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Lowell Brueckner

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Hechos 15

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La llamada a Macedonia

 

 El concilio en Jerusalén

1.     Entonces algunos que venían de Judea enseñaban a los hermanos: Si no os circuncidáis  conforme al rito de Moisés, no podéis ser salvos. 

2.     Como Pablo y Bernabé tuviesen una discusión y contienda no pequeña con ellos, se dispuso que subiesen Pablo y Bernabé a Jerusalén, y algunos otros de ellos, a los apóstoles y a los ancianos, para tratar esta cuestión. 

3.     Ellos, pues, habiendo sido encaminados por la iglesia, pasaron por Fenicia y Samaria, contando la conversión de los gentiles; y causaban gran gozo a todos los hermanos. 

4.     Y llegados a Jerusalén, fueron recibidos por la iglesia y los apóstoles y los ancianos, y refirieron todas las cosas que Dios había hecho con ellos. 

5.     Pero algunos de la secta de los fariseos, que habían creído, se levantaron diciendo: Es necesario circuncidarlos, y mandarles que guarden la ley de Moisés. 

6.     Y se reunieron los apóstoles y los ancianos para conocer de este asunto. 

7.     Y después de mucha discusión, Pedro se levantó y les dijo: Varones hermanos, vosotros sabéis cómo ya hace algún tiempo que Dios escogió que los gentiles oyesen por mi boca la palabra del evangelio y creyesen. 

8.     Y Dios, que conoce los corazones, les dio testimonio, dándoles el Espíritu Santo lo mismo que a nosotros; 

9.     y ninguna diferencia hizo entre nosotros y ellos, purificando por la fe sus corazones. 

10.  Ahora, pues, ¿por qué tentáis a Dios, poniendo sobre la cerviz de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar? 

11.  Antes creemos que por la gracia del Señor Jesús seremos salvos, de igual modo que ellos. 

12.  Entonces toda la multitud calló, y oyeron a Bernabé y a Pablo, que contaban cuán grandes señales y maravillas había hecho Dios por medio de ellos entre los gentiles. 

 En el capítulo 11, Pedro fue cuestionado por un grupo de creyentes judíos de la iglesia de Jerusalén porque había entrado en la casa de un gentil y había comido con personas no judías, algo prohibido por la ley judía. Pedro les explicó que había recibido una visión: un gran lienzo descendía del cielo y contenía toda clase de reptiles, aves y animales considerados impuros según la ley. Entonces, una voz le ordenó que matara y comiera de ellos. Pedro se negó, pero la voz le respondió: «No llames impuro a lo que Dios ha limpiado». Dos elementos de esta visión indicaban claramente que provenía de Dios. En primer lugar, el lienzo descendía del cielo, señalando su origen divino. En segundo lugar, la visión se repitió tres veces, confirmando su autenticidad. Esta triple confirmación resalta un principio divino: Dios siempre confirma su palabra.

 Al terminar la visión, llegaron a la casa donde Pedro se hospedaba en Jope unos hombres enviados por Cornelio, un centurión romano que vivía en Cesarea. Pedro comprendió de inmediato que Dios lo estaba enviando a la casa de un gentil para predicar el evangelio. Obedeciendo la instrucción del Señor: “Lo que Dios limpió, no llamas tú común”, partió con confianza acompañado por varios creyentes judíos de Jope. Más tarde, Pedro relató cómo el Espíritu Santo había sido derramado sobre los gentiles de la misma manera en que había descendido sobre los judíos el día de Pentecostés. Al escuchar su testimonio, los creyentes de la iglesia de Jerusalén glorificaron a Dios, reconociendo que Él también había concedido a los gentiles el arrepentimiento y la vida eterna.

Sin embargo, aún quedaba una inquietud en la mente de algunos cristianos judíos de Jerusalén. Aunque aceptaban que los gentiles podían recibir la salvación, se preguntaban si los creyentes gentiles debían también practicar la ley judía, comenzando con la circuncisión. La circuncisión era el rito establecido en el Antiguo Testamento mediante el cual una persona era reconocida como parte del pueblo de Dios (Gé. 17:13). Esta creencia se convirtió en un gran obstáculo para la iglesia primitiva. Quienes sostenían esta posición, conocidos como judaizantes, viajaban a las iglesias formadas por judíos y gentiles y enseñaban que nadie podía ser salvo sin ser circuncidado (v. 1).

 Pablo y Bernabé se opusieron firmemente a esa enseñanza. Por ello, los hermanos de la iglesia de Antioquía, que probablemente era la principal iglesia gentil de la época, les pidieron que llevaran esta cuestión a Jerusalén para consultar a los apóstoles y a los ancianos. En su carta a los Gálatas, Pablo menciona este viaje (Gá. 2:1-2). En ese contexto, se refiere a los judaizantes como falsos hermanos (Gál. 2:4). Esta fue la segunda y última gran controversia doctrinal debatida en Jerusalén. Al respecto, F. B. Meyer comenta: Estas personas procedentes de Jerusalén comenzaron a socavar discretamente la influencia de Pablo y Bernabé. Sostenían que el camino del paganismo a Cristo debía pasar necesariamente por Moisés. Insistían, en particular, en que los gentiles debían convertirse al judaísmo mediante la práctica de su rito inicial: la circuncisión. Esta enseñanza insidiosa persiguió a Pablo durante gran parte de su ministerio y dio origen a muchos de los argumentos y exhortaciones que encontramos en sus epístolas. Por ello, podemos comprender la firmeza y la pasión con las que se opuso a esta doctrina (v. 2)”.

 A este tema yo solamente le añadiría un comentario: a lo largo de la historia y en diferentes lugares, no han sido pocos los falsos maestros que han intentado añadir requisitos al evangelio de la gracia. Algunos han promovido prácticas cristianas legítimas y beneficiosas para el creyente, como el bautismo en agua. Sin embargo, ninguna de estas prácticas debe considerarse un medio para obtener la salvación, la cual es por gracia, mediante la fe.

 En su camino hacia Jerusalén, los apóstoles visitaron las iglesias judías de Fenicia y Samaria. En cada lugar, compartieron las noticias acerca de la salvación de los gentiles, y los creyentes las recibieron con gran alegría, sin las reservas que algunos miembros de la iglesia de Jerusalén habían expresado (v.3). Al llegar a Jerusalén, la congregación, junto con los apóstoles y los ancianos, recibieron a Pablo y a Bernabé. Ellos, una vez más, presentaron un informe sobre la conversión de los gentiles (v. 4).

 En el versículo 5 aprendemos que los que cuestionaban la doctrina de la gracia eran, supuestamente, cristianos con trasfondos farisaicos. Al igual que Pablo antes de su conversión, pertenecían al grupo más estricto del judaísmo. Estos creyentes manifestaron inmediatamente sus prejuicios al exigir que los gentiles fueran primero circuncidados y, después, obedecieran la ley de Moisés. Paradójicamente, los creyentes más estrictos y exigentes fueron quienes menos comprendieron el evangelio y quienes más se alejaron del corazón de Dios.

 Los apóstoles y los ancianos tuvieron que enfrentar esta cuestión y decidir qué medidas debían tomar (v. 6). Obviamente, desde el principio, la reunión evidenció que había opiniones divididas entre el cuerpo, lo que dio lugar a un amplio debate. Entonces, el apóstol Pedro se puso de pie y compartió su experiencia personal sobre la voluntad de Dios en este asunto. Recordó lo sucedido con Cornelio, sus familiares y sus amigos en Cesarea. Pedro afirmó, y la iglesia ya lo había reconocido en el capítulo 11, que Dios lo había escogido para ser el primero en predicar el evangelio a una congregación de gentiles. Aquellos gentiles llegaron a una fe genuina e indiscutible en Cristo, y Dios confirmó esa fe mediante el derramamiento del Espíritu Santo sobre ellos (v. 7).

 La experiencia de Pedro refutó las exigencias de los judaizantes. Tanto él como los creyentes judíos que lo acompañaron desde Jope fueron testigos de una poderosa obra de Dios que trascendía las barreras raciales y culturales, dejando de lado las distinciones ceremoniales de la ley y fijándose, en cambio, en el corazón de los gentiles. La experiencia de aquellos creyentes gentiles fue semejante a la de los ciento veinte discípulos judíos en el día de Pentecostés (v. 8). Al escuchar el evangelio, sus corazones fueron purificados por la fe. Además, el Espíritu Santo descendió sobre ellos y los capacitó con un poder y una unción que provenían del cielo (v. 9).

 Pedro señaló directamente a los creyentes más legalistas y los acusó de tentar a Dios al oponerse a la obra que Él había realizado al liberar a los gentiles de las ataduras de la ley. Les recordó que ninguno de los presentes en Jerusalén, ni tampoco las generaciones anteriores del pueblo judío, había sido capaz de cumplir perfectamente la ley. Aunque procuraron obedecerla, no pudieron guardarla en su totalidad (v. 10).

 Pedro comprendía que la salvación no dependía del cumplimiento de la ley. Tanto judíos como gentiles son salvos únicamente por la gracia del Señor Jesucristo; ¡no hay dos maneras! Por medio de la conversión de los gentiles, Dios demostró que la salvación no se obtiene por guardar la ley, sino por la fe en la persona de Cristo y en su obra redentora en la cruz. Los judíos también debían entrar por esa misma puerta de la gracia y la fe (v. 11).

 La verdad poderosa de la palabra de Pedro hizo enmudecer a los allí presentes. Todos tuvieron la sensatez y humildad de someterse al Espíritu de verdad. Después, Bernabé y Pablo dieron testimonio a la verdad, confirmada, como siempre, por medio de señales milagrosas y maravillas del cielo. Este fue su testimonio. Ningún cristiano debe satisfacerse con menos que la confirmación sobrenatural del Espíritu Santo enseñada en el libro de los Hechos. Esto es lo que hemos venido estudiando desde el comienzo de este libro (v. 12).

 

 

 Jacobo da la palabra final

 13.  Y cuando ellos callaron, Jacobo respondió diciendo: Varones hermanos, oídme. 

14.  Simón ha contado cómo Dios visitó por primera vez a los gentiles, para tomar de ellos pueblo para su nombre. 

15.  Y con esto concuerdan las palabras de los profetas, como está escrito: 

16.  Después de esto volveré y reedificaré el tabernáculo de David, que está caído; y repararé sus ruinas, y lo volveré a levantar, 

17.  para que el resto de los hombres busque al Señor, y todos los gentiles, sobre los cuales es invocado mi nombre, 

18.  dice el Señor, que hace conocer todo esto desde tiempos antiguos. 

19.  Por lo cual yo juzgo que no se inquiete a los gentiles que se convierten a Dios, 

20.  sino que se les escriba que se aparten de las contaminaciones de los ídolos, de fornicación, de ahogado y de sangre. 

21. Porque Moisés desde tiempos antiguos tiene en cada ciudad quien lo predique en las sinagogas, donde es leído cada día de reposo.

 Según Pablo, en Gálatas 2:9, Jacobo, Juan y Pedro eran considerados las columnas de la iglesia de Jerusalén, y todo indica que Jacobo desempeñaba el papel de líder principal. En el concilio (v. 13), fue él quien tomó la palabra para presentar la conclusión. Jacobo retomó el testimonio de Pedro y explicó el profundo significado de lo que Dios estaba haciendo en ese tiempo. En el pasado, Dios había escogido, por medio de Abraham, Isaac y Jacob, a un pueblo de entre todas las naciones para que fuera Su pueblo especial. Ahora, sin embargo, también estaba llamando a personas de entre los gentiles para formar un pueblo que llevara Su nombre (v. 14).

 Jacobo fue más allá del testimonio de Pedro y apeló a la autoridad infalible de las Escrituras, citando las palabras de los profetas del Antiguo Testamento (v. 15). En el versículo16, resumió una verdad que se encuentra en Amós 9:11-12. En esa profecía Amós habló del Mesías, quien dice: “Edificaré el tabernáculo de David”, cumpliendo así esta profecía y muchas otras relacionadas con Israel. Luego la profecía habla del tiempo cuando “el resto de los hombres busque al Señor, y todos los gentiles, sobre los cuales es invocado mi nombre” (v. 17). Pedro había testificado, al igual que Pablo y Bernabé; pero ahora Jacobo cita a los profetas del Antiguo Testamento, testificando de la obra del Señor que “hace conocer todo esto”.

 El Dios omnisciente estaba llevando a cabo la obra que había determinado desde la eternidad (v. 18). Precisamente esa obra era el tema de discusión en el concilio de Jerusalén, y ¡ay de aquel que desafiara al Señor! Jacobo con un claro discernimiento espiritual, concluyó que “no se inquiete a los gentiles”, ni se cuestione la obra que Él estaba realizando en sus vidas (v. 19).

 A continuación, Jacobo presenta la ley moral de Dios que, tanto gentiles como judíos, debían respetar: la idolatría, la inmoralidad sexual y comer carne con sangre, lo cual estaba prohibido moralmente desde el principio del tiempo. Dios dio a la sangre un carácter sagrado y solamente podía ofrecerse a Dios en sacrificio en el Antiguo Testamento. Nunca fue considerada un alimento, ni fue dada para el consumo humano, por lo cual es una atrocidad moral para los seres humanos comerla. Este principio alcanza su mayor significado en la sangre de Cristo. Él ofreció su vida en sacrificio perfecto a Dios, y su sangre, aplicada al creyente por la fe, lo limpia de todos sus pecados (v. 20). En consecuencia, la santidad de la sangre y, sobre todo, el valor incomparable de la sangre de Cristo, llevan al creyente a tratar con reverencia toda sangre y a abstenerse del consumo de sangre de cualquier animal.

 Jacobo y los demás líderes de la iglesia en Jerusalén redactaron una carta dirigida a los creyentes gentiles. Con ella no pretendían dar una interpretación correcta y piadosa de la palabra de Dios por medio de Moisés. Los judíos habían tenido abundantes oportunidades de recibir la verdad de Dios revelada por medio de él. Desde que el Pentateuco fue escrito, la Ley de Moisés se leía y enseñaba cada sábado en las sinagogas establecidas en todas las ciudades. Por ello, el mensaje de Moisés había sido proclamado continuamente a lo largo de las generaciones (v. 21). La doctrina de Moisés es hermosa cuando se comprende correctamente. Sin embargo, el judío cuyo entendimiento permanece cegado y cuyo corazón está endurecido no puede percibir su verdadero significado, por más veces que la escuche. Esto demuestra, una vez más, que el único Maestro que puede dar entendimiento espiritual es el Espíritu Santo y, si una persona no está bajo Su enseñanza, por mucha inteligencia que posea, no podrá aprender nada espiritualmente (v. 21). 

 

La carta del concilio a los creyentes gentiles

 22.  Entonces pareció bien a los apóstoles y a los ancianos, con toda la iglesia, elegir de entre ellos         varones y enviarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé: a Judas que tenía por sobrenombre               Barsabás, y a Silas, varones principales entre los hermanos; 

23.  y escribir por conducto de ellos: Los apóstoles y los ancianos y los hermanos, a los hermanos de entre los gentiles que están en Antioquía, en Siria y en Cilicia, salud. 

24.  Por cuanto hemos oído que algunos que han salido de nosotros, a los cuales no dimos orden, os han inquietado con palabras, perturbando vuestras almas, mandando circuncidaros y guardar la ley, 

25.  nos ha parecido bien, habiendo llegado a un acuerdo, elegir varones y enviarlos a vosotros con nuestros amados Bernabé y Pablo, 

26.  hombres que han expuesto su vida por el nombre de nuestro Señor Jesucristo. 

27.  Así que enviamos a Judas y a Silas, los cuales también de palabra os harán saber lo mismo. 

28.  Porque ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros, no imponeros ninguna carga más que estas cosas necesarias: 

29.  que os abstengáis de lo sacrificado a ídolos, de sangre, de ahogado y de fornicación; de las cuales cosas si os guardareis, bien haréis. Pasadlo bien. 

30.  Así, pues, los que fueron enviados descendieron a Antioquía, y reuniendo a la congregación, entregaron la carta; 

31.  habiendo leído la cual, se regocijaron por la consolación. 

32.  Y Judas y Silas, como ellos también eran profetas, consolaron y confirmaron a los hermanos con abundancia de palabras. 

33.  Y pasando algún tiempo allí, fueron despedidos en paz por los hermanos, para volver a aquellos que los habían enviado. 

34.  Mas a Silas le pareció bien el quedarse allí. 

35.   Y Pablo y Bernabé continuaron en Antioquía, enseñando la palabra del Señor y anunciando el evangelio con otros muchos. 

 Los apóstoles, los ancianos y toda la iglesia estuvieron de acuerdo en enviar a dos de sus principales líderes desde Jerusalén a Antioquía, acompañando a Pablo y Bernabé. Los elegidos fueron Judas y Silas, mencionados más adelante, en el versículo 32, y Silas tendrá un papel importante en los acontecimientos que siguen en el libro de Hechos. Ellos fueron comisionados para acompañar a Pablo y Bernabé y confirmar personalmente el mensaje que el concilio enviaba a las iglesias (v. 22).

 En los próximos versículos de este capítulo, se citó el contenido completo de la carta. Judas y Silas, mencionados en el versículo 22, fueron los encargados de entregarla a los creyentes gentiles en Cilicia y toda la provincia de Siria, incluso su capital, Antioquía, y los mandaron saludos (v. 23). La participación conjunta de los apóstoles, los ancianos y toda la congregación de Jerusalén demostraba la legitimidad de la iglesia y el carácter oficial de la carta. En ella reconocían que algunos hombres, procedentes de Jerusalén, habían causado inquietud entre los creyentes gentiles, haciendo daño a lo que Dios había hecho en sus almas. Sin embargo, aunque estos hombres habían salido de Jerusalén, la iglesia dejó muy claro que no habían sido enviados ni autorizados por ella. Tampoco representaban su doctrina. El mensaje que proclamaba: “Tenéis que ser circuncidados y guardar la ley” (v. 24), carecía de toda autoridad por parte de la iglesia de Jerusalén.

 El cuerpo de creyentes, junto con el liderazgo, actuó de común acuerdo al enviar a Judas y Silas, dos de los principales líderes de la iglesia en Jerusalén. Con esta decisión expresaron públicamente su plena aceptación y respaldo a Pablo y Bernabé.  Además, destacaron el amor fraternal que los unía, evidenciando que estaban en perfecta armonía con ellos, tanto en su afecto cristiano como en la doctrina que enseñaban (v. 25).

 Los dos hombres enviados junto con los apóstoles habían pasado por momentos difíciles y peligrosos en su caminar con Cristo. Es una muestra de fidelidad que los cristianos se mantengan firmes en la verdad y la justicia por causa de Cristo. No eran “teólogos de salón” (aquellos que profesan saber mucho sobre Dios, sin el beneficio de las experiencias), teorizando doctrinas en cómodos ambientes, sino que llevaron el peso de un carácter probado en medio de las crisis (v. 26). Fueron enviados a Antioquía no solo para entregar la carta, sino también para confirmar verbalmente el mensaje que contenía (v.27).

 Considero que el versículo 28 es uno de los pasajes más importantes de todo el libro de Hechos. De hecho, he destacado esta verdad en más de una ocasión. “Ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros”, ilustra el tema principal de este libro, demostrando cómo es posible que personas comunes puedan andar en perfecta armonía con el Espíritu Santo. Esta fue la clave del extraordinario avance de la causa de Cristo por todo el Imperio Romano en tiempo de los apóstoles. ¡Que esta verdad brille ante nuestros ojos para darnos cuenta de que el mismo éxito es posible en cualquier época de la historia de la iglesia! ¡Dios mío, permite que sus rayos penetren hasta lo más profundo de nuestras almas en este siglo XXI!

 La iglesia de Jerusalén no quiso poner cargas innecesarias y legalistas sobre los creyentes gentiles. Jesús dijo: “Mi yugo es fácil, y ligera Mi carga” (Mt. 11:30). Cuando la carga cristiana se hace muy difícil y pesada, podemos saber que no es la de Cristo. Debemos conocerlo a Él, quien comparte Su yugo con nosotros, y saber que “todo lo puedo en Cristo” que me fortalece (Fil. 4:13). Su presencia, tan preciosa y encantadora, llena de gozo cada una de nuestras labores (v. 28).

 La carta mencionaba tres reglas morales que ya hemos considerado en el versículo 20. Te remito nuevamente a este versículo para ver mis comentarios. Los creyentes de las iglesias en Cilicia y Siria hicieron bien en guardar estas instrucciones, y nosotros debemos hacer lo mismo. Con esta amonestación, termina la carta (v. 29). Cuando llegaron a Antioquía, entregaron la carta a la iglesia, la cual la recibió con gran gozo (v. 30). Su contenido fue de gran ánimo para los creyentes y disipó la carga de duda que los judaizantes legalistas habían puesto sobre ellos. También nosotros debemos unirnos a quienes, en nuestros días, ayudan a quitar de las espaldas de los cristianos las cargas ilegítimas que les imponen personas legalistas, imprudentes, insensibles y autoproclamadas (v. 31).

 Judas y Silas fueron enviados para confirmar verbalmente la verdad contenida en la carta. A través de Su ungido ministerio fortalecieron y edificaron la iglesia. Ambos poseían el don de profecía, muy común en la iglesia primitiva, y también muy legítimo y necesario en nuestros días. En ninguna parte de la santa Escritura del Nuevo Testamento se afirma que la operación de este don haya cesado (v. 32).

 Judas cumplió su útil ministerio en Antioquía y luego regresó a Jerusalén, llevando consigo los saludos y el agradecimiento de los hermanos, cuyo sabio consejo había sido de mucho beneficio para ellos (v. 33). Silas, en cambio, decidió quedarse. Pronto veremos cómo esta decisión se hizo en la sabiduría de Dios. En el caso de Silas quiero apuntar a un principio importante. Él no fue obligado a regresar a su iglesia local, sino que se le dio la libertad y la confianza para buscar la dirección de Dios para su vida y su ministerio. Esta libertad era una característica evidente de la iglesia primitiva, como también se observa en el caso de Apolos (v.34 con 1 Co. 16:12). Debemos  ser muy cuidadosos de no permitir que el autoritarismo penetre en la iglesia, ya que ¡produce ataduras irreparables!

 Pablo y Bernabé también se quedaron en Antioquía, continuando con su ministerio en la iglesia. Sin duda, impartían preciosas verdades en sus enseñanzas y, al mismo tiempo, nunca perdían de vista su responsabilidad evangelística; por ello, continuaban predicando el evangelio. Dios enviaba también muchos otros ministerios a aquella iglesia, porque era muy importante para el desarrollo y cumplimiento de Sus propósitos. Durante ese mismo periodo de tiempo Pedro llegó a Antioquía y cometió un error que Pablo tuvo que corregir (Gál. 2:11-14). Esto nos enseña que incluso cristianos muy serios y útiles pueden equivocarse y ser utilizados por el diablo para trastornar los propósitos del Señor (v. 35).

 

 Pablo y Bernabé se separan

36.  Después de algunos días, Pablo dijo a Bernabé: Volvamos a visitar a los hermanos en todas las         ciudades en que hemos anunciado la palabra del Señor, para ver cómo están. 

37.  Y Bernabé quería que llevasen consigo a Juan, el que tenía por sobrenombre Marcos; 

38.  pero a Pablo no le parecía bien llevar consigo al que se había apartado de ellos desde Panfilia, y no había ido con ellos a la obra. 

39. Y hubo tal desacuerdo entre ellos, que se separaron el uno del otro; Bernabé, tomando a Marcos, navegó a Chipre, 

40.  y Pablo, escogiendo a Silas, salió encomendado por los hermanos a la gracia del Señor, 

41.  y pasó por Siria y Cilicia, confirmando a las iglesias. 

 Yo prefiero no atribuir ni favor ni culpa a Pablo o a Bernabé por la separación que ocurrió debido a su diferencia de opinión sobre si Juan Marcos debía acompañarlos en el segundo viaje misionero. Recordemos que Juan Marcos los había abandonado en Perge y había regresado a Jerusalén, aunque el texto no nos explica la razón. También sabemos que Juan Marcos es sobrino de Bernabé, y que su madre hacía reuniones de oración en su casa. Este trasfondo puede ofrecer una pista sobre el desacuerdo entre los dos apóstoles.

 Pablo propuso que regresaran a las ciudades que habían visitado durante su primer viaje misionero para ver cómo estaban los nuevos creyentes que habían respondido al evangelio (v. 36). Bernabé estuvo de acuerdo, pero insistió en llevar consigo a Juan Marcos (v. 37). Pablo, sin embargo, no estaba dispuesto a hacerlo, después de su deserción anterior (v. 38). Este fue el punto de desacuerdo que no pudieron resolver. Sin embargo, no fue la primera ni la última diferencia seria que surgió en la iglesia primitiva. Nos equivocamos si esperamos encontrar la iglesia perfecta en cualquier época o lugar.

 Dios siempre ha obrado por medio de una iglesia imperfecta. Ha sido así desde aquellos días y continúa siéndolo hasta hoy. Por esa razón, si queremos congregarnos o servir en cualquier iglesia local, tendremos que aprender a pasar por alto algunas manchas y arrugas. Algunas de estas deficiencias pueden y deben corregirse; otras no podrán resolverse. Los propósitos de Dios continúan avanzando; el Señor soberano controla las circunstancias para llevarlos a cabo. Parece que profetiza de ellos en Sus parábolas en Mateo 13. Por ejemplo, en la parábola del sembrador, solo uno de los cuatro tipos de tierra llevó fruto. En la parábola del trigo y la cizaña, el enemigo sembró mala hierba entre los granos de trigo. En la del grano de mostaza creció un árbol de una planta que debía ser de mostaza. En la parábola de la levadura, esta se extendió por toda la masa, inflándola, simbolizando así la corrupción en la iglesia, porque en ninguna parte de la Biblia vemos que la levadura simbolice algo bueno (Mt. 16:6; Mc. 8:15; Lc. 12:1; 1 Co. 5:6-9). Así mismo, la red recogió peces buenos y malos y, en el capítulo 25, el reino de Dios en esta tierra fue representado por cinco vírgenes insensatas y cinco sabias. Finalmente, en la parábola de los talentos, uno de los tres siervos fue llamado por el Señor malo y negligente.

 Bien, el resultado del desacuerdo fue que se formaron dos equipos. Por un lado, Bernabé viajó a su hogar en Chipre junto a su sobrino (v. 39). Pablo, ahora como líder del equipo (antes Bernabé), es especialmente encomendado por la iglesia de Antioquía (v. 40). Anteriormente, mencioné que Silas decidió permanecer en Antioquía en lugar de regresar a Jerusalén con Judas Barsabás. Aquella decisión no fue un error, pues ahora llegó a ser el compañero de viaje de Pablo, algo que, obviamente, fue ordenado por Dios. A pesar del problema surgido entre Pablo y Bernabé, la Gran Comisión sigue adelante como nunca, ahora con dos equipos en vez de uno solo. Pablo y Silas emprendieron su recorrido por tierra, atravesando Siria y Cilicia, esta última la provincia natal de Pablo (v. 41).

 

 


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