Dios a Azoto (heb. Asdod), proclamó el evangelio en esta ciudad de los filisteos, desde donde  continuó su ministerio evangelístico hasta llegar a Cesarea (v. 40). De esta manera, los seres humanos llevan a cabo la voluntad de Dios, pero solamente según el Espíritu Santo les capacita. Me acuerdo de los mandamientos dados a Ezequiel y de cómo los llevó a cabo en el Espíritu Santo. Este es un gran estudio para el creyente:

 Dios manda: “Me dijo: Hijo de hombre, ponte sobre tus pies, y hablaré contigo”.  Ezequiel obedece por el Espíritu Santo: “Entró el Espíritu en mí y me afirmó sobre mis pies, y oí al que me hablaba” (Ez. 2:1-2).

 Dios manda: “Ve y entra a los cautivos, a los hijos de tu pueblo, y háblales y diles: Así ha dicho Jehová el Señor; escuchen, o dejen de escuchar”. Ezequiel obedece por el Espíritu Santo: “Me levantó el Espíritu, y oí detrás de mí una voz de gran estruendo, que decía: Bendita sea la gloria de Jehová desde su lugar. Me levantó, pues, el Espíritu, y me tomó; y fui en amargura, en la indignación de mi espíritu, pero la mano de Jehová era fuerte sobre mí” (Ez 3:11-12,14).

 Dios manda: “Por tanto profetiza contra ellos; profetiza, hijo de hombre”. Ezequiel obedece por el Espíritu Santo: “Vino sobre mí el Espíritu de Jehová, y me dijo: Di: Así ha dicho Jehová: Así habéis hablado, oh casa de Israel, y las cosas que suben a vuestro espíritu, yo las he entendido” (Ez. 11:4-5).

 


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