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Lowell Brueckner

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Mensaje a judíos y gentiles

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Ruinas de Antioquia, Pisidia

CAPÍTULO 13 (parte 2)

 

En la sinagoga de Antioquía, Pisidia

 27.  Porque los habitantes de Jerusalén y sus gobernantes, no conociendo a Jesús, ni las palabras de los profetas que se leen todos los días de reposo, las cumplieron al condenarle. 

28.  Y sin hallar en él causa digna de muerte, pidieron a Pilato que se le matase. 

29.  Y habiendo cumplido todas las cosas que de él estaban escritas, quitándolo del madero, lo pusieron en el sepulcro. 

30.  Mas Dios le levantó de los muertos. 

31.  Y él se apareció durante muchos días a los que habían subido juntamente con él de Galilea a Jerusalén, los cuales ahora son sus testigos ante el pueblo. 

32.  Y nosotros también os anunciamos el evangelio de aquella promesa hecha a nuestros padres, 

33.  la cual Dios ha cumplido a los hijos de ellos, a nosotros, resucitando a Jesús; como está escrito también en el salmo segundo: Mi hijo eres tú, yo te he engendrado hoy. 

34.  Y en cuanto a que le levantó de los muertos para nunca más volver a corrupción, lo dijo así: Os daré las misericordias fieles de David. 

35.  Por eso dice también en otro salmo: No permitirás que tu Santo vea corrupción. 

36.  Porque a la verdad David, habiendo servido a su propia generación según la voluntad de Dios, durmió, y fue reunido con sus padres, y vio corrupción. 

37.  Mas aquel a quien Dios levantó, no vio corrupción. 

38.  Sabed, pues, esto, varones hermanos: que por medio de él se os anuncia perdón de pecados, 

39.  y que de todo aquello de que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en él es justificado todo aquel que cree. 

40.  Mirad, pues, que no venga sobre vosotros lo que está dicho en los profetas: 

41.  Mirad, oh menospreciadores, y asombraos, y desapareced; Porque yo hago una obra en vuestros días, Obra que no creeréis, si alguien os la contare.  

Nos reunimos nuevamente con Pablo en la sinagoga judía de Antioquía de Pisidia, donde lo dejamos en el artículo anterior. Allí acusó a los principales líderes judíos de Jerusalén, afirmando que no conocían verdaderamente a Dios ni comprendían a sus propios profetas. En el artículo anterior aprendimos que los libros de los profetas se leían cada sábado en todas las sinagogas. Sin embargo, Pablo sabía muy bien, por experiencia propia, que esos escritos eran mal interpretados.

 Sus propias Escrituras, que estudiaban habitualmente, daban testimonio contra ellos; aun así, los judíos condenaron a su Mesías, de quien los profetas habían hablado de antemano (v. 27). Su adoración a Dios se había corrompido y convertido en una religión muerta, y se rebelaron contra Aquel a quien decían servir. Esto no ocurrió solo en el caso de los judíos, sino que se ha repetido a lo largo de la historia por medio de hipócritas religiosos. Los judíos en Jerusalén acudieron al gobernador romano, a quien ellos despreciaban. Sin embargo, por su mayor odio hacia Dios, dependieron de una Roma pagana para que los ayudara a imponer la pena de muerte requerida por la ley romana. Aun así, no tenían ninguna acusación razonable ni legal que presentar ante Poncio Pilato (v. 28). Jesús confirmó así el cumplimiento de la profecía del salmista: “Sin causa me aborrecieron” (Juan 15:25 del Salmo 69:4). 

Pablo y Bernabé enviados

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Primer viaje misionero (pulsar para hacer grande)  

 

La nueva Iglesia de Antioquía

1.      Había entonces en la iglesia que estaba en Antioquía, profetas y maestros: Bernabé, Simón el que se llamaba Niger, Lucio de Cirene, Manaén el que se había criado junto con Herodes el tetrarca, y Saulo.

       2. Ministrando éstos al Señor, y ayunando, dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado.

3.      Entonces, habiendo ayunado y orado, les impusieron las manos y los despidieron.

En el capítulo 11 de Hechos, aprendimos sobre el inicio de la iglesia en Antioquía. Lucas explicaba que, después del martirio de Esteban, comenzó una persecución en Jerusalén. Como resultado, algunos cristianos se dispersaron y llegaron a Antioquía, donde predicaban únicamente a los judíos (Hch. 11:19). Sin embargo, después de la experiencia de Pedro en Cesarea con el centurión Cornelio, hubo un gran avance. Algunos evangelistas de la isla de Chipre y de la región africana de Cirene comenzaron a predicar también a los gentiles que hablaban griego en Antioquía (Hch. 11:20). Lucas relata que un gran número de gentiles creyó en el Señor (Hch. 11:21). Así comenzó la historia de la iglesia en Antioquía, después de la salvación tanto de judíos y como de gentiles.

 Hemos aprendido que Bernabé fue enviado desde Jerusalén a Antioquía (Hch. 11:22). Allí animó a los nuevos creyentes (Hch. 11:23) y, por medio de su evangelismo ungido, muchos más fueron añadidos a la iglesia de Antioquía (Hch. 11:24). Seguidamente, Bernabé fue a Tarso en busca de Saulo, ya que esa era su ciudad natal (Hch. 11:25). Saulo se unió a él, y juntos trabajaron en la edificación de la iglesia en Antioquía (Hch. 11:26). En el último versículo del capítulo 11, supimos que habían viajado desde Antioquía a Jerusalén para llevar una ofrenda a los creyentes de allí (Hch. 11:30). Luego regresaron a Antioquía y llevaron con ellos a Juan Marcos, quien era sobrino de Bernabé. María, la madre de Marcos, probablemente era hermana de Bernabé, ya que no se menciona a su padre en el relato (Hch. 12:25).

 Además de Bernabé y Saulo, también llegaron a Antioquía algunos profetas desde Jerusalén (Hch. 11:27). El primer versículo de este capítulo 13 menciona también a Simón Niger, Lucio de Cirene (posiblemente uno de los que antes había evangelizado en Antioquía, Hch.11:20), y Manaén. Curiosamente, este había sido alguien cercano a Herodes Antipas, quien mandó matar a Juan Bautista y participó junto con Pilato en el juicio de Cristo. Pero Manaén ahora es un cristiano y líder en la iglesia de Antioquía, junto con los otros cuatro que eran profetas y maestros. Este pasaje también muestra que la profecía era un ministerio activo en la iglesia del Nuevo Testamento, formada tanto por judíos como por gentiles (ve también Hch. 2: 17-18; 1 Co. 14:1; Ef. 4:11-12).