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Lowell Brueckner

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Hechos 16

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¿Cómo puedo ser salvo?

 
La llamada a Macedonia

 

Timoteo de Derbe

 1.     Después llegó a Derbe y a Listra; y he aquí, había allí cierto discípulo llamado Timoteo, hijo de una mujer judía creyente, pero de padre griego; 

2.     y daban buen testimonio de él los hermanos que estaban en Listra y en Iconio. 

3.     Quiso Pablo que éste fuese con él; y tomándole, le circuncidó por causa de los judíos que había en aquellos lugares; porque todos sabían que su padre era griego. 

4.     Y al pasar por las ciudades, les entregaban las ordenanzas que habían acordado los apóstoles y los ancianos que estaban en Jerusalén, para que las guardasen. 

5.     Así que las iglesias eran confirmadas en la fe, y aumentaban en número cada día. 

 En el capítulo 14 aprendimos de Derbe y Listra, ciudades que visitaron Pablo y Bernabé en su primer viaje misionero. Ahora, en su segundo viaje, Pablo, acompañado de Silas, regresa a esas mismas ciudades para visitar a los creyentes ganados por Cristo en el viaje anterior. En esa región conocieron a un joven llamado Timoteo de Derbe (aunque algunos piensan que era de Listra). Su abuela, Loida, y su madre, Eunice, habían creído antes que él y, siendo judías, le enseñaron las Escrituras desde su niñez. Ve lo que Pablo le escribió en 2 Timoteo 3:15: “Desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús”. Las escrituras del Antiguo Testamento fueron de gran utilidad para Timoteo, ya que le dieron sabiduría para encontrar fe en Cristo. Es probable que se haya convertido durante la primera visita de Pablo a Derbe, donde el evangelio fue recibido con mayor aceptación que en las demás ciudades cercanas. El padre de Timoteo era griego (v. 1).

 Parece que Timoteo fue un discípulo extraordinario, reconocido por los creyentes más allá de Derbe, en las ciudades vecinas de Listra e Iconio (v. 2). Pablo procuraba eliminar cualquier ofensa innecesaria para compartir el evangelio, tanto con judíos como con gentiles. Al ver el potencial de Timoteo, quiso incorporarlo a su equipo misionero. Sin embargo, antes de hacerlo, decidió circuncidarlo. Como el padre de Timoteo era griego, muchos judíos sabían que él no había sido circuncidado. Esto habría creado una barrera para el ministerio de Timoteo entre los judíos y habría dificultado la evangelización, tarea que Pablo más tarde le encomendó de manera especial (2 Timoteo 4:5). Si los judíos sabían que no estaba circuncidado, probablemente no habrían estado dispuestos a escuchar su mensaje (v. 3).

 Por lo que escribió Pablo en sus cartas, es evidente que la circuncisión no era un requisito para ser cristiano, de hecho, dijo a los gálatas: “En Cristo Jesús ni la circuncisión vale nada, ni la incircuncisión, sino una nueva creación” (Gál. 6:15). Además, Pablo llamó “falsos hermanos” a quienes insistían en que los creyentes gentiles debían circuncidarse para ser aceptados por Dios (Gál. 2:4).

Como una enseñanza errónea había surgido desde la comunidad de Jerusalén y algunos de sus maestros la habían difundido entre las iglesias de los gentiles, fue necesario distribuir una carta oficial escrita por los líderes de la iglesia en Jerusalén para aclarar este asunto. En el judaísmo existían los prosélitos, es decir, gentiles que creían en el Dios de los judíos. Sin embargo, para ser reconocidos como miembros plenos de la religión judía, tenían que ser, literalmente, hebreos: debían circuncidarse y guardar toda la Ley de Moisés. Algunos de aquellos maestros querían imponer esta misma condición a los creyentes gentiles, exigiendo que se convirtieran en prosélitos. El cristianismo, sin embargo, no hacía esa demanda. El creyente gentil no necesitaba convertirse en judío. Lo único que Dios requería de él era la fe en Jesucristo y una vida de obediencia a su señorío. La carta enviada por la iglesia de Jerusalén dejaba claro que esos maestros no actuaban bajo su autorización. De esta manera, se frenó una doctrina que estaba debilitando la fe de muchos creyentes y, al mismo tiempo, se establecieron restricciones sanas para apoyar la causa de Cristo en esa región (v. 4).

Cuando las doctrinas legalistas no encuentran lugar en la iglesia, los creyentes crecen firmes en una fe basada únicamente en la persona y la obra de Jesucristo. Como resultado, las iglesias se fortalecen espiritualmente y experimentan un crecimiento numérico genuino, fruto de la bendición de Dios. La obra del Señor no se limita, Él obra continuamente, las veinticuatro horas del día y los siete días de la semana, mientras los creyentes permiten que el Espíritu Santo actúe libremente en los corazones de las personas. Su ministerio se extiende más allá de la predicación o un horario estipulado de reuniones en la iglesia, alcanzando hogares y lugares de trabajo. Él trata con el corazón de la persona cuando está en su casa, mientras trabaja o incluso durante la noche, cuando no puede dormir. En ocasiones, hasta el deseo de comer pasa a un segundo plano, cuando los pecadores sienten la necesidad de satisfacer el vacio espiritual de su alma y corazón. Esta es la clase de obra que todo cristiano debe anhelar ver en estos días y en su comunidad (v. 5).

 

La llamada macedonia

6.     Y atravesando Frigia y la provincia de Galacia, les fue prohibido por el Espíritu Santo hablar la                    palabra en Asia; 

7.     y cuando llegaron a Misia, intentaron ir a Bitinia, pero el Espíritu no se lo permitió. 

8.     Y pasando junto a Misia, descendieron a Troas. 

9.     Y se le mostró a Pablo una visión de noche: un varón macedonio estaba en pie, rogándole y diciendo: Pasa a Macedonia y ayúdanos. 

10.  Cuando vio la visión, en seguida procuramos partir para Macedonia, dando por cierto que Dios nos llamaba para que les anunciásemos el evangelio. 

 En el capítulo anterior vimos que Pablo y su equipo salieron de Antioquía de Siria, y atravesaron por tierra las regiones de Siria y Cilicia, la provincia natal de Pablo. En el versículo 1 leemos que llegaron a Derbe y Listra. En términos actuales, recorrieron gran parte del territorio de la actual Turquía, desplazándose desde el este hacia el oeste. Más adelante, en el versículo 6, Pablo y su equipo atravesaron las regiones de Frigia y Galacia e intentaron entrar en Asia Menor.

 En esta porción veremos que, en la obra evangelística y en las misiones, cada misionero de Dios debe ser guiado por el Espíritu Santo. Así como Abraham dejó su tierra sin saber a dónde iba, la Escritura muestra que el pueblo de Dios debe caminar por fe, confiando en que Él lo guiará conforme a su voluntad. Ya vimos que Felipe no sabía por qué debía salir de Samaria. Sabía que tenía que tomar el camino que iba de Jerusalén a Gaza, pero desconocía su destino. No fue sino hasta que escuchó al eunuco etíope leer el libro de Isaías que comprendió el propósito de Dios. De igual manera, Pedro no sabía, al salir de Jerusalén hacia Lida y luego ser llamado a Jope, que el propósito principal de su viaje era ir a Cesarea para encontrarse con el centurión romano. Allí sería el primero en predicar el evangelio a una congregación de gentiles.

Sin embargo, en este capítulo encontramos una situación aún más asombrosa. Personas que salieron de su lugar de origen y cruzaron gran parte de la actual Turquía sin saber exactamente a dónde los llevaría Dios. Más sorprendente aún es que, aunque Lucas no menciona que el evangelio hubiera sido predicado antes en la provincia de Asia, “les fue prohibido por el Espíritu Santo hablar la palabra en Asia”. Entonces, si la palabra nunca había sido predicada en allí, ¿por qué Dios no les permitió entrar? ¿Qué aprendemos de esto? Que la necesidad, por sí sola, no determina dónde debemos o no llevar el evangelio. Debemos permitir que el Espíritu Santo dirija completamente la obra y guíe al misionero al lugar donde debe predicar. Lo mismo ocurrió con Bitinia: “El Espíritu no se lo permitió” (v. 7), aunque era una región muy necesitada y, hasta donde sabemos, el evangelio aún no había sido anunciado allí.

Ya habían llegado a Misia, tan lejos como podían avanzar por tierra en su viaje hacia el poniente, a la ciudad costeña de Troas (v. 8). Como he dicho antes, cruzaron toda la actual Turquía, de este a oeste, y ya no podían continuar por tierra. Ninguno de ellos, incluso Pablo, tenía idea de la misión en la que iban a involucrarse. No era Pablo quien dirigía, sino el Espíritu Santo.

 Llegados a este punto, como ya no podían proseguir, el Espíritu Santo les dio dirección, conforme al plan celestial. Pablo tuvo una visión. Toda la misión y actividades de la iglesia primitiva requerían dirección sobrenatural. Durante la noche, un macedonio se apareció a Pablo y le rogó: “Pasa a Macedonia y ayúdanos”. Veremos que ese era el único lugar a donde debían ir: no a Asia Mejor ni a Bitinia, sino a Macedonia (v. 9). A lo largo del libro de los Hechos vemos que ¡no hace falta gente simplemente dispuesta a alcanzar a los perdidos, ni más recursos económicos o equipos para apoyarla! El problema de las misiones modernas es encontrar personas que sepan seguir la dirección del Espíritu Santo.

 El equipo de Pablo pudo decir: “Ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros”. No hay duda de que Pablo fue el director de este equipo, pero, así como el Príncipe del ejército del Señor encontró a Josué al entrar en la Tierra Prometida (Jos. 5:14), el Espíritu encontró a Pablo y tomó las riendas que dirigían la misión divina. Pablo recibió la visión, pero lee muy cuidadosamente el versículo 10 para ver quiénes tomaron la decisión sobre la siguiente parte de la jornada. Indico las palabras importantes en cursiva: “En seguida procuramos partir para Macedonia, dando por cierto que Dios nos llamaba para que les anunciásemos el evangelio”. Esta no es la labor de un solo hombre; cada persona del viaje está involucrada. Aparentemente, en Troas Lucas se unió a ellos, porque los pronombres ya no son ellos y les, sino nosotros y nos.

 

      La conversión de Lidia

11.  Zarpando, pues, de Troas, vinimos con rumbo directo a Samotracia, y el día siguiente a Neápolis; 

12.  y de allí a Filipos, que es la primera ciudad de la provincia de Macedonia, y una colonia; y estuvimos en aquella ciudad algunos días. 

13.  Y un día de reposo salimos fuera de la puerta, junto al río, donde solía hacerse la oración; y sentándonos, hablamos a las mujeres que se habían reunido. 

14.  Entonces una mujer llamada Lidia, vendedora de púrpura, de la ciudad de Tiatira, que adoraba a Dios, estaba oyendo; y el Señor abrió el corazón de ella para que estuviese atenta a lo que Pablo decía. 

15.  Y cuando fue bautizada, y su familia, nos rogó diciendo: Si habéis juzgado que yo sea fiel al Señor, entrad en mi casa, y posad. Y nos obligó a quedarnos. 

 Empezaremos a ver por qué el Señor estuvo enfocado en Macedonia e insistió en que Sus siervos fueran allí, porque veremos que había empezado Su obra en esta región. Desde Troas, el equipo viajó en barco, acompañados por el Dr. Lucas. Pasaron por una isla habitaba por gente de Samos y Tracia, lógicamente llamada Samotracia, y muchas de estas personas fueron criminales o fugitivos. Siguieron hasta el puerto de Neápolis (Nueva Ciudad; v. 11) y luego se adentraron unos 15 km hasta la ciudad de Filipos, una de las principales ciudades de Macedonia, nombrada en honor al gran conquistador Filipo II, padre de Alejandro el Magno. En los días de Pablo, Filipos era una colonia romana que gozaba de privilegios romanos, como la exención de impuestos y la protección contra castigos extremos para los ciudadanos romanos, como ser azotados. Esta fue la primera oportunidad de Pablo para predicar a los romanos. Permanecieron allí varios días, cumpliendo el deseo de Pablo de alcanzar primero al judío en el día de reposo (v. 12).

 Sin embargo, la ciudadanía judía de Filipos no era suficientemente grande como para tener una sinagoga. No obstante, Pablo supo de una reunión de mujeres judías junto a un río y salió de la ciudad para reunirse con ellas. Esto nos da una razón general para la llegada del equipo a Macedonia, porque Dios siempre responde a la oración de un pueblo hambriento. Los misioneros predicaron el evangelio a las mujeres que se habían reunido allí (v. 13).

 Pronto veremos la segunda razón por la cual el equipo de Pablo fue enviado a Macedonia y no a Asia Menor o Bitinia. Lidia era una vendedora itinerante de telas de púrpura, procedente de Tiratira, que había vivido en Filipos por algún tiempo. Tiratira era conocida por el arte de teñir telas, las cuales eran especialmente apreciadas por la gente rica. Esto dio a Lidia una buena oportunidad para comerciar con ellos en Filipos. Dios obraba en su corazón, porque ninguna persona puede entender el evangelio ni buscar a Dios, a menos que el Espíritu Santo inicie la obra. Por eso, era el plan del Señor que la predicación del evangelio completara la obra que ya había comenzado en su corazón. Ella solamente sabía reunirse con las mujeres judías para orar junto al río, porque buscaba al Dios de los judíos y lo adoraba como podía. El propósito del Señor era que escuchara el evangelio predicado por Pablo (v. 14).

 No solamente creyó ella, sino que también creyó toda su casa, y confirmaron su fe mediante el bautismo en agua. Su casa era suficientemente grande para hospedar a todo el equipo, y les rogó que se quedaran con ella. Su hambre espiritual era intensa; quería servir a Dios de alguna manera y deseaba tener cerca de ella a sus embajadores. Esto nos recuerda a Rahab en el Antiguo Testamento, quien recibió a los espías israelitas y ayudó a cumplir los propósitos de Dios en Jericó (Josué, capítulo 2). Es probable que Lidia fuera un instrumento para apoyar la causa del evangelio al volver a Tiratira (v. 15).

  

Pablo y Silas encarcelados

 16.  Aconteció que mientras íbamos a la oración, nos salió al encuentro una muchacha que tenía                       espíritu de adivinación, la cual daba gran ganancia a sus amos, adivinando. 

17.  Ésta, siguiendo a Pablo y a nosotros, daba voces, diciendo: Estos hombres son siervos del Dios Altísimo, quienes os anuncian el camino de salvación. 

18.  Y esto lo hacía por muchos días; mas desagradando a Pablo, éste se volvió y dijo al espíritu: Te mando en el nombre de Jesucristo, que salgas de ella. Y salió en aquella misma hora. 

19.  Pero viendo sus amos que había salido la esperanza de su ganancia, prendieron a Pablo y a Silas, y los trajeron al foro, ante las autoridades; 

20.  y presentándolos a los magistrados, dijeron: Estos hombres, siendo judíos, alborotan nuestra ciudad, 

21.  y enseñan costumbres que no nos es lícito recibir ni hacer, pues somos romanos. 

22.  Y se agolpó el pueblo contra ellos; y los magistrados, rasgándoles las ropas, ordenaron azotarles con varas. 

23.  Después de haberles azotado mucho, los echaron en la cárcel, mandando al carcelero que los guardase con seguridad. 

24.  El cual, recibido este mandato, los metió en el calabozo de más adentro, y les aseguró los pies en el cepo. 

Venimos a otra razón por la cual el Señor quiso que Pablo y los demás fueran a Macedonia sin demora. Su gran corazón se dolía por las ataduras que oprimían a una joven esclava. Cuando William Carey fue a India, observó con horror la costumbre de quemar vivas a las esposas jóvenes junto con los cadáveres de sus esposos. La tristeza del Señor por ellas era grande y envió a Carey para que fuera testigo de esa realidad. Con el tiempo, fue usado para acudir al gobierno de la India y promover una ley que aboliera esa práctica.

 Los griegos tenían mujeres llamadas oráculos, poseídas por demonios y relacionadas con el dios Apolo. La gente noble acudía a ellas para recibir consejos sobre asuntos de gobierno. Estas mujeres entraban en trance y daban mensajes que servían a los propósitos del diablo. Su religión, y la religión semejante de los romanos, con sus múltiples dioses y diosas, eran terriblemente satánicas. En Filipos había una esclava poseída por un espíritu de adivinación. Sus amos obtenían mucho dinero por medio de sus poderes espirituales (v. 16).

 El equipo de Pablo iba de camino al río para la oración cuando el diablo intentó manchar el mensaje del evangelio y a sus mensajeros, pretendiendo promover su causa. Él ha actuado así a lo largo de los siglos y, a menudo, ha tenido más éxito corrompiendo el evangelio que por medio de sus esfuerzos por oponerse a él. Eso fue lo que hizo por medio de esta esclava, al anunciar que los predicadores del evangelio eran “siervos del Dios Altísimo, quienes os anuncian el camino de salvación”. ¡Cuánto éxito ha tenido por medio de sectas que han interpretado falsamente la Escritura y han traído condenación en lugar de salvación, y mentiras en lugar de verdad! En este caso fue persistente, repitiendo una y otra vez su “promoción”, hasta el punto de que fue imposible ignorarla (v. 17).

 Los extranjeros, de sangre mezclada con la judía, ofrecieron su ayuda para reedificar el templo. Quisieron colaborar con Zorobabel, del linaje de David, y con Josué, el sumo sacerdote, pero ellos rechazaron su apoyo (véase Esdras 4:1-3). La obra de Dios tiene que ser edificada por medio del pueblo de Dios, y los siervos del enemigo no deben intervenir.

 Algunos cristianos podrían interpretar que la obra era de Dios, al ver ese aparente apoyo al evangelio. Sin embargo, Pablo, por medio del don de discernimiento de espíritus (1 Co. 12:10), se disgustó mucho al observar lo que estaba sucediendo. Esta es otra prueba de la intervención sobrenatural de Dios para deshacer los esfuerzos de Satanás, algo que también tenemos que hacer en la iglesia del siglo XXI. ¿Podemos vencer a nuestro enemigo sobrenatural sin los dones sobrenaturales del Espíritu? ¿Hay personas poseídas por demonios hoy en día y debemos librarlas? Todo cristiano debería conocer las respuestas a estas preguntas. Lucas, quien escribió esta historia, era un médico cristiano y sabía que el problema de esta joven no era mental ni físico, sino espiritual.

 Pablo se volvió y habló al espíritu, no a la joven. No se atrevió a enfrentar al espíritu enemigo en su propio nombre ni con su propia autoridad, sino que le ordenó, en el nombre de Jesucristo, que saliera de ella. Ante el nombre de Jesucristo, el demonio reaccionó, obedeció y salió de ella en esa misma hora (v. 18).

 La joven fue maravillosamente librada, pero sus amos supieron inmediatamente que ella había perdido el “don” del que se aprovechaban. Su próspero negocio quedó arruinado, por lo que llevaron a Pablo y a Silas y los arrastraron al foro, ante las autoridades. En la mayoría de las versiones, la palabra foro se traduce como mercado. El sistema del mundo es malo y encuentra su centro en el mercado; allí el reino oscuro de Satanás influye en la sociedad. Lo hará hasta el fin de los tiempos, cuando el anticristo y el falso profeta prohibirán que nadie compre ni venda sin dar lealtad a la bestia, lealtad expresada al recibir la marca o el número de su nombre, que es 666 (Ap. 13:16-18).

 Los amos de la joven llevaron a Pablo y a Silas ante las autoridades, y su caso fue tratado inmediatamente (v. 19). Su prejuicio era antisemita, y la primera acusación contra ellos fue que eran judíos. La segunda fue que perturbaban la paz pública (v. 20). Seguidamente, los acusaron de enseñar costumbres contrarias a las de la sociedad romana (v. 21) y de perjudicarla. La población se levantó en protesta, de modo que las autoridades se unieron a la acusación, rasgaron las ropas de los apóstoles y ordenaron que los azotaran con varas (v. 22).

 Fue un abuso de la justicia y un castigo excesivo. Luego los encarcelaron con instrucciones de mantenerlos bien asegurados (v. 23). En cumplimiento de esa orden, el carcelero los metió en el calabozo más interior y les sujetó los pies en el cepo (v. 24).

 

El carcelero convertido

 25.  Pero a medianoche, orando Pablo y Silas, cantaban himnos a Dios; y los presos los oían. 

26.  Entonces sobrevino de repente un gran terremoto, de tal manera que los cimientos de la cárcel se sacudían; y al instante se abrieron todas las puertas, y las cadenas de todos se soltaron. 

27.  Despertando el carcelero, y viendo abiertas las puertas de la cárcel, sacó la espada y se iba a matar, pensando que los presos habían huido. 

28.  Mas Pablo clamó a gran voz, diciendo: No te hagas ningún mal, pues todos estamos aquí. 

29.  Él entonces, pidiendo luz, se precipitó adentro, y temblando, se postró a los pies de Pablo y de Silas; 

30.  y sacándolos, les dijo: Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo? 

31.  Ellos dijeron: Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa. 

32.  Y le hablaron la palabra del Señor a él y a todos los que estaban en su casa. 

33.  Y él, tomándolos en aquella misma hora de la noche, les lavó las heridas; y en seguida se bautizó él con todos los suyos. 

34.  Y llevándolos a su casa, les puso la mesa; y se regocijó con toda su casa de haber creído a Dios. 

35.  Cuando fue de día, los magistrados enviaron alguaciles a decir: Suelta a aquellos hombres. 

36.  Y el carcelero hizo saber estas palabras a Pablo: Los magistrados han mandado a decir que se os suelte; así que ahora salid, y marchaos en paz. 

37.  Pero Pablo les dijo: Después de azotarnos públicamente sin sentencia judicial, siendo ciudadanos romanos, nos echaron en la cárcel, ¿y ahora nos echan encubiertamente? No, por cierto, sino vengan ellos mismos a sacarnos. 

38.  Y los alguaciles hicieron saber estas palabras a los magistrados, los cuales tuvieron miedo al oír que eran romanos. 

39.  Y viniendo, les rogaron; y sacándolos, les pidieron que salieran de la ciudad. 

40.  Entonces, saliendo de la cárcel, entraron en casa de Lidia, y habiendo visto a los hermanos, los consolaron, y se fueron. 

 Ahora llegamos a la razón final por la cual los misioneros recibieron instrucciones de ir a Macedonia. Filipos fue el epicentro, esa noche, de un poderoso terremoto, lo suficientemente fuerte como para soltar las cadenas y abrir las puertas de la cárcel. Para cumplir los propósitos de Dios, no era el momento de estar en Asia Menor o Bitinia. Humanamente hablando, era la hora más oscura desde que llegaron a la ciudad. Sin embargo, los apóstoles no están bajo circunstancias humanas. Era la medianoche y acababan de pasar por un juicio traumático y un azote excesivo. Aun así, rompieron las tinieblas con cánticos de alabanza a Dios y con una oración intensa. No mantuvieron su alabanza en privado ni en silencio, sino que expresaron su adoración en voz alta, de modo que todos los prisioneros los escucharon (v. 25).

 Uno pensaría que un terremoto traería más dolor a su triste condición, pero de ninguna manera esa era la voluntad de Dios. En Su plan, el terremoto constituyó el punto culminante de Su obra, después de haber permitido que los apóstoles fueran detenidos, que las autoridades llevaran a cabo un juicio falso, que fueran azotados y que pasaran la hora más oscura de la noche en la cárcel. ¡Pero el poderoso terremoto deshizo todo lo que habían sufrido, al sacudir los cimientos de la cárcel, soltar las cadenas, abrir las puertas y el cepo, y dar libertad a todos los cautivos (v. 26)!

 Hasta este momento solo hemos visto a mujeres responder al evangelio, pero ahora todos los prisioneros fueron librados bajo el sistema judicial de Filipo. En ese momento, la visión macedonia de Pablo fue hecha una realidad. El carcelero despertó sobresaltado por el terremoto y, al comprender las consecuencias que aquello tendría para su vida, sacó su espada para suicidarse (v. 27). Pero Pablo intervino de inmediato y clamó: “¡Todos estamos aquí!” El poder que, por medio del terremoto, quitó toda represión, también mantuvo a cada criminal impío en su lugar (v. 28).

 El carcelero pidió una luz para poder evaluar la situación y comprobó que lo que Pablo había dicho era verdad. Puedes imaginar su alivio al encontrar a todos los prisioneros. Al final, no iba a ser ejecutado y, todavía temblando por aquella experiencia traumática, cayó a los pies de Pablo y Silas. Los sacó del calabazo más interior y su pregunta indica que, de alguna manera, había oído el mensaje del evangelio de salvación. Ahora quería saber qué debía hacer para ser salvo (v. 30).

 La respuesta que recibió fue, en pocas palabras, el sencillo mensaje del evangelio (v. 31). No había nada que pudiera hacer, sino creer en la persona del Señor Jesucristo, y sería salvo. La misma respuesta es para cualquier persona que lea este artículo. Si tu alma tiembla ante la cuestión de tu destino eterno, estás en la misma posición para recibir esta misma sencilla respuesta: cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo (Ro. 10:17). La respuesta garantiza que Él ya hizo la obra para tu salvación; ahora te corresponde a ti rendirte a Sus pies y confiar plenamente en Él.

 Debemos notar que la promesa iba más allá de la salvación de un solo hombre. Dios se preocupaba también por los miembros de su familia y de su casa. Creo que, en cada caso, Él tiene en cuenta a otras personas además de quien busca la salvación. Él ve el futuro y piensa en los amigos y familiares que serán salvos por medio de la vida de una sola persona. También hará lo mismo en tu caso.

 Sin embargo, la respuesta no viene automáticamente. “La fe viene del oír, y el oír, por la palabra de Cristo” (Ro. 10:17). Cada persona debe escuchar el evangelio con oídos espirituales; entonces, la Palabra producirá fe en su corazón. Pablo y Silas predicaron la Palabra a todos los que estaban en la casa, ampliando lo que ya habían dicho al carcelero (v. 32).

 ¿Has observado que todos los que recibieron a Jesucristo en el libro de los Hechos fueron bautizados inmediatamente? Así ocurrió también con el carcelero y su familia. Aunque había pasado la medianoche y no era una hora conveniente para bautizarle, salieron y encontraron suficiente agua para hacerlo esa misma noche. Primero, lavaron las heridas a Pablo y Silas, causadas por los azotes que habían recibido. El bautismo en agua era lo suficientemente sencillo como para no requerir largas horas de instrucción, y suficientemente importante como para obedecer de inmediato el mandamiento de Cristo (v. 33).

 Después regresaron a la casa y dieron de comer a los apóstoles; ya debía ser hora de desayunar. El carcelero, que poco antes había estado presa del pánico y a punto de suicidarse, ahora estaba regocijándose por su salvación junto con toda su casa. Debes observar también que nadie fue bautizado sin haber creído primero. El versículo 34 demuestra claramente que todos habían creído.

 El sol se levantaba sobre un nuevo día y las autoridades habían cambiado de parecer. El relato no explica la razón, pero decidieron poner en libertad a Pablo y Silas (v. 35). Cuando el carcelero les comunicó la decisión (v. 36), Pablo no estuvo nada conforme. La ley romana dejaba claro que se había cometido una injusticia, especialmente en Filipos, una ciudad libre, donde era ilegal azotar a un ciudadano romano. Tanto Pablo como, al parecer, también Silas eran ciudadanos romanos. Además, habían sido castigados públicamente sin haber recibido un juicio oficial. Por eso, Pablo exigió que las autoridades fueran personalmente a ponerlos en libertad y reconocieran su error (v. 38).

 Las autoridades estuvieron dispuestas a hacer lo que Pablo les pidió y les pidieron perdón. Después les rogaron, aunque no les exigieron, que abandonaran Filipos (v. 39). Pablo y Silas no se apresuraron a salir, sino que primero fueron a la casa de Lidia, la verdadera y bondadosa adoradora del Señor. Allí se reunieron con los creyentes, quienes estaban preparados para despedir a Pablo, Silas y su equipo. Es evidente que el varón de macedonio que Pablo vio en la visión había recibido la ayuda que pedía y había hallado la salvación. Antes de salir de la ciudad, los apóstoles animaron una vez más a los hermanos. Aparentemente, Lucas ya no continuó con ellos (v. 40).

 

 

 


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