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| Los creyentes fueron bautizados en agua |
Hechos 8
El evangelio se extiende desde
Jerusalén a Samaria
Capítulo 8:1-3
Una introducción a Saulo de Tarso
1. Y Saulo consentía
en su muerte. En aquel día hubo una gran persecución contra la iglesia que estaba en Jerusalén; y todos fueron esparcidos por las tierras de Judea y de
Samaria, salvo los apóstoles.
2. Y hombres
piadosos llevaron a enterrar a Esteban, e hicieron gran llanto sobre él.
3. Y Saulo asolaba
la iglesia, y entrando casa por casa, arrastraba a hombres y a mujeres, y los
entregaba en la cárcel.
Mencioné en el capítulo 6 la presencia de
judíos helenistas en Jerusalén, quienes hablaban griego, hebreo y varias
lenguas nativas. Por esta razón, quisiera explicar brevemente cómo el griego
llegó a ser muy prominente en todo el Medio Oriente, e incluso en el norte de
África. La Grecia antigua estaba formada por ciudades-Estado que combatieron unas
contra otras, hasta el tiempo moderno en el que se formó un gobierno central. Filipo
II fue un gran conquistador de Macedonia, y desde allí conquistó
otras ciudades de Grecia. Fue asesinado a los 46 años, no pudiendo cumplir sus
ambiciones, pero su hijo, Alejandro Magno, conquistó una gran parte del mundo
conocido. Este murió a los 30 años y tampoco hizo nada para centralizar un
gobierno nacional en Grecia.
El siguiente imperio, Roma, sí lo hizo. Sin
embargo, Roma, una gran potencia militar, no fue fuerte culturalmente, sino que
captó la cultura y religión de Grecia y las esparció por sus muchas colonias.
Los cuatro generales de Alejandro tomaron control de los territorios que él había
conquistado y combatieron uno contra otro; por esta razón también, Grecia nunca
formó un gobierno central fuerte. Sin embargo, los ciudadanos griegos
colonizaron todo el Medio Oriente y, debido a su presencia en estas colonias,
por la influencia de Roma y por las conquistas de Alejandro Magno, la cultura,
religión y lenguaje griegos florecieron dondequiera. Por supuesto, Grecia contaba
con famosos filósofos como Platón, Sócrates y Aristóteles, que continúan siendo
de gran influencia en todo el mundo moderno.
Especialmente, menciono estos hechos históricos
porque son parte del trasfondo del hombre de quien aprenderemos en el capítulo
8: Saulo de Tarso, un judío helenista. El autor del libro de Hechos, Lucas, era
griego y un médico preparado quien, nos dicen los expertos, escribió un griego
de calidad. Él tenía un plan cuidadosamente diseñado al seguir el desarrollo de
la Gran Comisión de Jesús, empezando en Jerusalén.
Después de que mataran a Esteban vino una seria
oposición contra los cristianos. El temor de Dios que había caído sobre la
sociedad de Jerusalén ya no era tan fuerte después de su martirio. El Sanedrín
encarceló a los apóstoles durante una noche en dos ocasiones, y la segunda vez
un ángel les libró. El concilio los encontró enseñando en el templo, los
arrestó una vez más y los azotó. Sin embargo, la población, en general,
guardaba la distancia, porque el poder manifestado y la presencia de Dios entre
los creyentes, refrenó la persecución por temor a las repercusiones
celestiales. Al no haber caído un juicio evidente sobre Jerusalén después de que
Esteban fuese asesinado, los ciudadanos se animaron a tomar pasos más serios en
contra, y Saulo de Tarso estuvo al frente de la persecución.
Lucas demostró que Dios utilizó esta manera
para que el evangelio se esparciera en Judea y alcanzara a Samaria. Este ha
sido un principio que podemos observar muchas veces a lo largo de toda la
historia de la iglesia. La oposición solamente da fuerza al evangelio y le hace
prosperar más que nunca. Por esta razón, empezó la segunda etapa de la Gran
Comisión. Judea, alrededor de Jerusalén, ya fue expuesta al evangelio, porque
aprendimos en el capítulo 5:16 que los enfermos de las ciudades cercanas a
Jerusalén vinieron para ser sanados. Pero ahora, los cristianos, huyendo de la
persecución en Jerusalén se establecieron en Judea y Samaria.
En 7:58, Lucas nos introduce a este joven
hombre, Saulo, porque a partir de ahora tendrá su papel en el plan del libro.
Empieza este capítulo describiéndole como el perseguidor principal de la
iglesia primitiva. Él fue un celoso fariseo fanático, que vino a Jerusalén desde
Tarso, de la provincia romana de Cilicia, para estudiar bajo el rabino,
Gamaliel. La palabra griega para consentía, en el versículo 1, significa
que no solamente estuvo de acuerdo con la ejecución no autorizada de Esteban,
sino que se sintió satisfecho con ella. Algunos piensan que Pablo mismo habló
con Lucas para que dejara constancia por escrito de su gran pecado cometido
contra Esteban, debido a la tristeza y el autodesprecio que sentía por haber
tomado parte en el caso. Muchos años después escribió a la iglesia de los
gálatas de sus ventajas sobre “muchos de mis contemporáneos en mi nación”.
Él fue muy conocido entre los judíos como un candidato al Sanedrín.
La muerte de Esteban no había sido aprobada por
el concilio, sino que fue un incidente espontáneo, impulsado por la ira intensa
del momento, provocada por palabras verdaderas que los asesinos no pudieron soportar.
Su cadáver fue llevado por hombres piadosos que arriesgaron sus vidas, identificándose
con el mártir, y le dieron un entierro decente. Había sido un diácono de la
iglesia y muy amado por los creyentes. Fue activo y fiel en predicar el
evangelio en Jerusalén y, por eso, su muerte causó mucho dolor. En cuanto a
Esteban mismo, todo el sufrimiento y el dolor se acabaron, porque empezó a
gozarse en la presencia de Jesús (v. 2).
Saulo fue uno de aquellos sobre quien Cristo
avisó a Sus seguidores: “Y aun viene la hora cuando cualquiera que os mate,
pensará que rinde servicio a Dios” (Jn. 16:2). Saulo pensaba que tenía una
responsabilidad personal de eliminar el cristianismo, porque lo veía como una amenaza
a la religión judaica. Condujo el ataque contra ellos, entrando en las casas y
encarcelando a hombres y mujeres (v. 3).
Capítulo 8:4-15
La proclamación del evangelio en
Samaria
4.
Pero los que
fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio.
5.
Entonces
Felipe, descendiendo a la ciudad de Samaria, les predicaba a Cristo.
6.
Y la gente, unánime,
escuchaba atentamente las cosas que decía Felipe, oyendo y viendo las señales
que hacía.
7.
Porque de
muchos que tenían espíritus inmundos, salían éstos dando grandes
voces; y muchos paralíticos y cojos eran sanados;
8.
así
que había gran gozo en aquella ciudad.
9.
Pero había
un hombre llamado Simón, que antes ejercía la magia en aquella ciudad, y había
engañado a la gente de Samaria, haciéndose pasar por algún grande.
10. A éste oían atentamente todos,
desde el más pequeño hasta el más grande, diciendo: Éste es el gran poder de
Dios.
11. le estaban atentos, porque con sus artes mágicas
les había engañado mucho tiempo.
12. Pero cuando creyeron a Felipe, que anunciaba el
evangelio del reino de Dios y el nombre de Jesucristo, se bautizaban hombres y
mujeres.
13. También creyó Simón
mismo, y habiéndose bautizado, estaba siempre con Felipe; y viendo las señales
y grandes milagros que se hacían, estaba atónito.
14. Cuando los apóstoles que
estaban en Jerusalén oyeron que Samaria había recibido la palabra de Dios,
enviaron allá a Pedro y a Juan;
15. los cuales, habiendo venido, oraron
por ellos para que recibiesen el Espíritu Santo;
Terminando el capítulo 2, escribí sobre la imposibilidad de silenciar a un
creyente verdadero, y puse el ejemplo de dos hombres en Méjico. Los dos fueron
expuestos una sola vez al evangelio, pero creyeron e inmediatamente hablaron a
su familia, amigos y vecinos. Lo mismo pasó cuando la oposición forzó a los
creyentes a abandonar Jerusalén. La característica común a todos fue que “los
que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio”, y los
cristianos, hoy en día, deben demostrar esta misma característica.
Los apóstoles enseñaron a los cristianos en Jerusalén la misma doctrina que
habían escuchado de Jesús, basada directa y totalmente en las Escrituras. Sin
importar el trasfondo o la religión de las personas alcanzadas, tienen que
conocer el evangelio verdadero, tal y como la palabra escrita de Dios lo
enseña. No hay otro evangelio y no hay ninguna otra fuente. El apóstol Pedro
mismo nos dio ejemplos en el capítulo 2, refiriéndose al profeta Joel y los
Salmos, declarando después, en el capítulo 3: “Dios ha
cumplido así lo que había
antes anunciado por boca de todos sus profetas” (v.18).
¿Y por qué
tiene que ser así? Porque el oyente tiene que saber que el mensaje es predicado
bajo la autoridad del Creador y Gobernante del universo. Estamos tratando
asuntos de vida y condenación eternas. Por la misma razón, tenemos que
presentar la ley de Dios al pecador. No es suficiente presentar lo correcto o
lo incorrecto, según lo que pensamos nosotros o lo que piensan ellos. Tenemos
que distraerles de pensamientos humanos para poder presentar un mensaje de
autoridad absoluta. Ellos tienen que saber que han vivido una vida contraria a
la ley de Dios, que le han ofendido por hacerlo, y que son culpables ante el
Legislador del universo. Él es el único que puede remediar esta ofensa condenatoria.
Los cristianos que huyeron de la persecución en Jerusalén, “iban
por todas partes anunciando el evangelio” (v.
4).
Pedro se estaba refiriendo al principio de la
rebelión contra el Creador, cuando dijo al pueblo que habían crucificado al
Prometido, predicho en la Escritura, enviado por Dios a la tierra. Estamos
presentando otra cosa que no es el evangelio, al hablar de una solución a los
problemas de la vida, una manera de escapar del dilema en que han caído por su
propia culpa, u ofrecer ayuda para alcanzar sus metas. Estos temas se oyen muchas veces en el
evangelismo moderno, pero el principal problema de la gente es ¡una enemistad
contra el Dios omnipotente!
En el versículo 5, Lucas habla de la
experiencia de Felipe (no el apóstol, sino otro de los siete diáconos), que fue
otro judío helenista. Seguiremos aprendiendo de él y de su evangelización al
primer creyente africano. Más adelante veremos que se estableció en la ciudad
de Cesarea, donde Pablo le visitó.
Felipe tuvo un llamamiento de evangelista, y
tenía cuatro hijas que cumplieron la profecía de Joel, siendo profetisas (Hch.
21:9). De ellas aprendemos que el don de profecía continuó en la iglesia del
Nuevo Testamento, involucrando tanto a hombres como a mujeres. Aprenderemos
mucho más sobre este don en la primera carta de Pablo a los corintios,
comprobando que el don continúa hasta ahora como una parte de la enseñanza del
Nuevo Testamento (1 Corintios, capítulos 12 y 14). Escribiremos específicamente
de esto al llegar al capítulo 21.
Felipe predicó acerca del Mesías prometido a
los samaritanos, una raza de sangre mixta y un lenguaje corrompido, despreciada
por los judíos en Judea. Hemos aprendido que los judíos tenían a los galileos en
muy baja estima, pero no había otra gente más aborrecida por ellos que los
samaritanos. Leyendo los cuatro Evangelios vemos que su odio es muy evidente,
pero la historia empieza más atrás, en el Antiguo Testamento.
Los samaritanos se originaron después de que
los asirios conquistaran a Israel en el norte; según la costumbre de aquel día,
después de que el emperador de Asiria conquistara a la nación, llevó a los
judíos cautivos fuera de su patria, a Asiria. Puedes estudiar toda la historia
en 2 Reyes 17:6-41, pero ahora veremos solo el versículo 6: “El rey de
Asiria tomó Samaria, y
llevó a Israel cautivo a Asiria, y los puso en Halah, en Habor junto al río
Gozán, y en las ciudades de los medos”. Después, desde los versículos 7 hasta
el 18, la Palabra de Dios nos habla del porqué les permitió perder su patria. Habla
de una idolatría que los llevó a la depravación de sacrificar a sus propios
hijos en el fuego a los dioses paganos. Practicaron la brujería y se entregaron
al pecado, en general, contra Dios.
Ahora citaremos
el versículo 24, donde habla de la entrada de extranjeros para reemplazar a los
israelitas en la tierra: “Trajo el rey de Asiria gente de Babilonia, de Cuta, de Ava, de Hamat y
de Sefarvaim, y los puso en las ciudades de Samaria, en lugar de los hijos de
Israel; y poseyeron a Samaria, y habitaron en sus ciudades”. Debido a la falta de temor de Dios esta
gente cayó bajo Su maldición, y el rey de Asiria mandó de nuevo a Israel a sacerdotes
judíos para enseñar los caminos de Dios a los nuevos habitantes. El capítulo
termina con la siguiente declaración: “Así temieron a
Jehová aquellas gentes, y al mismo tiempo sirvieron a sus ídolos; y también sus
hijos y sus nietos, según como hicieron sus padres, así hacen hasta hoy”.
Estos judíos de
sangre mixta, con un lenguaje y una religión corruptos, fueron llamados samaritanos,
y el territorio que ocupaban fue llamado: “Galilea de los gentiles” (Is. 9:1-2). Se opusieron a Nehemías cuando fue a reconstruir
Jerusalén: “Habló
(Sanbalat) delante de sus hermanos y del ejército de Samaria, y dijo: ¿Qué
hacen estos débiles judíos? Esta historia proporciona el trasfondo de la
enemistad entre los judíos y los samaritanos.
La ciudad de
Samaria ya no existía en el tiempo del libro de los Hechos, pero aquel
territorio fue visitado por Jesús. Antes de Su día, los samaritanos adoraban en
el monte Gerizim, y Jesús fue a Sicar, en Samaria, para evangelizarles (Jn. 4).
Muchos creyeron en Él como “el Salvador
del mundo, el Cristo” (Jn. 4:42). El
evangelio experimentó un avivamiento bajo el ministerio milagroso de Felipe (v.
6), el diácono, no el apóstol. Gente poseída por demonios fueron liberados, y
el texto menciona que paralíticos fueron sanados, específicamente. El evangelio
vino a liberar a la gente de las ataduras sobrenaturales de los demonios (v.
7). Una característica del Reino de Dios es el gozo, el cual reinaba en
Samaria en esos días (v. 8)… “Porque el reino de Dios no es comida ni
bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo” (Ro.
14:17).
La iglesia
primitiva no dio clases sobre el bautismo, ni tampoco examinaban a los nuevos
conversos para ver si eran dignos de ser bautizados. Los tres mil de Hechos 2
fueron bautizados inmediatamente y, como entiendo yo, los que profesaron a
Cristo fueron bautizados el mismo día, en el libro de los Hechos (Hch. 2:41). Hubo
un hechicero entre los que fueron atraídos al evangelio, un hombre que había
engañado a la población samaritana (v. 9). Por supuesto, no hubo discernimiento
entre los incrédulos, que erraron al creer en su poder como algo de Dios (v.
10). En el pasado, había tenido gran influencia sobre el pueblo, utilizando
Satanás su poder para mantener a los samaritanos en sus garras.
Un pequeño
inciso para referirme al falso profeta de los últimos tiempos, que apoyará al
Anticristo, siendo él poseído por el diablo (Ap. 13:4). El falso profeta
conducirá a todo el mundo a la adoración del Anticristo, por medio de señales
sobrenaturales (Ap. 13:11-18). Los milagros pueden ser engañosos, y no son pruebas
de que el ministerio de una persona sea legítimo… ¡Cuidado, cristiano! (v. 11).
El versículo 12
empieza con una palabra que muchas veces es maravillosa: pero. Esta
palabra muchas veces transforma un pasado engañado en un futuro brillante de
fe. El engaño de Satanás termina cuando el evangelio es proclamado y recibido. El
árbitro de autoridad para el cristiano, en todas las cuestiones, es la Biblia,
el mensaje que “anunciaba el evangelio del reino de Dios y el nombre de
Jesucristo”. El pueblo creyó y fue bautizado.
El hechicero
también “creyó”, algo que nos puede dejar un poco confusos porque, no en todos los
casos un “creyente” alcanza la nueva
vida en Cristo. Solo Dios conoce el corazón, y este hombre ciertamente no era
una nueva criatura, como veremos al continuar este estudio. Como Cristo enseñó
por parábolas, el enemigo siembra cizaña entre el trigo, esconde levadura en la
masa y los peces malos están en la misma red que los buenos. Aparentemente incluso
la luz que tenía el evangelista del Nuevo Testamento no discernió la
hipocresía, pero Felipe bautizó, según la practica en la iglesia, por la
confesión propia de fe. El poder de Dios manifestado en Felipe asombró al
hechicero, porque un poder sobrenatural formó una gran parte de su oscuro pasado
(v. 13).
Yo creo que el
libro de Hechos enseña el “bautismo de creyentes”, y la instrucción
clara de la Escritura enseña que uno tiene que ser salvo primero, antes de
bautizarse. Hay otras opiniones, expresadas por algunos creyentes, pero ninguna
de ellas puede ser comprobada por la Biblia. Supongo que todos estamos
familiarizados con “el bautismo de infantes”, pero quizás sabemos menos
de “bautismos de casa o familia”. Tal opinión se basa en los relatos de
Lucas 19:9, Hechos 16:15, 33 y 1 Corintios 1:16. Sin embargo, ninguno de estos
versículos sugiere que los incrédulos o los infantes fueron bautizados. De
hecho, Hechos 16:32 cuenta que Pablo y Silas hablaron la palabra al carcelero y
“a todos los que estaban en su casa”,
y en 16:34: “Se regocijó
con toda su casa de haber creído a Dios”. Toda su familia creyó el evangelio; en
este caso, está claro que los que se bautizaron eran todos creyentes. Ya que la
Biblia no nos dice que hubo infantes o incrédulos en las casas, no tenemos una
razón para asumir que sí había.
La iglesia debe
seguir, en todos los siglos y en el futuro, las prácticas del libro de los
Hechos, por eso veremos que además de creer y ser bautizado, hay algo más que
cada creyente debe experimentar; fue la experiencia de los discípulos de Cristo
en el Pentecostés. Los apóstoles se quedaron en Jerusalén cuando los creyentes
se esparcieron, y dieron cuenta del mover de Dios en Samaria. Se pusieron de
acuerdo entre ellos para mandar a Pedro y a Juan a Samaria, con un propósito
específico (v. 14).
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| Los creyentes fueron bautizados en el Espíritu |
Lucas usó el
término: “recibir el Espíritu Santo”, por todo este libro,
significando que las personas tenían que recibir el Espíritu Santo igual que
los discípulos en el Pentecostés, lo que Juan Bautista expresó, diciendo que
Jesús bautizaría “en Espíritu Santo y fuego” (Mt. 3:11, Mc. 1:8, Lc.
3:16, Jn. 1:33). En Lucas 24:49, Jesús mandó que Sus discípulos se quedaran “en
la ciudad de Jerusalén,
hasta que seáis investidos de poder desde lo alto”, y en Hechos 1:8, Él dijo que recibirían
poder para ser testigos. Por eso, el bautismo en el Espíritu Santo fue y es
una experiencia por la cual recibir poder por el Espíritu.
Jesús sopló sobre Sus discípulos antes de
ascender al cielo, y dijo: “Recibid el Espíritu Santo” (Jn. 20:22); obviamente,
esto fue lo que pasó. Pablo nos da doctrina muy clara en Romanos 8:9 que
“si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él”, y añade en el versículo
14, que los que nacen en la familia de Dios “son guiados por el Espíritu
de Dios” y “son hijos de Dios”. En el versículo 16 enseña que el
Espíritu que habita en la persona “da testimonio a
nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios”. Debemos
añadir a la doctrina de Pablo las palabras del apóstol Juan en su Evangelio,
capítulo 1, versículo 12: “A todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio
potestad de ser hechos hijos de Dios”.
La conclusión de esta enseñanza es que creer en
Su nombre es ser hijos de Dios. Son Suyos, y si son Suyos, tienen el Espíritu y
son conducidos por el Espíritu. No hay otra manera de interpretar esta
doctrina, sino decir que cada creyente verdadero tiene el Espíritu Santo. Sin embargo,
recibirle en la manera que Lucas demuestra, desde el día de Pentecostés hasta
ahora, es por ser sumergidos en Su
presencia, con el propósito de servir de forma sobrenatural en el reino de
Dios. Los samaritanos fueron creyentes bautizados en agua, pero los apóstoles
vieron que era necesario algo más. Enviaron a Pedro y a Juan para orar por los
creyentes, para que “recibiesen el Espíritu Santo” para que les llenara
de poder (v. 15).
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