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| Ruinas de Antioquia, Pisidia |
CAPÍTULO 13 (parte 2)
En la sinagoga de Antioquía,
Pisidia
27. Porque los
habitantes de Jerusalén y sus gobernantes, no conociendo a Jesús, ni
las palabras de los profetas que se leen todos los días de reposo, las
cumplieron al condenarle.
28. Y sin hallar en
él causa digna de muerte, pidieron a Pilato que se
le matase.
29. Y habiendo
cumplido todas las cosas que de él estaban escritas,
quitándolo del madero, lo pusieron en el sepulcro.
30. Mas Dios le
levantó de los muertos.
31. Y él se apareció
durante muchos días a los que habían subido juntamente con él de Galilea a
Jerusalén, los cuales ahora son sus testigos ante el pueblo.
32. Y nosotros
también os anunciamos el evangelio de aquella promesa
hecha a nuestros padres,
33. la cual Dios ha
cumplido a los hijos de ellos, a nosotros, resucitando a Jesús; como está
escrito también en el salmo segundo: Mi hijo eres tú, yo te he engendrado
hoy.
34. Y en cuanto a
que le levantó de los muertos para nunca más volver a
corrupción, lo dijo así: Os daré las misericordias fieles de David.
35. Por eso dice
también en otro salmo: No permitirás que tu Santo vea
corrupción.
36. Porque a la
verdad David, habiendo servido a su propia generación según la
voluntad de Dios, durmió, y fue reunido con sus padres, y vio corrupción.
37. Mas aquel a
quien Dios levantó, no vio corrupción.
38. Sabed, pues,
esto, varones hermanos: que por medio de él se os
anuncia perdón de pecados,
39. y que de todo
aquello de que por la ley de Moisés no pudisteis ser
justificados, en él es justificado todo aquel que cree.
40. Mirad, pues,
que no venga sobre vosotros lo que está dicho en los
profetas:
41. Mirad, oh
menospreciadores, y asombraos, y desapareced; Porque yo hago una obra en
vuestros días, Obra que no creeréis, si alguien os la
contare.
Nos reunimos
nuevamente con Pablo en la sinagoga judía de Antioquía de Pisidia, donde lo
dejamos en el artículo anterior. Allí acusó a los principales líderes judíos de Jerusalén,
afirmando que no conocían verdaderamente a Dios ni comprendían a sus propios
profetas. En el artículo
anterior aprendimos que los libros de los profetas se leían cada sábado en
todas las sinagogas. Sin embargo, Pablo sabía muy bien, por experiencia propia,
que esos escritos eran mal interpretados.
Sus propias
Escrituras, que estudiaban habitualmente, daban testimonio contra ellos; aun
así, los judíos condenaron a su Mesías, de quien los profetas habían hablado de
antemano (v. 27). Su adoración a Dios se había corrompido y convertido en una
religión muerta, y se rebelaron contra Aquel a quien decían servir. Esto no
ocurrió solo en el caso de los judíos, sino que se ha repetido a lo largo de la
historia por medio de hipócritas religiosos. Los judíos en Jerusalén
acudieron al gobernador romano, a quien ellos despreciaban. Sin embargo, por
su mayor odio hacia Dios, dependieron de una Roma pagana para que los ayudara a
imponer la pena de muerte requerida por la ley romana. Aun así, no tenían
ninguna acusación razonable ni legal que presentar ante Poncio Pilato (v. 28).
Jesús confirmó así el cumplimiento de la profecía del salmista: “Sin causa
me aborrecieron” (Juan 15:25 del Salmo 69:4).
Nada de esta
oposición detuvo los propósitos eternos de Dios; solo trajo condenación sobre
ellos mismos. Todos los hechos ocurridos en Jerusalén cumplieron, sin que ellos
lo supieran, la profecía del Antiguo Testamento. Dos de ellos, José de Arimatea
y Nicodemo, quienes ya eran creyentes arrepentidos, bajaron a Jesús de la cruz
(v. 29). Luego lo pusieron en la tumba de José, la cual, creo, él había
preparado con ese propósito, porque comprendió Daniel 9:26: “Después de las sesenta y dos semanas (semanas de años…
7 x 62 o 434 años) se quitará la vida al Mesías, mas no por sí”. José
vio que esta profecía se cumplía precisamente aquel mismo año.
En el versículo 30
se encuentra una de las famosas declaraciones “mas Dios”, que transforma
en vanidad todos los esfuerzos del hombre y todas las obras del enemigo. Este
versículo, junto con los versículos 33, 34, 35, 37 y otros pasajes del Nuevo
Testamento, presenta evidencias de que la resurrección de Cristo fue una obra
trinitaria: Jesús dijo: “Yo pongo mi vida para volverla a tomar” (Jn.
10:17). Romanos 8:11 habla de la obra del Espíritu: “Si el Espíritu de aquel que levantó de los
muertos a Jesús…”. Nuestro texto nos dice que Dios lo
levantó de los muertos, el texto en Juan afirma que Jesús mismo se levantó de
los muertos, y Romanos 8 enseña que el Espíritu Santo le levantó de los
muertos. Todos los galileos que habían subido con Él desde Galilea hasta
Jerusalén dieron testimonio de su resurrección (v. 31). No solo las
profecías lo anunciaban, sino que las Buenas Noticias llegaron como
cumplimiento de las promesas hechas a los judíos acerca de la
resurrección (v. 32). Estas promesas fueron dadas a sus antepasados y acababan de
cumplirse para beneficio de aquella generación. Pablo, como
siempre, basaba el mensaje del evangelio de este capítulo en la Escritura del
Antiguo Testamento, algo esencial en la evangelización. Les presentó una de las
promesas de David en el Salmo 2:7: “Mi hijo eres tú, Yo te engendré hoy”.
El escritor de Hebreos cita este salmo en dos ocasiones: Hebreos 1:5 y Hebreos
5:5 (v. 33).
John Wesley nos ofrece una
explicación sobre la declaración de Cristo como Hijo en esta profecía: “’Mi
hijo eres tú, Yo te engendré hoy’ – Él es el Hijo de Dios desde la eternidad.
Por eso, el significado es: ‘Hoy te he declarado que eres Mi Hijo.’ Como San
Pablo dice en otro lugar (Ro. 1:4) ‘Fue declarado Hijo de Dios con poder… por
la resurrección de entre los muertos.’ Es apropiado y hermoso que Dios diga
haberle engendrado en el día en que lo levantó de entre los muertos, pues
aparece como naciendo de la tierra de nuevo.”
“Las misericordias fieles de David” (v. 34) se refiere a la promesa de Dios a
David en 2 Samuel 7:12-17, especialmente en los versículos 13 y 16: “Yo afirmaré para siempre el trono de su reino” y “Será afirmada tu casa y tu reino para siempre delante
de tu rostro, y tu trono será estable eternamente”. La Escritura también confirma en Hebreos
7 que David tendría un descendiente que reinaría para siempre: “Si a
semejanza de Melquisedec (rey y sacerdote) se levanta un sacerdote
distinto, no constituido conforme a la ley del
mandamiento acerca de la descendencia, sino según el poder de una vida indestructible. Pues se da
testimonio de él:
Tú eres sacerdote para siempre, Según el orden de Melquisedec” (Heb. 7:17, citando Sal. 110:4).
Porque
el Espíritu de Cristo estaba en él, el mismo Espíritu de profecía, David
escribió bajo la inspiración del Espíritu del Mesías en el Salmo 16:10: “No permitirás que tu santo vea corrupción” (v. 35). Pablo estaba diciendo que David
ciertamente murió, fue sepultado y sí experimentó corrupción; por lo tanto
David no podía estar hablando de sí mismo sino de Otro (v. 36). Vimos el mismo
principio en el capítulo 8, cuando el eunuco etíope preguntó a Felipe acerca de
Isaías: “¿De quién dice el profeta esto; de sí mismo, o de algún otro?” (Hch. 8:34).
Estas promesas exigían que
Jesucristo no permaneciera en la tumba (v. 37). A partir de los Salmos, de
Moisés y de Abraham, los apóstoles construyeron su defensa del evangelio en el
libro de Hechos, mostrando que, según las profecías, Jesús debía resucitar de entre
los muertos. Como ya hemos visto, ellos encontraron la verdad de la
resurrección, junto con otros principios eternos sobre el Mesías, en los
primeros capítulos de Hechos (Hch. 2:25-28 de Sal. 16:8-11; Hch. 3:22-23 de Dt.
18:18-19; Hch. 3:25 de Ge. 18:18; Hch. 4:11 de Sal. 118:22).
Por eso, sobre el fundamento firme
de las Escrituras, Jesús de Nazaret es el único Nombre, y “no hay otro nombre bajo el
cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hch. 4:12). Pablo, con toda
la autoridad del cielo, afirmó con absoluta seguridad que predicaba en ese único Nombre, en el cual hay
perdón de pecados (v. 38). Y añadió que solo por la fe en Él puede uno
ser justificado, algo que la ley de Moisés —en la cual habían confiado durante
toda su vida— no podía ofrecer (v. 39). De este modo, una era reemplazada para
dar lugar a la otra. Todos los oyentes en la sinagoga debían tomar una decisión
que cambiaría sus vidas: o recibir la justificación en Cristo, o continuar
confiando en sus obras según la ley de Moisés.
Con aquella amonestación vino un aviso tomado
de las Escrituras (v. 40): que todo aquel que desprecie el mensaje, no solo en
los días de Pablo, sino en cualquier tiempo y lugar, ¡perecerá! Dios proclama
una obra que la fe humana no puede captar, por clara que sea la proclamación.
Pablo cita ahora Habacuc 1:5, donde Dios advierte a los judíos acerca de lo que
haría mediante el ejército caldeo por no escuchar a los profetas. Sin embargo,
ese principio se aplica con aún mayor fuerza a quien desprecia la obra que Dios
ha realizado por medio de Jesús. Es absolutamente necesario que el hombre rinda
su propia capacidad humana a la obra del Espíritu Santo, quien es el único que produce
la fe que viene de Dios por escuchar la palabra de Dios, para poder ser salvo
(v. 41).
Esperanza para los gentiles
42. Cuando salieron
ellos de la sinagoga de los judíos, los gentiles les rogaron
que el siguiente día de reposo les hablasen de estas cosas.
43. Y despedida la
congregación, muchos de los judíos y de los prosélitos
piadosos siguieron a Pablo y a Bernabé, quienes hablándoles, les persuadían a
que perseverasen en la gracia de Dios.
4 4. El siguiente día de reposo se
juntó casi toda la ciudad para oír la palabra de Dios.
45. Pero viendo los
judíos la muchedumbre, se llenaron de celos, y
rebatían lo que Pablo decía, contradiciendo y blasfemando.
46. Entonces Pablo
y Bernabé, hablando con denuedo, dijeron: A vosotros a la
verdad era necesario que se os hablase primero la palabra de Dios; mas puesto
que la desecháis, y no os juzgáis dignos de la vida eterna, he aquí, nos
volvemos a los gentiles.
47. Porque así nos ha
mandado el Señor, diciendo: Te he puesto para luz de los gentiles, A fin de que
seas para salvación hasta lo último de la tierra.
48. Los gentiles,
oyendo esto, se regocijaban y glorificaban la palabra del Señor, y creyeron
todos los que estaban ordenados para vida eterna.
49. Y la palabra
del Señor se difundía por toda aquella provincia.
50. Pero los judíos instigaron
a mujeres piadosas y distinguidas, y a los principales de la ciudad, y
levantaron persecución contra Pablo y Bernabé, y los expulsaron de sus
límites.
51. Ellos entonces,
sacudiendo contra ellos el polvo de sus pies, llegaron a Iconio.
52. Y los discípulos estaban
llenos de gozo y del Espíritu Santo.
Los judíos habían
escuchado el mensaje, y ahora también los gentiles tenían la oportunidad de
oírlo; de hecho, ellos mismos rogaban escuchar las palabras de salvación (v.
42). Después de que la congregación salió de la
sinagoga, muchos judíos y prosélitos serios fueron convencidos y acudieron a
Pablo y Bernabé para recibir más claridad sobre el evangelio. El consejo de los
apóstoles fue que no se conformaran con lo que habían oído, sino que, con
determinación y perseverancia, buscaran a Dios para que siguiera derramando Su
gracia sobre sus vidas. La gracia de Dios era lo que necesitaban, porque por sí
mismos no podían hacer nada (v. 43).
Los judíos en
general no habían previsto la gran respuesta que tuvo la ciudad de Antioquía.
El mensaje del evangelio llegó con el poder del Espíritu Santo y conmovió toda
la ciudad. No solo en la sinagoga el sábado, sino también
durante la semana, en lugares de trabajo y en las casas, el Espíritu Santo
descendía trayendo convicción de la necesidad de un Salvador. Muchas vidas ya
transformadas daban testimonio de una realidad que les impactaba profundamente.
En pocos días, una población despertada buscaba la salvación, y se reunían, no
sabemos dónde, para escuchar el evangelio. No creo que la sinagoga fuera
suficiente grande para albergar tanta gente (v. 44).
El enemigo había
controlado la ciudad durante siglos, y ahora experimentaba una derrota significativa,
al perder a gran parte de su pueblo y ver cómo muchos otros abandonaban sus
antiguos caminos. Hemos visto tanto en los Evangelios como en el libro de los
Hechos que la gente religiosa es más vulnerable a la influencia de espíritus
malos. Una horda de demonios descendía sobre los judíos leales como una nube de
envidia, al ver que grandes multitudes creían en el Señor y se apartaban
de su sistema religioso. Esa reacción estuvo marcada con blasfemias y contradicciones
fanáticas, oponiéndose a las palabras de Pablo (v. 45).
Pablo y Bernabé
respondieron con denuedo, apoyándose en las Escrituras, ya que la oposición
de los judíos requería una protesta santa. Advirtieron que
los propósitos de Dios se estaban cumpliendo en medio del rechazo de Su
misericordia, después de haber enviado a Sus mensajeros a la sinagoga para
ofrecerles salvación. Todos somos pecadores y no merecemos Su gracia,
pero el Señor la concede para que no rechacemos de forma indebida el remedio
para nuestros pecados. La condenación recae sobre quienes responden con rechazo,
trayendo juicio sobre sí mismos. Ahora, dijeron los apóstoles: “Nos volvemos
a los gentiles” (v. 46).
Vemos
la doctrina que Pablo desarrolla en Romanos llevándose a cabo en Antioquía,
como ha ocurrido desde entonces en todo lugar donde el evangelio ha sido
predicado, y como continúa a lo largo del libro de Hechos. “Para hacer
notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con los vasos de misericordia que él
preparó de antemano para gloria, a los cuales
también
ha llamado, esto es, a nosotros, no sólo de los judíos, sino también de los
gentiles” (Ro.
9:23-24). En Romanos 9:25-26, Pablo demuestra que la inclusión de los gentiles
había sido anunciada por el profeta Oseas. Y también explica que la obra de
Dios entre los judíos en Israel, desde entonces, estaría representada por un
remanente, según lo profetizado por Isaías (Ro. 9:27-29).
En
este mensaje al pueblo de Antioquía, Pablo también afirmó, basándose en las
Escrituras, que lo que proclamaba era la verdad. En el versículo 47, citó a
Isaías, profetizando que por medio de Jesús, Israel sería luz para los
gentiles. Lucas, en Hechos, describe claramente esta “transferencia de la luz”.
Los gentiles respondieron felizmente a la verdad, confirmada por muchas Escrituras acerca de su inclusión: “Glorificaban la palabra del Señor”. La
palabra de Dios, y solo la palabra de Dios, nos da a nosotros plena seguridad, igual
que a los que vivieron en los días de Pablo, garantizando nuestra participación
en su Nuevo Pacto. Aquellos que responden con fe a la promesa de Dios y depositan
toda su confianza en ella son “los que estaban
ordenados para vida eterna (v. 48).
En el versículo 49 vemos cómo la palabra del
evangelio se extendió más allá de la ciudad de Antioquía, como un fuego que
avanza sin control humano, impulsado por el Espíritu de Dios sobre toda la
región. La rabia y oposición de hombres y demonios alcanzó su punto máximo, y parte de la población que rechazaba
el mensaje logró expulsar a Pablo y Bernabé de la ciudad. Sin embargo, incluso este hecho sirvió
a los propósitos de Dios, pues llevó a los apóstoles a predicar en otras
regiones (v. 50).
El gesto
de sacudir el polvo de los pies (v. 51), o sacudir los vestidos como en Hechos
18:6, cumple el mandamiento que Cristo dio en los Evangelios sinópticos: Mateo
10:14, Marcos 6:11, Lucas 9:5 y 10:11. Realizaron esta
acción simbólica para dar por concluido el deber que Dios les había encomendado,
quedando libres de
toda responsabilidad. Habían hecho todo lo requerido. Este es un
principio eterno, expresado por Ezequiel 3:19: “Si tú amonestares al impío, y él no se convirtiere de
su impiedad y de su mal camino, él morirá por su maldad, pero tú habrás librado
tu alma”.
Después de esto, Pablo y Bernabé fueron a Iconio.
El fruto de todo lo que había acontecido en
Antioquía de Pisidia fue el gozo… un gozo que proviene del cielo. Pedro lo
describe en su carta: “En quien creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso” (1 Pedro 1:8). En
el versículo 52, ese gozo llegó a los discípulos junto con la plenitud del
Espíritu Santo. No se trata de una alegría terrenal o meramente humana, sino de
algo más profundo, eficaz y poderoso, para todas las circunstancias, buenas y
malas. El gozo es un fruto permanente del Espíritu, tal como Jesús prometió: “Estas cosas os
he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido” (Jn. 15:11).
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| Pulsa para ver en grande |
Pablo
y Bernabé ya no estaban con los discípulos que habían creído en Antioquía, pero
la confianza de las personas de la ciudad no se había puesto en los apóstoles,
sino en Dios. Por eso, permanecieron gozosos en Él, quien seguía presente con
ellos para esta vida y para la eternidad. Pablo escribe a los corintios que su
propósito era predicar y conducirse de tal manera que la fe de sus oyentes no se
apoyara en él, sino en Dios: “Para que vuestra
fe no esté
fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios (1 Co. 2:5). La experiencia de los discípulos en
Antioquía incluía también un bautismo en el Espíritu.
En
cuanto a Pablo y Bernabé, Pablo expresó a los tesalonicenses una verdad sobre
todos los creyentes que llegaron a la fe mediante su ministerio: “¿Cuál es
nuestra esperanza, o gozo, o corona de que me gloríe? ¿No lo sois vosotros,
delante de nuestro Señor Jesucristo, en su venida? Vosotros sois
nuestra gloria y gozo”.
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