Lowell Brueckner

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oct
30

Poder divino y virtud cristiana

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Warren Wiersbe, pastor de la iglesia Moody

2 Pedro 1, 1a parte 

Versículos 1-11 

 

Una introducción poderosa

      1.      Simón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo, a los que habéis alcanzado, por la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo, una fe igualmente preciosa que la nuestra: 

2.      Gracia y paz os sean multiplicadas, en el conocimiento de Dios y de nuestro Señor Jesús. 

 A veces necesitamos poner un versículo de la Escritura bajo un “microscopio inspirado por el Espíritu” para poder ver cada detalle significante; otras veces es mejor observarlo todo, considerando la idea principal del versículo. En el primer versículo de cada epístola, hay un detalle acerca de la presentación que Pedro hace de sí mismo. No estoy seguro de la razón por la que, en su segunda epístola, el apóstol utiliza el nombre dado por sus padres, y no lo hace en la primera. Pero debido a esta diferencia podemos aprender una verdad, aunque sea pequeña: cuando Jesús dio a Pedro un segundo nombre, piedra, no estaba eliminando el primero, Simón. Podemos estar seguros de que al empezar la nueva vida cristiana el Señor no borra toda la biografía natural de nuestro pasado, ni destruye nuestra personalidad, que es única y creada por Él mismo desde nuestra concepción.

 No solamente Pedro añade su primer nombre en su segunda epístola, sino que también añade siervo a su título de apóstol. Vamos a aprender algo acerca de esta palabra, siervo, que literalmente en griego significa esclavo. Los traductores pudieron haber tenido una buena razón al traducirlo como siervo, pero la palabra esclavo define bien nuestra relación con Cristo, a quien hemos recibido como Señor absoluto. Pablo enseña: Habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios” (1 Co. 6:20). Es difícil para mí entender cómo aquel que ha sido comprado por otro y ya no se pertenece a sí mismo, no es un esclavo. La mismísima palabra es traducida en 1 Corintios 7:22 como esclavo: “El que fue llamado siendo libre, esclavo es de Cristo”. 

 Al llamarse siervo, el apóstol está refiriéndose a una situación del Antiguo Testamento, en la ley de Moisés (Éxodo 21:2-6); y a otra en Deuteronomio 15:12-18, en la cual, un hebreo tenía que venderse como esclavo, bajo presión. Tenía que servir durante seis años y después, por ley, tenía que ser librado en el séptimo. No solamente era puesto en libertad, sino que su amo tenía que darle generosamente, “ovejas, de tu era y de tu lagar”, y otras necesidades, para ayudarle a recomenzar su vida. Había una cláusula en la ley por la que el esclavo, por amor a su amo, podía elegir quedarse bajo su señorío. En esta nueva posición, el esclavo se horadaba la oreja con una lesna, como símbolo de que sería su esclavo, voluntariamente, el resto de su vida. No solamente Pedro, sino Pablo, Santiago y Judas se consideraban este tipo de siervo.   

 Pedro muestra, en la siguiente afirmación, (3:1) “Amados, esta es la segunda carta que os escribo…”, que escribe, básicamente, a las mismas personas que en su primera carta. A esta simple introducción en 1:1, Pedro añade que, por la justicia de Dios hemos obtenido fe, por la cual Jesucristo ha llegado a ser nuestro Salvador. Después de una profunda frase como introducción, Pedro inicia su carta y, por supuesto, nosotros nos detenemos para considerar su magnitud.

 Debido al conocimiento personal y celestial que los ángeles tienen sobre la justicia de Dios, solamente este atributo de Su naturaleza divina debe provocar un profundo asombro en ellos al contemplar el Evangelio. Pablo, por el trasfondo que tenía en la teología judía, también consideró seriamente el problema de cómo la justicia de Dios podía perdonar pecados. Cuando Dios, en Su amor, miró a Su creación, fue entristecido porque perecía; y al buscar un remedio tuvo que tomar en cuenta Su justicia. Su amor y misericordia solamente funcionan dentro del ámbito de Su justicia.

 Pablo hace una exposición de esta doctrina clásica en Romanos 3:19-26. La justicia de Dios es perfecta y, por eso, un intento religioso de guardar la ley nunca le satisface, debido a la imperfección humana. La ley demanda perfecta obediencia y cierra cada boca, porque ningún ser humano ha llegado a la perfección en su intento de cumplirla…. “ningún ser humano será justificado delante de él” (Ro.3:20). Dios satisfizo Su justicia “aparte de la ley” (Ro.3:20), por medio de la fe en la justicia perfecta de Su Hijo eterno. Un mundo, culpable y pecador, condenado por la ley, es justificado libremente por Él al fijarse en Jesucristo por la fe.

 Romanos 3:25-26 explica exactamente cómo se llevó a cabo: “Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia…  a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús”. Dios dio a Su Unigénito para que hiciera lo que nosotros no pudimos hacer. Cumplió toda justicia perfectamente, de modo que la pena de muerte decretada: “El alma que pecare, ésa morirá” (Ez.18:20), no podía ser aplicada contra este Hijo del hombre. La muerte sería una injusticia en Su caso. Pero Él tomó nuestro pecado y fue a la cruz para llevar sobre Sí mismo la sentencia de muerte. En verdad, se hizo pecado, y el Padre, al mirarle en la cruz, vio el pecado y derramó la plenitud de Su ira sobre Él, y quedó satisfecho.

 Este es el significado de la propiciación; es el apaciguamiento total de la ira de Dios, de modo que Él bendice al creyente… a aquel que deposita su confianza enteramente en el sacrificio de Cristo…  con total y perfecto perdón. El Hijo dio Su vida y derramó Su sangre para que el creyente “no se pierda, más tenga vida eterna” (Jn.3:16). Dios sigue siendo perfectamente justo al justificar al culpable. Cristo ha cumplido, perfectamente, toda justicia por él; la sentencia que había en su contra ha sido aplicada, y ahora el veredicto es asombroso: ¡No culpable!

 Dios no comprometió Su justicia en la obra en la cruz, sino que la manifestó; la manifestó de manera que, por guardar la ley, ninguna persona podía hacerlo. La cruz alcanzó las alturas etéreas de la justicia de Dios y, por medio de Su misma justicia, otorgó perdón para el pecado. Lo único que se requiere del ser humano es la fe puesta en Él.

 No podemos seguir adelante sin intentar entender lo que Pedro define como la preciosa fe. En primer lugar, es preciosa porque lo que lleva a cabo es una preciosa salvación. ¿Puede alguien negar que invaluable (si intentamos poner precio a la salvación), pudiera ser sinónimo de precioso? … es decir, ¡precioso más allá de cualquier precio! “Para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (fijándonos en Juan 3:16 otra vez). ¡Preciosa salvación!

 La fe es preciosa porque confía en el único Dios/Hombre que llevó a cabo la obra infinita, siendo el Único que podía hacerlo. El pecado del hombre es infinito, ya que es contra un Dios infinito. Por ello, requería una condena infinita que solamente podía ser pagada con un sacrificio infinito, para expiar el pecado. Jesucristo es el eterno, infinito Hijo de Dios, que es Dios, co-igual con el Padre en esencia, honor y gloria. Es precioso confiar en Él.

 La fe es preciosa, contrastándola con la insuficiencia de la fe humana. La fuente de la fe salvadora es la Palabra de Dios. La fe no puede ser adquirida, tiene que ser otorgada. Entre la Palabra de Dios y la fe en el corazón humano, existe una necesidad sobrenatural de poder oír con el corazón: “La fe viene (LBLA) del oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Ro.10:17). No es una respuesta natural por haber escuchado un sermón o una lectura de la Biblia. El Espíritu Santo, el único Maestro celestial, tiene que estar involucrado, haciendo que el oyente pueda escuchar la Palabra desde el corazón para que la fe pueda nacer profundamente en el alma. “El que tiene oídos, oiga” (dice en varios pasajes en Apocalipsis 2 y 3, también Mateo 13). Por medio de “una fe igualmente preciosa que la nuestra” Jesucristo nuestro Señor viene a ser nuestro Salvador (v.1).

 No hay nada natural o terrenal en ninguna enseñanza de la Palabra de Dios, mucho menos al hablar de sus bendiciones. Este apóstol, nombrado por el Cristo, no solamente saluda a sus lectores en el versículo 2, sino que les ofrece gracia y paz celestiales. La gracia cristiana viene solamente del Padre como una dádiva libre e inmerecida; la paz cristiana viene de Cristo:La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da” (Jn.14:27). Dios es un Dios generoso, que da abundantemente y no suma, sino que multiplica. La gracia y la paz le son multiplicadas a aquel que lee la epístola. Hermanos y hermanas, leedla dignamente y recibid los dones que Dios derramará sobre vosotros por medio de esta carta.

 La gracia y la paz serán multiplicadas “en el conocimiento (personal) de Dios y de nuestro Señor Jesús”. Cito de Warren Wiersbe: “La palabra conocimiento es utilizada, al menos, trece veces en esta corta epístola. La palabra no quiere decir meramente un entendimiento intelectual de alguna verdad, aunque sí se incluye. Pero significa una participación viva en la verdad, en el sentido usado en Juan 17:3… “Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado””.  En nuestra relación con el Padre y el Hijo, nuestra alma es vivificada por el Espíritu Santo, y somos conscientes de bendiciones incalculables, fluyendo sobre nuestras vidas. No intento ser poético, estoy hablando de lo que cada creyente verdadero experimenta al caminar en comunión con Dios y Jesucristo nuestro Señor (v.2).

 

Las virtudes de la vida cristiana     

 3.     Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia, 

4.      por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia; 

5.      vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; 

6.      al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; 

7.      a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor. 

8.      Porque si estas cosas están en vosotros, y abundan, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo. 

9.      Pero el que no tiene estas cosas tiene la vista muy corta; es ciego, habiendo olvidado la purificación de sus antiguos pecados. 

10.   Por lo cual, hermanos, tanto más procurad hacer firme vuestra vocación y elección; porque haciendo estas cosas, no caeréis jamás. 

11.      Porque de esta manera os será otorgada amplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.


Al decir “divino poder”, en el versículo 3, Pedro está describiendo un poder ilimitado. Ya que nuestra capacidad humana es limitada para concebir su significado, nos ayudará pensar y acordarnos que la palabra griega, dunamis, es el origen del cual deriva dinamita. Pero más allá de este poder, tenemos uno más poderoso sobre la tierra, que es el poder nuclear, que tampoco es digno de compararse con el poder divino. Estamos indagando acerca de una omnipotencia inconcebible, pero por medio de ella nos garantiza todas las cosas “¡que pertenecen a la vida y a la piedad!”. Dios deja a disposición cristiana todos los tesoros celestiales, incluyéndose a Sí mismo en la persona del Hijo y del Espíritu Santo.

No nos está ofreciendo cosas que pertenecen a la prosperidad terrenal, y aquellos predicadores que prometen tales cosas, están tratando con algo de muy poco valor en comparación con lo que Pedro presenta. La vida y la piedad son deleites celestiales. Jesús dijo: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Jn.10:10). El próximo capítulo ilustra lo que promete frente a la tumba de Lázaro, después de cuatro días muerto, al exclamar: “¡Lázaro, ven fuera!” ... y después mandó: “Desatadle y dejadle ir”.   

El comentario de Jamieson, Faucett, Brown añade: “La vida espiritual tiene que existir primero, antes que pueda haber verdadera piedad. El conocimiento de Dios experimentado es el primer paso a la vida (Jn.17:3). El niño tiene que poseer el aliento vital primero, antes de poder clamar a su padre, y después caminar en sus caminos. No es por la piedad que obtenemos la vida, sino por la vida, obtenemos la piedad”. Un encuentro personal, experimentado con Dios, lleno de Su propia gloria celestial y la virtud divina, nos llama a la vida. Caminar en los caminos del Padre, como explica el comentario, es la piedad cristiana. Aplicaré un sencillo comentario de John Wesley: Hay una maravillosa alegría en esta palabra introductoria. Un himno tradicional afro/americano le pone música: 

Las ventanas del cielo están abiertas, las bendiciones caen ahora,

Hay gozo, gozo, gozo en mi corazón, desde que Jesús corrigió todo;

Le di mis viejas ropas harapientas, me dio un vestido de lino purísimo,

Estoy disfrutando del maná celestial, y por eso estoy alegre hoy en día.


 Pedro, bajo la inspiración del Espíritu Santo, derrama, continuamente, sobre el lector, pensamientos gloriosos, añadiendo adjetivo sobre adjetivo, en un intento de describir en lenguaje humano “preciosas y grandísimas promesas”. Por medio de la oración y la meditación, tenemos que intentar captar estas cosas que Pedro pone delante de nosotros en sus dos epístolas… quiero decir, las maravillas que se encuentran en la palabra y la vida del evangelio. Las promesas son la clave para la participación en la naturaleza divina.

 Nuestro hijo Mike, hace mención continuamente en sus mensajes, que el propósito del Padre, para que fueseis hechos conformes a la imagen de su Hijo” (Ro.8:29), es igual que la obra de santificación. Cristo, morando en cuerpos humanos, y Su naturaleza divina habitando en ellos, para que todo el mundo le observe, es una maravilla misteriosa. Pedro aclara, al igual que lo hace toda la Escritura, que no hay participación en la naturaleza divina hasta que se escape del mundo corrupto que está en las concupiscencias de la naturaleza caída del ser humano (v.4).

 Mientras estoy en este mundo insistiré en que las virtudes espirituales no son alcanzables por las obras humanas, sino por la gracia de Dios, y todo empieza con la fe de Él. La piedad es sobrenatural y celestial, y Pedro escribe acerca del proceso a través del cual la naturaleza divina toma control del alma humana. Por nuestra parte, requiere completa y diligente cooperación con el Señor, mientras la santidad y el crecimiento se desarrollan en la vida.

 El punto en cuanto a la lista de esta porción no es ver en orden un atributo tras otro, sino todos relacionados, como si formaran un corro; de la misma manera que el cuerpo humano crece estando todos los miembros unidos. Lo que Pedro está buscando en nosotros, los creyentes, es que no nos conformemos a estar en el nivel de gracia que estamos viviendo ahora, sino a progresar en nuestra manera de vivir la vida cristiana, a alturas siempre mayores.

 La fe preciosa es el fundamento sobre el que todo se edifica. La virtud fluirá de la fe, como lo hará todo lo demás. La virtud describe la excelencia de la naturaleza divina puesta en obra, haciendo lo que la naturaleza divina hace, operando con un valor y una fuerza completos. Conocimiento aquí significa familiarizarse con los caminos de Dios, que son más altos que los caminos terrenales de los hombres, y ponerlos en práctica en la vida cotidiana (v.5).

 El dominio propio o la templanza es el resultado de haber escapado de la concupiscencia, cuando somos dominados por la naturaleza divina, como mencionamos tres párrafos atrás. Siempre he pensado que el dominio propio no es el término correcto, porque la vida cristiana exitosa se halla cuando es dominada por Cristo y no por un autoesfuerzo. Para describir la paciencia, me gusta ir a Apocalipsis 1:9: “Yo Juan, vuestro hermano, y copartícipe vuestro en la tribulación, en el reino y en la paciencia de Jesucristo”. Juan se encuentra involucrado en tres áreas que pertenecen a Jesucristo. Primeramente, participa en la tribulación que siempre resulta de una vida cristiana con un fiel testimonio; está en el reino y la paciencia de Jesús. El griego original combinó dos cualidades encontradas solamente en Cristo: paciencia divina y perseverancia. Ya hemos mencionado la naturaleza divina en el versículo 4, que me parece ser sinónimo de piedad en los versículos 3 y 6.

 Continúa el afecto fraternal, que va de la mano de las otras virtudes. La palabra griega es filadelfia e indica el fuerte vínculo en las relaciones cristianas. Provee la rica comunión de la que se disfruta entre gente con el mismo sentir que se ha unido bajo el amparo de una familia celestial y la influencia agradable del Espíritu Santo. Esta solamente es superada por la última cualidad en la lista de Pedro, y estoy seguro de que todos conocemos la palabra griega ágape. Es el único término que se puede utilizar para representar el amor eterno e inseparable, perteneciente a la Trinidad. Por el evangelio, Dios lo ha derramado sobre la raza humana (v.7).

 Todas estas virtudes tienen que manifestarse en la naturaleza renacida… no debe faltar ninguna. Si no se observa en la vida de uno que profesa ser creyente, es porque no ha visto ni entrado en el Reino de Dios. Usaré la palabra hebrea que Jesús utilizó, y que solamente el Evangelio de Juan la registra dos veces seguidas, dando suprema autoridad a las declaraciones que siguen: “Amén, amén te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios…” no puede ver y no puede entrar: “Amén, amén te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios” (Jn.3:3,5). En el conocimiento personal de una relación con Jesucristo, esta persona se hallará fructuoso y no ocioso ni estéril (v.8).

 Pedro ahora escribe acerca del que es infructuoso y ocioso. Exhorta sobre tener la vista corta, y es la única vez que este término se utiliza en el Nuevo Testamento. Varias veces he hallado provechoso acudir al griego al estudiar esta porción, y hay una palabra griega para la vista muy corta y es muopazo. Inmediatamente, me hizo pensar en una afección de la visión llamada miopía, y los comentaristas confirmaron que esta es la palabra griega de la que se deriva. El apóstol diagnostica miopía espiritual a la persona que solamente ve las cosas que están cerca de sus ojos, e incluso peor, puede estar completamente ciego.

 Iré a John Wesley para describir mejor a tal persona: Él es “ciego… los ojos de su entendimiento se han cerrado otra vez. No puede ver a Dios ni Su amor perdonador. Él ha perdido la convicción de lo que no se ve. Sin poder ver de lejos, ha perdido de vista las preciosas promesas: no tiene a la vista el amor perfecto ni el cielo. No, ya no ve lo que él mismo una vez gustaba. Como si se hubiera olvidado de la purificación de sus pecados anteriores… ya no se da cuenta de lo que sintió en el pasado, cuando sus pecados fueron perdonados”. El término griego sugiere que la culpabilidad por su condición se debe a un parpadeo voluntario de los ojos. Ha perdido la visión sobrenatural para poder ver las cosas espirituales, y solamente se da cuenta del mundo que está cerca de él. No es un cristiano novato; es un apóstata (v.9).

 Parece que Pedro sugiere que puede haber un estado espiritual entre estar de pie y haber caído. Lo digo porque en el versículo 9, habla de ser corto de vista (no completamente ciego), y ahora, en el versículo 10, la palabra griega es tropezar, no caer (fíjate en LBLA). Sin embargo, son estados inestables, y lo que Pedro busca es que tengamos certeza en nuestro caminar ... “hacer firme”. Nos amonesta a ser diligentes sobre nuestro llamado de parte de Dios y que nos veamos predestinados a ser como Cristo. Tenemos que saber que no hemos llegado al cristianismo solo por nuestra decisión personal. Tenemos que estar totalmente confiados en que el Espíritu Santo estaba involucrado, y que la prueba de la genuinidad de nuestro caminar tiene que ver con que las virtudes, ya mencionadas, estén en nuestra vida. La nueva naturaleza nos exige seguir adelante, y no caer en una ceguera (v.10).

Pedro quiere ver a Dios obrando efectivamente en la vida de la persona para que esta entre en el reino eterno del Señor Jesucristo de una forma segura y amplia. La entrada generosa empieza con una conversión dramática, sin ninguna reserva. Esta persona ha tenido la convicción de su pecaminosidad contra la Ley de Dios. Se ha arrepentido y ha corrido a la cruz, donde ha visto a su Salvador colgado (v.11). Así vino John Newton: 

Vi a Uno colgado en una cruz,

En agonía y sangre;

Fijó sus ojos lánguidos en mí,

Estando cerca de Su cruz.

 

Jamás, hasta mi última respiración,

Podré olvidarme de Su mirada;

Parecía culparme de Su muerte,

Aunque no pronunció palabra.

 

Mi consciencia sintió y reconoció mi culpa,

Y me arrojó a la desesperanza;

Vi que mi pecado hizo Su sangre caer,

Y ayudó a clavarle allí.

 

Echó una segunda mirada que expresó:

“Te perdono todo libremente;

La sangre paga por tu rescate,

Muero para que tú vivas”.

 

¿Puede ser que en una cruz,

El Salvador muriera por mí?

¡Mi alma se emociona, mi corazón arde,

Al pensar que sí murió por mí!

 


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