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| ¿Cómo puedo ser salvo? |
La llamada a Macedonia
Timoteo de Derbe
1. Después llegó a Derbe y a Listra;
y he aquí, había allí cierto discípulo llamado Timoteo, hijo de una mujer judía
creyente, pero de padre griego;
2. y
daban buen testimonio de él
los hermanos que estaban en Listra y en Iconio.
3. Quiso
Pablo que éste fuese con
él; y tomándole, le circuncidó por causa de los judíos que había en aquellos
lugares; porque todos sabían que su padre era griego.
4. Y
al pasar por las ciudades, les entregaban las ordenanzas que habían acordado los apóstoles y
los ancianos que estaban en Jerusalén, para que las guardasen.
5. Así que las iglesias eran
confirmadas en la fe, y aumentaban en número cada día.
En el capítulo 14 aprendimos de Derbe y Listra, ciudades que visitaron Pablo
y Bernabé en su primer viaje misionero. Ahora, en su segundo viaje, Pablo,
acompañado de Silas, regresa a esas mismas ciudades para visitar a los
creyentes ganados por Cristo en el viaje anterior. En esa región conocieron a
un joven llamado Timoteo de Derbe (aunque algunos piensan que era de Listra). Su
abuela, Loida, y su madre, Eunice, habían creído antes que él y, siendo judías, le
enseñaron las Escrituras desde su niñez. Ve lo que Pablo le escribió en 2 Timoteo 3:15:
“Desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las
cuales te pueden hacer sabio para la salvación
por la fe que es en Cristo Jesús”. Las escrituras del Antiguo
Testamento fueron de gran utilidad para Timoteo, ya que le dieron sabiduría
para encontrar fe en Cristo. Es probable que se haya convertido durante la primera visita de Pablo a
Derbe, donde el evangelio fue recibido con mayor aceptación que en las demás
ciudades cercanas. El padre de Timoteo era griego (v. 1).
Parece que Timoteo fue un discípulo
extraordinario, reconocido por los creyentes más allá de Derbe, en las ciudades
vecinas de Listra e Iconio (v. 2). Pablo procuraba eliminar cualquier ofensa innecesaria para compartir el
evangelio, tanto con judíos como con gentiles. Al ver el potencial de Timoteo,
quiso incorporarlo a su equipo misionero. Sin embargo, antes de hacerlo,
decidió circuncidarlo. Como el padre de Timoteo era griego, muchos judíos
sabían que él no había sido circuncidado. Esto habría creado una barrera para
el ministerio de Timoteo entre los judíos y habría dificultado la evangelización,
tarea que Pablo más tarde le encomendó de manera especial (2 Timoteo 4:5). Si
los judíos sabían que no estaba circuncidado, probablemente no habrían estado
dispuestos a escuchar su mensaje (v. 3).
Por lo que escribió Pablo en sus cartas, es
evidente que la circuncisión no era un requisito para ser cristiano, de hecho,
dijo a los gálatas: “En Cristo Jesús ni la circuncisión
vale nada, ni la incircuncisión, sino una nueva creación”
(Gál. 6:15). Además, Pablo llamó “falsos
hermanos” a quienes insistían en que los creyentes gentiles debían
circuncidarse para ser aceptados por Dios (Gál. 2:4).
Como una enseñanza errónea había surgido desde la
comunidad de Jerusalén y algunos de sus maestros la habían difundido entre las
iglesias de los gentiles, fue necesario distribuir una carta oficial escrita
por los líderes de la iglesia en Jerusalén para aclarar este asunto. En el
judaísmo existían los prosélitos, es decir, gentiles que creían en el Dios de
los judíos. Sin embargo, para ser reconocidos como miembros plenos de la
religión judía, tenían que ser, literalmente, hebreos: debían circuncidarse y
guardar toda la Ley de Moisés. Algunos de aquellos maestros querían imponer
esta misma condición a los creyentes gentiles, exigiendo que se convirtieran en
prosélitos. El cristianismo, sin embargo, no hacía esa demanda. El creyente
gentil no necesitaba convertirse en judío. Lo único que Dios requería de él era
la fe en Jesucristo y una vida de obediencia a su señorío. La carta enviada por
la iglesia de Jerusalén dejaba claro que esos maestros no actuaban bajo su
autorización. De esta manera, se frenó una doctrina que estaba debilitando la
fe de muchos creyentes y, al mismo tiempo, se establecieron restricciones sanas
para apoyar la causa de Cristo en esa región (v. 4).
Cuando
las doctrinas legalistas no encuentran lugar en la iglesia, los creyentes
crecen firmes en una fe basada únicamente en la persona y la obra de
Jesucristo. Como resultado, las iglesias se fortalecen espiritualmente y
experimentan un crecimiento numérico genuino, fruto de la bendición de Dios. La
obra del Señor no se limita, Él obra continuamente, las veinticuatro horas del
día y los siete días de la semana, mientras los creyentes permiten que el
Espíritu Santo actúe libremente en los corazones de las personas. Su ministerio
se extiende más allá de la predicación o un horario estipulado de
reuniones en la iglesia, alcanzando
hogares y lugares de trabajo. Él trata con el corazón de la persona cuando está
en su casa, mientras trabaja o incluso durante la noche, cuando no puede
dormir. En ocasiones, hasta el deseo de comer pasa a un segundo plano, cuando los
pecadores sienten la necesidad de satisfacer el vacio espiritual de su alma y
corazón. Esta es la clase de obra que todo cristiano debe anhelar ver en estos
días y en su comunidad (v. 5).
La llamada macedonia
6. Y
atravesando Frigia y la provincia de Galacia, les fue prohibido por el Espíritu Santo hablar la palabra
en Asia;
7. y
cuando llegaron a Misia, intentaron ir a Bitinia, pero el Espíritu no se lo
permitió.
8. Y
pasando junto a Misia, descendieron a Troas.
9. Y
se le mostró a Pablo una
visión de noche: un varón macedonio estaba en pie, rogándole y diciendo: Pasa a
Macedonia y ayúdanos.
10. Cuando
vio la visión, en seguida
procuramos partir para Macedonia, dando por cierto que Dios nos llamaba para
que les anunciásemos el evangelio.
En
el capítulo anterior vimos que Pablo y su equipo salieron de Antioquía de
Siria, y atravesaron por tierra las regiones de Siria y Cilicia, la provincia
natal de Pablo. En el versículo 1 leemos que llegaron a Derbe y Listra. En
términos actuales, recorrieron gran parte del territorio de la actual Turquía,
desplazándose desde el este hacia el oeste. Más adelante, en el versículo 6,
Pablo y su equipo atravesaron las regiones de Frigia y Galacia e intentaron
entrar en Asia Menor.
En
esta porción veremos que, en la obra evangelística y en las misiones, cada
misionero de Dios debe ser guiado por el Espíritu Santo. Así como Abraham dejó
su tierra sin saber a dónde iba, la Escritura muestra que el pueblo de Dios
debe caminar por fe, confiando en que Él lo guiará conforme a su voluntad. Ya
vimos que Felipe no sabía por qué debía salir de Samaria. Sabía que tenía que
tomar el camino que iba de Jerusalén a Gaza, pero desconocía su destino. No fue
sino hasta que escuchó al eunuco etíope leer el libro de Isaías que comprendió
el propósito de Dios. De igual manera, Pedro no sabía, al salir de Jerusalén
hacia Lida y luego ser llamado a Jope, que el propósito principal de su viaje
era ir a Cesarea para encontrarse con el centurión romano. Allí sería el
primero en predicar el evangelio a una congregación de gentiles.
Sin embargo, en este capítulo encontramos una situación
aún más asombrosa. Personas que salieron de su lugar de origen y cruzaron gran
parte de la actual Turquía sin saber exactamente a dónde los llevaría Dios. Más
sorprendente aún es que, aunque Lucas no menciona que el evangelio hubiera sido
predicado antes en la provincia de Asia, “les fue prohibido por el
Espíritu Santo hablar la palabra en Asia”. Entonces, si la palabra
nunca había sido predicada en allí, ¿por qué Dios no les permitió entrar? ¿Qué aprendemos de esto? Que la necesidad, por sí
sola, no determina dónde debemos o no llevar el evangelio. Debemos permitir que
el Espíritu Santo dirija completamente la obra y guíe al misionero al lugar
donde debe predicar. Lo mismo ocurrió con Bitinia: “El Espíritu no se lo
permitió” (v. 7), aunque era una
región muy necesitada y, hasta donde sabemos, el evangelio aún no había sido
anunciado allí.
Ya habían llegado a Misia, tan lejos como
podían avanzar por tierra en su viaje hacia el poniente, a la ciudad costeña de
Troas (v. 8). Como he dicho antes, cruzaron toda la actual Turquía, de este a
oeste, y ya no podían continuar por tierra. Ninguno de ellos, incluso Pablo,
tenía idea de la misión en la que iban a involucrarse. No era Pablo quien
dirigía, sino el Espíritu Santo.
Llegados a este punto, como ya no podían
proseguir, el Espíritu Santo les dio dirección, conforme al plan celestial. Pablo
tuvo una visión. Toda la misión y actividades de la iglesia primitiva requerían
dirección sobrenatural. Durante la noche, un macedonio se apareció a Pablo y le
rogó: “Pasa a
Macedonia y ayúdanos”.
Veremos que ese era el único lugar a donde debían ir: no a Asia Mejor ni a
Bitinia, sino a Macedonia (v. 9). A lo largo del libro de los Hechos vemos que ¡no
hace falta gente simplemente dispuesta a alcanzar a los perdidos, ni más recursos
económicos o equipos para apoyarla! El problema de las misiones modernas es
encontrar personas que sepan seguir la dirección del Espíritu Santo.
El
equipo de Pablo pudo decir: “Ha parecido bien al Espíritu Santo, y a
nosotros”. No hay duda de que Pablo fue el director de este equipo, pero,
así como el Príncipe del ejército del Señor encontró a Josué al entrar en la
Tierra Prometida (Jos. 5:14), el Espíritu encontró a Pablo y tomó las riendas
que dirigían la misión divina. Pablo recibió la visión, pero lee muy cuidadosamente el versículo
10 para ver quiénes tomaron la decisión sobre la siguiente parte de la jornada.
Indico las palabras importantes en cursiva: “En seguida procuramos partir
para Macedonia, dando por cierto que Dios nos llamaba para que les anunciásemos
el evangelio”. Esta no es la labor de un solo hombre; cada
persona del viaje está involucrada. Aparentemente, en Troas Lucas se unió a
ellos, porque los pronombres ya no son ellos y les, sino nosotros
y nos.
La conversión de Lidia
11. Zarpando,
pues, de Troas, vinimos con rumbo directo a Samotracia, y el día siguiente a
Neápolis;
12. y
de allí a Filipos,
que es la primera ciudad de la provincia de Macedonia, y una colonia; y
estuvimos en aquella ciudad algunos días.
13. Y
un día de reposo
salimos fuera de la puerta, junto al río, donde solía hacerse la oración; y
sentándonos, hablamos a las mujeres que se habían reunido.
14. Entonces
una mujer llamada Lidia, vendedora de púrpura, de la ciudad de Tiatira, que adoraba a
Dios, estaba oyendo; y el Señor abrió el corazón de ella para que estuviese
atenta a lo que Pablo decía.
15. Y
cuando fue bautizada, y su familia, nos rogó diciendo: Si habéis juzgado que yo sea fiel
al Señor, entrad en mi casa, y posad. Y nos obligó a quedarnos.
Empezaremos a ver por qué el Señor estuvo enfocado en Macedonia e insistió en
que Sus siervos fueran allí, porque veremos que había empezado Su obra en esta región.
Desde Troas, el equipo viajó en barco, acompañados por el Dr. Lucas. Pasaron
por una isla habitaba por gente de Samos y Tracia, lógicamente llamada
Samotracia, y muchas de estas personas fueron criminales o fugitivos. Siguieron
hasta el puerto de Neápolis (Nueva Ciudad; v. 11) y luego se adentraron unos 15
km hasta la ciudad de Filipos, una de las principales ciudades de Macedonia,
nombrada en honor al gran conquistador Filipo II, padre de Alejandro el Magno.
En los días de Pablo, Filipos era una colonia romana que gozaba de privilegios
romanos, como la exención de impuestos y la protección contra castigos extremos
para los ciudadanos romanos, como ser azotados. Esta fue la primera oportunidad
de Pablo para predicar a los romanos. Permanecieron allí varios días,
cumpliendo el deseo de Pablo de alcanzar primero al judío en el día de reposo
(v. 12).
Sin embargo, la ciudadanía judía de Filipos no era suficientemente grande como
para tener una sinagoga. No obstante, Pablo supo de una reunión de mujeres judías
junto a un río y salió de la ciudad para reunirse con ellas. Esto nos da una
razón general para la llegada del equipo a Macedonia, porque Dios siempre
responde a la oración de un pueblo hambriento. Los misioneros predicaron el
evangelio a las mujeres que se habían reunido allí (v. 13).
Pronto veremos la segunda razón por la cual el equipo de Pablo fue enviado
a Macedonia y no a Asia Menor o Bitinia. Lidia era una vendedora itinerante de telas
de púrpura, procedente de Tiratira, que había vivido en Filipos por algún tiempo.
Tiratira era conocida por el arte de teñir telas, las cuales eran especialmente
apreciadas por la gente rica. Esto dio a Lidia una buena oportunidad para
comerciar con ellos en Filipos. Dios obraba en su corazón, porque ninguna
persona puede entender el evangelio ni buscar a Dios, a menos que el Espíritu
Santo inicie la obra. Por eso, era el plan del Señor que la predicación del
evangelio completara la obra que ya había comenzado en su corazón. Ella solamente
sabía reunirse con las mujeres judías para orar junto al río, porque buscaba al
Dios de los judíos y lo adoraba como podía. El propósito del Señor era que
escuchara el evangelio predicado por Pablo (v. 14).
No solamente creyó ella, sino que también creyó toda su casa, y confirmaron
su fe mediante el bautismo en agua. Su casa era suficientemente grande para
hospedar a todo el equipo, y les rogó que se quedaran con ella. Su hambre
espiritual era intensa; quería servir a Dios de alguna manera y deseaba tener cerca
de ella a sus embajadores. Esto nos recuerda a Rahab en el Antiguo Testamento,
quien recibió a los espías israelitas y ayudó a cumplir los propósitos de Dios
en Jericó (Josué, capítulo 2). Es probable que Lidia fuera un instrumento para
apoyar la causa del evangelio al volver a Tiratira (v. 15).
Pablo y Silas encarcelados
16. Aconteció que mientras íbamos a la
oración, nos salió al encuentro una muchacha que tenía espíritu de adivinación,
la cual daba gran ganancia a sus amos, adivinando.
17. Ésta, siguiendo a Pablo y a
nosotros, daba voces, diciendo: Estos hombres son siervos del Dios Altísimo,
quienes os anuncian el camino de salvación.
18. Y
esto lo hacía por muchos
días; mas desagradando a Pablo, éste se volvió y dijo al espíritu: Te mando en
el nombre de Jesucristo, que salgas de ella. Y salió en aquella misma
hora.
19. Pero
viendo sus amos que había
salido la esperanza de su ganancia, prendieron a Pablo y a Silas, y los
trajeron al foro, ante las autoridades;
20. y
presentándolos a los
magistrados, dijeron: Estos hombres, siendo judíos, alborotan nuestra
ciudad,
21. y
enseñan costumbres
que no nos es lícito recibir ni hacer, pues somos romanos.
22. Y
se agolpó el pueblo
contra ellos; y los magistrados, rasgándoles las ropas, ordenaron azotarles con
varas.
23. Después de haberles azotado mucho,
los echaron en la cárcel, mandando al carcelero que los guardase con
seguridad.
24. El
cual, recibido este mandato, los metió en el calabozo de más adentro, y les aseguró
los pies en el cepo.
Venimos a otra razón por la cual el Señor quiso que Pablo y los demás fueran
a Macedonia sin demora. Su gran corazón se dolía por las ataduras que oprimían
a una joven esclava. Cuando William Carey fue a India, observó con horror la costumbre
de quemar vivas a las esposas jóvenes junto con los cadáveres de sus esposos.
La tristeza del Señor por ellas era grande y envió a Carey para que fuera
testigo de esa realidad. Con el tiempo, fue usado para acudir al gobierno de la
India y promover una ley que aboliera esa práctica.
Los griegos tenían mujeres llamadas oráculos, poseídas por demonios y
relacionadas con el dios Apolo. La gente noble acudía a ellas para recibir
consejos sobre asuntos de gobierno. Estas mujeres entraban en trance y daban mensajes
que servían a los propósitos del diablo. Su religión, y la religión semejante
de los romanos, con sus múltiples dioses y diosas, eran terriblemente
satánicas. En Filipos había una esclava poseída por un espíritu de adivinación.
Sus amos obtenían mucho dinero por medio de sus poderes espirituales (v. 16).
El equipo de Pablo iba de camino al río para la oración cuando el diablo
intentó manchar el mensaje del evangelio y a sus mensajeros, pretendiendo
promover su causa. Él ha actuado así a lo largo de los siglos y, a menudo, ha tenido
más éxito corrompiendo el evangelio que por medio de sus esfuerzos por oponerse
a él. Eso fue lo que hizo por medio de esta esclava, al anunciar que los
predicadores del evangelio eran “siervos del Dios Altísimo, quienes os
anuncian el camino de salvación”. ¡Cuánto éxito ha tenido por medio de
sectas que han interpretado falsamente la Escritura y han traído condenación en
lugar de salvación, y mentiras en lugar de verdad! En este caso fue
persistente, repitiendo una y otra vez su “promoción”, hasta el punto de que
fue imposible ignorarla (v. 17).
Los extranjeros, de sangre mezclada con la judía, ofrecieron su ayuda para
reedificar el templo. Quisieron colaborar con Zorobabel, del linaje de David, y
con Josué, el sumo sacerdote, pero ellos rechazaron su apoyo (véase Esdras
4:1-3). La obra de Dios tiene que ser edificada por medio del pueblo de Dios, y
los siervos del enemigo no deben intervenir.
Algunos cristianos podrían interpretar que la obra era de Dios, al ver ese
aparente apoyo al evangelio. Sin embargo, Pablo, por medio del don de
discernimiento de espíritus (1 Co. 12:10), se disgustó mucho al observar lo que
estaba sucediendo. Esta es otra prueba de la intervención sobrenatural de Dios
para deshacer los esfuerzos de Satanás, algo que también tenemos que hacer en
la iglesia del siglo XXI. ¿Podemos vencer a nuestro enemigo sobrenatural sin
los dones sobrenaturales del Espíritu? ¿Hay personas poseídas por demonios hoy
en día y debemos librarlas? Todo cristiano debería conocer las respuestas a
estas preguntas. Lucas, quien escribió esta historia, era un médico cristiano y
sabía que el problema de esta joven no era mental ni físico, sino espiritual.
Pablo se volvió y habló al espíritu, no a la joven. No se atrevió a
enfrentar al espíritu enemigo en su propio nombre ni con su propia autoridad, sino
que le ordenó, en el nombre de Jesucristo, que saliera de ella. Ante el nombre
de Jesucristo, el demonio reaccionó, obedeció y salió de ella en esa misma hora
(v. 18).
La joven fue maravillosamente librada, pero sus amos supieron
inmediatamente que ella había perdido el “don” del que se aprovechaban. Su próspero
negocio quedó arruinado, por lo que llevaron a Pablo y a Silas y los
arrastraron al foro, ante las autoridades. En la mayoría de las versiones, la
palabra foro se traduce como mercado. El sistema del mundo es
malo y encuentra su centro en el mercado; allí el reino oscuro de Satanás
influye en la sociedad. Lo hará hasta el fin de los tiempos, cuando el
anticristo y el falso profeta prohibirán que nadie compre ni venda sin dar
lealtad a la bestia, lealtad expresada al recibir la marca o el número de su
nombre, que es 666 (Ap. 13:16-18).

Los amos de la joven llevaron a Pablo y a Silas ante las autoridades, y su
caso fue tratado inmediatamente (v. 19). Su prejuicio era antisemita, y la
primera acusación contra ellos fue que eran judíos. La segunda fue que perturbaban
la paz pública (v. 20). Seguidamente, los acusaron de enseñar costumbres
contrarias a las de la sociedad romana (v. 21) y de perjudicarla. La población
se levantó en protesta, de modo que las autoridades se unieron a la acusación,
rasgaron las ropas de los apóstoles y ordenaron que los azotaran con varas (v.
22).
Fue un abuso de la justicia y un castigo excesivo. Luego los encarcelaron
con instrucciones de mantenerlos bien asegurados (v. 23). En cumplimiento de
esa orden, el carcelero los metió en el calabozo más interior y les sujetó los
pies en el cepo (v. 24).
El carcelero convertido
25. Pero
a medianoche, orando Pablo y Silas, cantaban himnos a Dios; y los presos los oían.
26. Entonces
sobrevino de repente un gran terremoto, de tal manera que los cimientos de la cárcel se sacudían; y al
instante se abrieron todas las puertas, y las cadenas de todos se
soltaron.
27. Despertando
el carcelero, y viendo abiertas las puertas de la cárcel, sacó la espada y se iba a matar,
pensando que los presos habían huido.
28. Mas
Pablo clamó a gran voz,
diciendo: No te hagas ningún mal, pues todos estamos aquí.
29. Él entonces, pidiendo luz, se
precipitó adentro, y temblando, se postró a los pies de Pablo y de Silas;
30. y
sacándolos, les
dijo: Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?
31. Ellos
dijeron: Cree en el Señor
Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa.
32. Y
le hablaron la palabra del Señor
a él y a todos los que estaban en su casa.
33. Y
él, tomándolos
en aquella misma hora de la noche, les lavó las heridas; y en seguida se
bautizó él con todos los suyos.
34. Y
llevándolos a su
casa, les puso la mesa; y se regocijó con toda su casa de haber creído a
Dios.
35. Cuando
fue de día, los
magistrados enviaron alguaciles a decir: Suelta a aquellos hombres.
36. Y
el carcelero hizo saber estas palabras a Pablo: Los magistrados han mandado a
decir que se os suelte; así
que ahora salid, y marchaos en paz.
37. Pero
Pablo les dijo: Después
de azotarnos públicamente sin sentencia judicial, siendo ciudadanos romanos,
nos echaron en la cárcel, ¿y ahora nos echan encubiertamente? No, por cierto,
sino vengan ellos mismos a sacarnos.
38. Y
los alguaciles hicieron saber estas palabras a los magistrados, los cuales
tuvieron miedo al oír
que eran romanos.
39. Y
viniendo, les rogaron; y sacándolos,
les pidieron que salieran de la ciudad.
40. Entonces,
saliendo de la cárcel,
entraron en casa de Lidia, y habiendo visto a los hermanos, los consolaron, y
se fueron.
Ahora llegamos a la razón final por la cual los misioneros recibieron
instrucciones de ir a Macedonia. Filipos fue el epicentro, esa noche, de un
poderoso terremoto, lo suficientemente fuerte como para soltar las cadenas y abrir
las puertas de la cárcel. Para cumplir los propósitos de Dios, no era el momento
de estar en Asia Menor o Bitinia. Humanamente hablando, era la hora más oscura
desde que llegaron a la ciudad. Sin embargo, los apóstoles no están bajo circunstancias
humanas. Era la medianoche y acababan de pasar por un juicio traumático y un
azote excesivo. Aun así, rompieron las tinieblas con cánticos de alabanza a
Dios y con una oración intensa. No mantuvieron su alabanza en privado ni en
silencio, sino que expresaron su adoración en voz alta, de modo que todos los
prisioneros los escucharon (v. 25).
Uno pensaría que un terremoto traería más dolor a su triste condición, pero
de ninguna manera esa era la voluntad de Dios. En Su plan, el terremoto constituyó
el punto culminante de Su obra, después de haber permitido que los apóstoles
fueran detenidos, que las autoridades llevaran a cabo un juicio falso, que
fueran azotados y que pasaran la hora más oscura de la noche en la cárcel. ¡Pero
el poderoso terremoto deshizo todo lo que habían sufrido, al sacudir los
cimientos de la cárcel, soltar las cadenas, abrir las puertas y el cepo, y dar
libertad a todos los cautivos (v. 26)!
Hasta este momento solo hemos visto a mujeres responder al evangelio, pero
ahora todos los prisioneros fueron librados bajo el sistema judicial de Filipo.
En ese momento, la visión macedonia de Pablo fue hecha una realidad. El carcelero despertó
sobresaltado por el terremoto y, al comprender las consecuencias que aquello
tendría para su vida, sacó su espada para suicidarse (v. 27). Pero Pablo intervino de
inmediato y clamó: “¡Todos estamos aquí!” El poder que, por medio del
terremoto, quitó toda represión, también mantuvo a cada criminal impío en su
lugar (v. 28).
El carcelero pidió una luz para poder evaluar la situación y comprobó que
lo que Pablo había dicho era verdad. Puedes imaginar su alivio al encontrar a
todos los prisioneros. Al final, no iba a ser ejecutado y, todavía temblando por
aquella experiencia traumática, cayó a los pies de Pablo y Silas. Los sacó del
calabazo más interior y su pregunta indica que, de alguna manera, había oído el
mensaje del evangelio de salvación. Ahora quería saber qué debía hacer para ser
salvo (v. 30).
La respuesta que recibió fue, en pocas palabras, el sencillo mensaje del evangelio
(v. 31). No había nada que pudiera hacer, sino creer en la persona del Señor
Jesucristo, y sería salvo. La misma respuesta es para cualquier persona que lea
este artículo. Si tu alma tiembla ante la cuestión de tu destino eterno, estás
en la misma posición para recibir esta misma sencilla respuesta: cree en el
Señor Jesucristo, y serás salvo (Ro. 10:17). La respuesta garantiza que Él ya hizo
la obra para tu salvación; ahora te corresponde a ti rendirte a Sus pies y
confiar plenamente en Él.
Debemos notar que la promesa iba más allá de la salvación de un solo
hombre. Dios se preocupaba también por los miembros de su familia y de su casa.
Creo que, en cada caso, Él tiene en cuenta a otras personas además de quien
busca la salvación. Él ve el futuro y piensa en los amigos y familiares que
serán salvos por medio de la vida de una sola persona. También hará lo mismo en
tu caso.
Sin embargo, la respuesta no viene automáticamente. “La fe viene
del oír, y el oír, por la palabra de Cristo” (Ro. 10:17). Cada persona debe
escuchar el evangelio con oídos espirituales; entonces, la Palabra producirá fe
en su corazón. Pablo y Silas predicaron la Palabra a todos los que estaban en
la casa, ampliando lo que ya habían dicho al carcelero (v. 32).
¿Has observado que todos los que recibieron a Jesucristo en el libro de los
Hechos fueron bautizados inmediatamente? Así ocurrió también con el carcelero y
su familia. Aunque había pasado la medianoche y no era una hora conveniente para
bautizarle, salieron y encontraron suficiente agua para hacerlo esa misma
noche. Primero, lavaron las heridas a Pablo y Silas, causadas por los azotes
que habían recibido. El bautismo en agua era lo suficientemente sencillo como
para no requerir largas horas de instrucción, y suficientemente importante como
para obedecer de inmediato el mandamiento de Cristo (v. 33).
Después regresaron a la casa y dieron de comer a los apóstoles; ya debía
ser hora de desayunar. El carcelero, que poco antes había estado presa del
pánico y a punto de suicidarse, ahora estaba regocijándose por su salvación junto
con toda su casa. Debes observar también que nadie fue bautizado sin haber
creído primero. El versículo 34 demuestra claramente que todos habían creído.
El
sol se levantaba sobre un nuevo día y las autoridades habían cambiado de
parecer. El relato no explica la razón, pero decidieron poner en libertad a
Pablo y Silas (v. 35). Cuando el carcelero les comunicó la decisión (v. 36), Pablo
no estuvo nada conforme. La ley romana dejaba claro que se había cometido una
injusticia, especialmente en Filipos, una ciudad libre, donde era ilegal azotar
a un ciudadano romano. Tanto
Pablo como, al parecer, también Silas eran ciudadanos romanos. Además, habían
sido castigados públicamente sin haber recibido un juicio oficial. Por eso, Pablo
exigió que las autoridades fueran personalmente a ponerlos en libertad y reconocieran
su error (v. 38).
Las autoridades estuvieron dispuestas a hacer lo que Pablo les pidió y les pidieron
perdón. Después les rogaron, aunque no les exigieron, que abandonaran Filipos
(v. 39). Pablo y Silas no se apresuraron a salir, sino que primero fueron a la
casa de Lidia, la verdadera y bondadosa adoradora del Señor. Allí se reunieron
con los creyentes, quienes estaban preparados para despedir a Pablo, Silas y su
equipo. Es evidente que el varón de macedonio que Pablo vio en la visión había
recibido la ayuda que pedía y había hallado la salvación. Antes de salir de la
ciudad, los apóstoles animaron una vez más a los hermanos. Aparentemente, Lucas
ya no continuó con ellos (v. 40).
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